En Latinoamérica se debaten dos narrativas, no se trata solo de demócratas contra delincuentes. En lo más profundo, se trata de la confrontación de dos miradas: las que han aprendido que no hay mejoras civilizatorias sin esfuerzo, crecimiento económico, gobierno de la ley, desarrollo espiritual y conciencia; frente a los pocos que aún quedan, creyentes en una historia del mundo atascada en un thriller de víctimas y culpables. Víctimas, los trabajadores. Culpables, los empresarios, aquellos que producen y, curiosamente, crean trabajo y más riquezas. Hoy sabemos que tenemos que entender y aceptar cuál de los discursos está más cerca de pueblos que han concurrido a las urnas electorales y periódicamente eligen, muchas veces, a aquellos que les venden promesas incumplibles.
Si vemos el discurso de los que prometen el paraíso sin esfuerzos, podemos toparnos con sus ideas claves. La primera es asentar la noción de la existencia de una gran confrontación.
Según reza el Manifiesto Comunista: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, ha sido una historia de luchas de clases. Opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otra franca y abierta, en una confrontación que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes. La sociedad está dividida; la separación enciende el motor del cambio social, que no es otro que ‘la lucha de clases’ entre burgueses y proletarios, dos fracciones de la población del mundo inexorablemente enfrentadas”.
El discurso de Carlos Marx parte de reconocer que la gran transformación del mundo es realizada por una nueva clase: la burguesía, autores y culpables a la vez de todos los cambios de la humanidad, capaz hasta de suplantar la fe religiosa. “Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre a sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Volcó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación”.
Aquí va la más grave acusación contra la burguesía: “despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia. La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares”.
De forma contradictoria, acusa a la burguesía de develar la holgazanería dominante en la Edad Media y, por esa vía, descubre la fuerza insustituible del trabajo y de las relaciones de producción. La burguesía expande la producción y esto obliga a buscar nuevos mercados. Marx acusa a la burguesía de destruir las industrias locales y nacionales, llegando con sus productos hasta lo que denomina “los pueblos más salvajes”.
“La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones”. La tesis comunista es una denuncia contra la burguesía que expande la producción, abre nuevos mercados sin necesidad de ir a la guerra y, sobre todo, implanta el surgimiento de un nuevo dogma: la productividad como creadora de riquezas. Por ende, si los beneficios de la expansión no quedan en manos de los trabajadores, allí se genera un acto de explotación, surge una víctima. A pesar de concebir la dinámica de expansión de la capacidad productiva de las sociedades implantada por la burguesía, este hecho —acusa Marx— es un acto resultado único de la actividad del trabajador, a partir de ese momento trastocado en víctima de explotación por parte de los burgueses (capitalistas) que azuzan los procesos de modernización de la actividad productiva, instauran la propiedad privada frente al salvajismo, proponen las ideas sobre qué y cómo producir, abren nuevos mercados y llegan al mundo con sus productos nuevos en una oferta pacífica sin necesidad de cortar cabezas y derrotar gobiernos, a través de ese magnífico acto civilizatorio como es el comercio y, por ende, “el mercado”, calificado por algunos como aquel sitio donde mi enemigo es mi amigo.
De un plumazo, los héroes de la transformación del mundo, los burgueses —que bien define Marx como autores de la transformación planetaria de la economía—, se trastocan en grandes delincuentes de la humanidad porque —y aquí hay un salto incomprensible en el relato comunista— toda la riqueza que disfrutan los burgueses es producto de un miserable acto de explotación ejecutado contra el trabajo de la parte más débil de la relación: “el trabajador”.
Este relato en verdad resulta totalmente seductor: la burguesía empuja el crecimiento del mundo, el renacer de la ciencia a favor del bienestar humano; se derrotan las grandes pestes, se puede acceder en cualquier parte a los bienes y servicios generados por el proceso productivo, alentado por los emprendedores. Pero, a pesar de esos logros históricos, Marx los califica de “bribones”, acusados de robar el beneficio generado por los nuevos productos que, curiosamente, han sido creados, concebidos y materializados por los emprendedores o empresarios.
En lugar de ver enemigos, la gran tarea es comprender que solo pueden existir bajo una relación de colaboración y esfuerzo común para poder satisfacer y responder a las aspiraciones de la gente en cualquier parte del planeta Tierra.
Es el momento de madurar y terminar con esta visión caricaturesca del mundo: no hay bienestar sin crecimiento económico. El aumento de la esperanza de vida se ha triplicado en el mundo. En 1900 se estimaba en 23,6 años para las mujeres y 23,5 años para los hombres, mientras que para el periodo 2015-2020 es de 82,1 años para las mujeres y 77,3 años para los hombres. Esto ocurre porque hay más y mejores alimentos, medicinas, tecnología y más capacidades del personal de salud. Entre 1918 y 1920 la gripe española mató alrededor de 50 millones de personas; en 2021 las cifras de la COVID muestran 5,3 millones de muertes. Si la economía no crece, no hay recursos para invertir en saneamiento, agua potable, electricidad, cloacas, carreteras, mejores alimentos, investigación en salud e inversión y si los responsables de los procesos productivos —los trabajadores— no tienen cada vez más y mejores condiciones de vida, nunca viviremos mejor.
En ninguna parte del mundo las mejoras han sido producidas por estados totalitarios como los que han propuesto Chávez, Maduro, Ortega, Stroessner, Díaz-Canel, Gustavo Petro en Colombia y muchos otros. No es el Estado poderoso lo que permite avanzar, es la responsabilidad de las personas en capacitarse, trabajar y forjar mejoras; una condición u obligación que es igual para trabajadores y empresarios, que anula la lucha de clases y que debe ser acatada por sus nuevos gobiernos, convertidos en instituciones al servicio de los ciudadanos en todas sus situaciones, categorías y aspiraciones.
Latinoamérica, por primera vez, abandona las fábulas de víctimas y victimarios. En Colombia, Argentina, Perú, Chile y El Salvador comienza un cambio gradual surgido desde lo más profundo de nuestras sociedades. Es lo que ocurrió en 2024 en Venezuela: los pobres votaron contra el populismo, las comunas y los consejos comunales, y rasgaron el disfraz encubierto de los dictadores. Abandonaron los mitos y sus creencias en la existencia de víctimas y culpables, y decidieron de forma incontestable que el futuro podría ser distinto para los que vivían en pobreza y sin esperanzas, esperando un mesías que siempre aparecía como un salvador con una bolsa de comida en la mano, para después, y de forma paulatina, convertirse en un déspota que busca afanosamente apoderarse del alma y la conciencia de sus víctimas, entrampadas en la vieja historia de la oferta populista-chantajista. Pueblos que ahora comienzan —espiritualmente— a insuflarse del valiente deseo de mejorar nuestras vidas con base en nuestra participación, esfuerzo y valores humanos.
Los venezolanos podemos mirar el último cuarto de siglo de la dictadura vivida como un duro aprendizaje racional y espiritual. La riqueza y el bienestar se generan con esfuerzo y buena voluntad, no con latigazos y mentiras como las que han propagado los últimos dictadores: Perón, Chávez, Fidel, Petro, entre otros; una clase que aspiramos ver desaparecer en este rincón del mundo.
Bienvenidos todos los presos políticos que hoy deben estar en libertad.
Todos.

