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Jesús Alberto Castillo: Las horas del encierro

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La pandemia del coronavirus ha trastocado el estilo de vida de la población mundial. Sus efectos letales siguen haciendo estragos y comienzan a causar pánico generalizado. Lo que en principio había sido asumido como una simple influencia, sin las consideraciones médicas de rigor, paulatinamente comienza a preocupar a la comunidad internacional. Por ende, se han tomado medidas acertadas como la cuarentena colectiva y la higiene personal permanente para cortar la cadena de contagio, considerada la etapa más crítica en la propagación viral.

Sin embargo, la cuarentena ha traído consigo un cambio psíquico- emocional en los individuos. Estos últimos han tenido que resignarse a permanecer en sus hogares para evitar contagiarse. Es una lógica inherente al ser humano. Tiene que aprender a adaptarse para sobrevivir, más allá de las adversidades que el fenómeno acarrea. El encierro obligado es la única salida para asegurar la vida y vale la pena el sacrificio. Pero, además, lleva consigo una mayor permanencia en el lugar primario de la convivencia humana, la familia. Esto puede ser favorable o desfavorable, dependiendo de las relaciones que puedan entretejerse en ese núcleo.

Cuando vemos  imágenes desoladas en ciudades densamente pobladas, pareciera estar presenciando una película de ficción. Metrópolis como Nueva York, Tokio, Beijing, Ciudad de México y Paris presentan un panorama desolador; sus calles se encuentran vacías y han cambiado la cosmovisión de los seres humanos sobre la realidad circundante. Era impensable que esto ocurriera hace 3 meses. La gente en su casa, paradójicamente, ha paralizado la agitada vida del espacio público. Los pocos transeúntes, con sus mascarillas a cuesta, caminan cautelosos en busca de alimentos o hacer diligencias. La quietud es mayor por la ausencia de vehículos y la paralización de muchas empresas. Mientras, la madre naturaleza se alivia del contaminante smog e intenta revitalizarse.

En todo caso, la vida cotidiana ha cambiado. La cuarentena colectiva se impone en el planeta, que lucía desbordado hasta dos meses atrás. Pero las agujas del reloj siguen su curso. El tiempo, ese inexorable centinela, nos ha abierto los ojos ante una realidad inimaginable. Todos – sin excepción de credo, raza y religión – somos presa de esta tormentosa pandemia que surgió de Wu han, pedazo de la milenaria china. Mientras, la ciencia se apresura desesperadamente por encontrar la vacuna para evitar mayores estragos en la población.  Es la desenfrenada carrera en defensa de la humanidad. ¿Paradoja de la sociedad globalizada?

Unos y otros nos sometemos al encierro. Los barrotes inundan nuestros pensamientos. Sacrificamos la libertad por la seguridad, tal como nos los previó Hobbes en su famoso Leviatán. Estamos arrinconados a lo que digan las autoridades. Cifras van y vienen. Es un parte de guerra que escuchamos por doquier. Los altos jerarcas justifican sus acciones. Comparan estadísticas y hablan de curvas exponenciales y planas. Unos, más fablistanes que otros, se jactan de ser salvadores del planeta. Comparen sus medidas con las de sus homólogos adversarios. Un despiadado juego político que pasa desapercibido por la gran multitud, ausente de la pragmática discursiva. Al fin y al cabo, vivimos en una jungla del homo politicus.

Las horas del encierro se hacen largas. La gente resiste y moldea su comportamiento. Resignación e inventiva para contrarrestar el ocio. Consciente está que su “prisión doméstica” es un salvoconducto para su supervivencia. Tal vez, en un cercano tiempo todo haya terminado y saldremos nuevamente a nuestra libertad ciudadana. Pero, no será lo mismo. Habremos aprendido la lección de Heráclito: nada es permanente, solo el cambio”. La cuarentena va a servir de mucho. Un nuevo derrotero nos espera y, por supuesto, una nueva forma de mirar al mundo. Aprovechemos el tiempo en nuestro encierro. Leamos, ejercitémonos, hablemos más con nuestros familiares. Compartamos juntos las adversidades. Al final, después de todo caos vendrá el orden.

 

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