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Fernando Yurman: Los raídos telones del infinito

 

Entre todas las hipótesis sobre la desaparición de los Neardhentals y la correlativa primacía de los Homosapiens,  la mas sustantiva  enfatiza la diferencia de la socialización dispersa y aislada de los primeros con la socialización ampliada, gregaria y creciente de los segundos. Los estudios de aquellas redes vinculares ilustran las diferentes maneras comunitarias de procesar los conocimientos y  sus variadas  lecturas de la realidad. Viene al caso esta puntualización frente al fenómeno contemporáneo inverso que estamos asistiendo, una tribalización aislante de la especie sapiens, subordinada a una información masiva sin interacción. Contra la provechosa comunidad previa, ésta globalización es regresiva, adelgaza vertiginosamente el universo de referencias reales. Ha incrementado el espejismo y la estimulación alucinatoria, pero  el intercambio conceptual ha mermado, favorece un frenesí mental parcializado en datos menores.

Las sucesivas esferas  de sentimientos y pensamientos que  rodearon la especie humana, la atmósfera cultural que siempre respiramos parece agotarse en la irrelevancia. Sus impredecibles copias y mezclas, la capacidad de forrar la realidad con mapas mentales se evapora sin sustitutos. Los anaqueles que guardaban la acumulación viva de las experiencias compartidas se ha despeñado en un magma confuso y sin dirección general, mas cercano al vacío abismal que a la fértil incertidumbre. Quizás ese revoltijo de fenómenos  disolventes sea también un efecto cultural. Es fácil pensar en la disruptiva acidez del ánimo nihilista que despiden los nuevos conceptos. La conmoción de la transversalidad sobre las jerarquías valorativas y disciplinarias, la disolución de trasmisiones generacionales, los movimientos impulsivos particulares de  gran contagio colectivo, el borramiento entre periferia y centro o  edades y géneros, son algunos  daños mayores suscitados por  la digitalización. Las redes quizás no potenciaron todos estos factores, pero es irrecusable su papel en un estrechamiento simbólico del horizonte humano y su escala de valores.

Un adelanto ominoso es el mutismo traumático, la falta de sorpresa de lo espeluznante que nos acecha. Se advierte, y se acepta, que el imparable calentamiento global disminuirá hielos y glaciares hasta modificar la geografía, el hábitat y las rutas , pero no se nota igual  conciencia de que la transformación cognitiva de la atmosfera cultural nos dejara inermes ante los rumbos intelectuales. Hoy ya se registra una perdida notoria de la jerarquía valorativa entre datos y creencias, supersticiones y elucubraciones científicas, intuiciones primarias y construcciones teóricas.   El deslumbrante y sostenido descubrimiento popular de que la tierra es plana es un aviso afligente de esta etapa. Mucho más  su indudable influencia para debilitar otras convicciones básicas que la desconfianza conspirativa convierte en patrañas. A las dudas de la redondez de la tierra, se suman las que aquejan a los dones médicos de la vacunación, o al aumento del calor por desequilibrios climáticos. Muchas señales rojas se asimilan a una arbitraria versión científica, como el antisemitismo a una libre expresión ciudadana. La cognición y la ética están entrelazadas en su descenso. El triunfo extremista en Alemania ilustra ejemplarmente un fracaso cultural de Occidente, que por su magnitud es también de la especie. Desde la caída de Hitler se había procurado, con ingentes esfuerzos educativos y jurídicos, que la democracia desaloje el nazismo, a pesar de que la mayoría era entonces ostensiblemente nazi y no se había logrado castigar mas que una  minúscula parte de la legión de criminales.

El bronco alivio que permite el odio supera para muchos el dilatado anhelo de soluciones mas justas y compasivas. Frenéticas vindicaciones se despiertan solo para cegar el desconcierto, refrescar la fe infantil y soslayar la exigencia de  pensamientos complejos. La dificultad para lidiar con la perplejidad alienta a destapar las bondades ocultas del fascismo y otras envolturas fanáticas, pero, fuera de la política, ilustra también un período inédito de creencias abstrusas e hiperbólicas  en la mitología cotidiana. Aunque no sorprende tanto el carácter bizarro de las creencias como su fácil propagación. Su vigor esboza una nueva era espiritual, quizás tan importante como el neolítico o el holoceno , pero en el orbe mental colectivo. Un trastorno mitológico de esa envergadura no es menos decisivo que las hambrunas,pestes,tsunamis  o invasiones que asolaron la tierra en edades oscuras. Considerarlo una simple era de la estupidez implica estupidizar uno de los desafíos mas complejos que afronta el impulso humanista. Es posible que el entusiasmo que cree haberse desembarazado orgullosamente de las supersticiones y la amplitud indetenible de esa revelación, sea la mayor ilustración del rango y  permanencia de un dislocamiento cultural de largo alcance.

Los rígidos pensamientos obsesivos, las ideas que apresan un gran caudal afectivo, tienden a defender la estabilidad psíquica de una angustia difícil de procesar. La repetida fijación mental controla el aluvión siniestro de una ansiedad generalizada. La idea de una tierra plana posiblemente cumpla esa función, disminuye con la esfericidad la idea de un cuerpo ´planetario girando enigmáticamente entre otros cuerpos, alrededor de una de las millones de estrellas del espacio impensable. Esa ominosa sensación de insignificancia es histórica, comenzó después de Copérnico y Galileo, cuando los viejos telones celestiales fueron reemplazados. El silencio eterno de las esferas infinitas me produce espanto, confesó entonces gravemente Blaise Pascal, y John Donne convocó las poderosas campanas para unificar un cielo  protector . La querellante  tierra plana posiblemente herede esos miedos, pero ahora por la grave banalización de toda trascendencia orientadora, la perdida de matrices arquetípicas del pensamiento y  la sensibilidad.

En la grave desconfianza hacia los otros que destilan estas creencias esta latiendo probablemente un desengaño, la irritación de un fraude, no cometido por los clérigos o los intelectuales esta vez, sino por una inesperada soledad cósmica y existencial. Desde las tendencias autoritarias y destructivas en la desasosegada vida política hasta los derrumbes demográficos y la implosión migratoria, una ausencia de proyecciones al futuro está socavando todos los sentidos de la especie. La falta  genérica de creencias solventes se desploma sobre la otredad. El vinculo con el Otro, el primer espejo de cualquier identidad, queda en grave controversia. Su exclusión es mayor, y es también la nuestra, por el exilio de los ideales tecnológicos que en vez de ampliar parecen denunciar las limitaciones de la especie. Como una venganza Neardhentals del ADN, el Homosapiens podría perder por su cuenta la conservada antorcha.  Intimidado quizás por su propia herramienta ha elegido anonadarse. Los espacios que descubrió lo desafían radicalmente. No tiene mediadores ni suplementos para las certezas perdidas, y los gastados telones metafísicos ya no protegen su esplendor de  la erosión infinita de la realidad.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM