It Ends de Alex Ullom va desde ser una película de terror angustiosa a una idea más complicada acerca de la soledad, la violencia y la pérdida. Todo en medio de un recorrido por carretera que se hace cada vez más temible, angustioso y terrorífico. También, más simbólico.
It Ends comienza con una premisa que parece salida de una broma particularmente cruel del GPS: cuatro amigos emprenden un viaje nocturno aparentemente insignificante y terminan atrapados en una carretera que jamás conduce a ningún sitio. Alex Ullom, que debuta en la dirección y el guion, utiliza ese punto de partida para construir una experiencia donde el terror procede menos de una amenaza concreta que de la imposibilidad de imaginar un final. Mucho más, que analiza lo terrorífico como algo más amplio que solo una premisa concreta o la percepción del miedo como algo que debe explicarlo. Por lo que el terror está en todas partes. Peor aún, se construye como una combinación de elementos misteriosos que solo resultan amenazantes si se combinan entre sí.
Para eso, la trama sigue a lo que parece ser a primera vista el cuarteto habitual de una película de terror. James (Phinehas Yoon), Day (Akira Jackson), Fisher (Noah Toth) y Tyler (Mitchell Cole) acaban encerrados dentro de un automóvil que avanza durante períodos imposibles de medir. Y son, claro está, víctimas propiciatorias de un fenómeno que les sobrepasa y es cada vez más retorcido. El coche avanza en condiciones imposibles e inexplicables, por lo que hay gasolina disponible a pesar de los extremos períodos de tiempo en que avanzan. No obstante, el trayecto no disminuye y el paisaje conserva una monotonía casi ofensiva. De modo que la cinta deja algo claro. Lo que sea que produce el terror no es un monstruo ni tampoco un peligro al acecho; es la distorsión de la realidad. O mejor dicho, la forma en que lo inexplicable conecta la idea de que cualquier situación, incluso la más inofensiva, puede volverse aterradora si subvierte la realidad.
Lo que es aún más inquietante, el mundo más allá de las ventanillas del automóvil o al otro lado de la carretera tiene un raro aspecto inmutable. A ambos lados del trayecto, el bosque tiene un aspecto espeso y vivo. Pero todo se hace cada vez más inquietante cuando una muchedumbre desesperada y sin explicación se arroja para atacar, sin contar qué es lo que está pasando en realidad. De modo que la lógica cotidiana empieza a desintegrarse a trozos. ¿Qué es exactamente lo que ocurre en medio de una travesía terrorífica que parece extenderse por meses y años? ¿Qué sentido tiene todo lo que los cuatro pasajeros viven? It Ends no ofrece explicación y de hecho, lo terrorífico de la premisa es que exige al espectador entender la raíz de un tipo de terror malsano: todo puede volverse un enigma peligroso en la situación adecuada.
Un recorrido terrorífico que se hace cada vez peor
Pero It Ends no es solo angustiosa porque este trayecto interminable está salpicado de esporádicos encuentros con turbas enardecidas. También lo es porque modifica las reglas básicas de lo evidente para dejar claro cuál es el lugar que atraviesa el cuarteto de protagonistas; el mundo tal y como lo conocemos quedó atrás. De modo que paulatinamente, los personajes dejan de necesitar comida, agua o sueño, como si el propio cuerpo hubiera sido expulsado de los límites básicos de la existencia. Ullom usa la anomalía como una herramienta especialmente eficaz para hablar de una generación acostumbrada a vivir con la sensación de estar esperando algo que nunca termina de llegar. Pero no lo hace a la manera sencilla de resultar sermoneador, éticamente demandante o cruel.
It Ends es mucho la sensación de pérdida de tratar de entender el mundo como un lugar hostil, reconstruido sobre la idea del terror como expresión de la identidad colectiva. El director crea la urgencia de escapar, pero no muestra de qué ni tampoco explora la posibilidad de que esa ruta terrorífica sin pausa ni fin, tenga sentido. Y lo hace desde un punto de vista evidente. El horror de no estar en ninguna parte. Sus protagonistas son recién graduados, aturdidos por la novedad de la libertad. James enfrenta la situación desde la racionalidad y el sarcasmo, utilizando la inteligencia como escudo frente a cualquier emoción que pueda dejarlo vulnerable. Day posee una personalidad mordaz y divertida, aunque comparte con sus compañeros una inseguridad que alcanza dimensiones mucho más dolorosas. Fisher intenta conservar cierta ligereza mientras lidia con ataques de pánico. Tyler, el más retraído del grupo, contempla la vida con una severidad que incluso convierte una invitación a un huerto de calabazas en motivo suficiente para terminar una relación.
El detalle resulta cómico, pero también revela su necesidad desesperada de convertir la existencia en algo controlable. De modo, que esta carretera terrorífica e interminable, se convierte en una trampa física y psicológica. Todos avanzan, pero ninguno sabe hacia dónde, a qué pueden enfrentarse o qué es lo que le espera en un eventual final de lo que comenzó en una bifurcación desconocida. Esa contradicción sostiene buena parte de la película y transforma un desplazamiento absurdo en una representación sorprendentemente vívida de la incertidumbre juvenil. Pero claro, desde el punto de vista del terror. De modo que, aunque el automóvil se mueve constantemente, sus ocupantes están atrapados en la nada. O peor todavía, en la conciencia de que la ruta (su anormal duración) es el verdadero enemigo a vencer. Con menos de treinta años, Ullom tiene la juventud suficiente para plantear una idea obvia: pocas cosas resultan más inquietantes que avanzar sin tener ninguna evidencia de progreso.
El no existir y la búsqueda en It Ends
El mayor acierto de It Ends es indagar en la carretera interminable y peligrosa, más allá del misterio que debe resolverse, por lo que empieza a utilizarla como un espacio donde los personajes quedan obligados a convivir consigo mismos. Mucho peor, que deben afrontar que quizás, el horror no está en los bordes del camino o la multitud que aguarda en cualquier lugar para hacer daño al grito de “Ayúdenme”. El miedo está en las conversaciones dentro del automóvil; poseen una fuerza mucho mayor. James, Day, Fisher y Tyler intentan comprender su situación mediante teorías, discusiones, bromas y pequeñas rutinas destinadas a mantener alguna apariencia de normalidad. Hablan del purgatorio, del infierno, de dimensiones alternativas y de cualquier explicación capaz de convertir el absurdo en algo manejable.
Después pasan a asuntos mucho más importantes, como fabricar memes, lanzar gritos primarios o discutir seriamente si un hombre con una pistola podría enfrentarse a cincuenta halcones. Ullom utiliza el humor como catalizador, por lo que no destruye la angustia; permite soportarla. Esa convivencia entre absurdo y desesperación le brinda a la película una personalidad juvenil muy precisa. Al final, todo este miedo y esta urgencia de escapar es tanto una historia terrorífica (y una muy buena), como una metáfora de la angustia del tiempo que transcurre sin llevar a ninguna parte. Lo mejor que It Ends hace con los pocos elementos argumentales a su disposición.

