El Carabobeño llega a sus 93 años convertido en uno de los estandartes de la democracia venezolana, en especial, de la defensa del principio de la libertad de expresión. A pesar de las turbulencias que enfrentó durante las dictaduras de Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez y, recientemente, las de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, el diario nunca se arrodilló y se mantuvo firme frente a los amedrentamientos, aunque muchas veces el precio pagado fue altísimo.
¿Y de qué vale someterse al gobierno de turno cuando el resultado es perder la credibilidad? Un periódico puede perder sus máquinas, sus rotativas y hasta su edición impresa; lo que no debería perder es su voluntad de contar. Y esa voluntad ha sido una constante en la historia de El Carabobeño y de la familia Alemán, que aún, frente a la crisis venezolana, sigue apostando al país y al oficio periodístico de calidad, llevando historias a todo el mundo a través de su portal web.
En las últimas décadas, El Carabobeño ha llevado palo parejo, como decimos en criollo. Pero, como un monolito, sigue firme de la mano de su jefa de Redacción, Carolina González, una mujer de temple que ha sabido mantener el barco a flote. En 2016, la nefasta Corporación Maneiro les quitó el papel y desapareció la edición impresa, pero, bajo la dirección de González, un grupo de periodistas, entre ellas una exalumna mía, Dairy Blanco, sigue venciendo citaciones judiciales, intimidaciones y las pretensiones de cercenar la voluntad de seguir contando, de seguir registrando esos acontecimientos que han marcado al país.
En este aniversario 93, aplaudo y celebro a El Carabobeño. Un aniversario que también siento mío, pues fui reportero durante casi seis años y hoy me mantengo como articulista. Aún recuerdo aquel 3 de agosto de 1998, cuando inicié mis pasantías. Con el tiempo, Salvador Castillo me asignó otras responsabilidades y fui creciendo profesionalmente. Muchos nombres pasan por mi mente mientras escribo este artículo: Alfredo Fermín, Juan Barreto, Chichí Hurtado, Raúl Albert, Edgar Ochoa Lazo, Clemente Espinoza, Marbella Jiménez y Basil Macías. A todos ellos, llegue hasta el cielo mi agradecimiento.
También a Carolina González, Dhameliz Díaz, Lourdes Bolaños, Beatriz Rojas, Antonella Fischietto, Mery Martínez, Mariely Mendoza, Carlos Blanco, Ana Laguna, María Mercedes Chacín, Nieves Pérez, Eduardo Calderón, Miguel Ángel Sánchez, Claudy Morales, Glenda Mirabal, entre otros. Ustedes compartieron la Redacción conmigo durante mis años de reportero, haciendo de esta experiencia de apoyo entre colegas algo extraordinario. Hoy los recuerdo con una sonrisa, confiado en que cumplimos nuestro deber y en que nuestros nombres forman parte de este recorrido de 93 años.
Pero los periódicos son mucho más que papel, tinta, rotativas o plataformas digitales. Son memoria. Cada noticia, cada crónica, cada entrevista y cada fotografía termina formando parte de ese enorme archivo colectivo que permite a una sociedad recordar quién fue, qué vivió y cómo llegó hasta donde está.
Por eso, cuando un periódico cumple 93 años, no solamente estamos contando el tiempo que ha pasado desde aquella primera edición. Estamos contando también 93 años de historias, de periodistas, de lectores y de acontecimientos que encontraron en sus páginas un lugar para permanecer en la memoria.
El oficio de contar historias tiene, quizás, una de las responsabilidades más hermosas y difíciles: vencer al olvido. Los gobiernos pasan, los protagonistas cambian, las tecnologías desaparecen y las redacciones se transforman. Pero mientras exista alguien dispuesto a preguntar, investigar, escribir y contar, habrá una posibilidad de que la historia no sea borrada.
Quizás por eso los periódicos que sobreviven al tiempo adquieren una dimensión que va más allá de su propia existencia. Se convierten en testigos. Y también en parte de aquello que cuentan.
Hoy, desde la distancia que impone la migración, sigo sintiendo a El Carabobeño como una casa profesional a la que nunca terminé de irme. Cambiaron las ciudades, las tecnologías y muchas circunstancias de la vida, pero permanece intacta aquella vocación que aprendí en una Redacción hace 28 años: la de contar historias con responsabilidad, con honestidad y con la convicción de que el periodismo sigue siendo necesario.
Que vengan entonces muchos años más. Que nunca falten periodistas dispuestos a contar, lectores dispuestos a leer y ciudadanos dispuestos a defender su derecho a saber.
Larga vida a El Carabobeño. Larga vida al periodismo. Y larga vida a ese maravilloso oficio de contar historias para que el tiempo no se lleve consigo nuestra memoria.

