Hagamos un breve ejercicio de ciencia ficción política. Imaginemos (sí; hay que ejercitar esa facultad de imaginar, tan atrofiada en estos tiempos, en todo el mundo) que se logran restablecer algunas prácticas, procedimientos, instituciones, propios de una democracia representativa (la cual no está reñida con la participativa, ojo), en virtud de acuerdos y pactos de las fuerzas políticas actuales, todo bajo la supervisión del gobierno de Estados Unidos. Aquí incluimos las elecciones, independientemente del orden en que se realicen, si primero van las municipales, legislativas, gobernadores, alcaldes, o si primero van las presidenciales. En todo caso, ese orden afecta un liderazgo en particular. No hace falta, pero lo diré: el de MCM. Ese un evento importante, pero no neutraliza las tendencias principales.
Supongamos también que en Estados Unidos se haya concretado un acuerdo de mediano plazo (por lo menos, hasta 2032) entre demócratas y republicanos acerca del futuro venezolano. Mantengamos algunas condiciones igual, porque no se trata de ser Philip K. Dick o Isaac Asimov, sino de intentar empinarnos para ver un poquito más allá del lamentable espectáculo actual. Asumamos que, como es un factor hoy, el chavismo realmente existente, el del triunvirato final, con la mayoría de sus secuaces, haya logrado pasar liso de los delitos de lesa humanidad, corrupción y otros delitos; que haya conseguido que les dejen sus fortunas quietas, en aras de un “acuerdo nacional” que les garantice su supervivencia política. Lo mismo, con los que se enriquecieron del otro lado de la polarización.
Por supuesto, con este ceteris paribus (latinazo con el cual los economistas indican que el resto de las cosas seguirían más o menos iguales), que incluye la condición petrolera y minera de nuestra economía, la inmensa deuda, la inflación y la devaluación más o menos con las mismas tendencias, nos conseguiríamos, a pesar de todo, con un ecosistema político diferente. Por ejemplo: por un lado, un chavismo dividido en dos grupos o factores, ambos muy disminuidos en su potencia electoral y social, y en pugna por la identidad chavista y por ser herederos del Comandante; por el otro, la potencia electoral, y en parte social, del maricorinismo o de la oposición que responde al liderazgo de MCM. En tercer lugar, un sector que trata de articular un “centro”, muy de reformas leves y lentas, promotores de “diálogo”, moderados (aunque, en confianza, tengan los mismos modales lingüísticos de Barreto). Cuarto, una oposición que, aunque dice respetar el liderazgo de MCM, desarrolla sus propias iniciativas y políticas, sin permiso de “la líder”. También habría que contar una izquierda “revolucionaria”, referenciada en el antiimperialismo tradicional, comunista o trotskista.
El primer rasgo que salta a la vista de este esquema a cinco, es que se ha disuelto significativamente la polarización. Tal vez siga la pugna por el liderazgo de la oposición al chavismo realmente existente, por mantenerse en la crítica a ese pasado terrible de destrucción institucional, económica, social y política. Pero el grueso de los conflictos sería por los “capitales simbólicos”, como dice el sociólogo Bourdieu: la lucha por la democracia, el heroísmo con su respectiva épica, el antiimperialismo, la disputa por “el legado del Comandante”, también muy reducido. Todos, más o menos, habrán aceptado la tutela norteamericana como un hecho dado, fatal, frente al cual nadie se plantea una salida rápida o heroica, como sería la lucha armada, sino, en todo caso, como propusieron en una actividad con Mario Silva, cacerolazos en los restaurantes donde entren unos gringos a almorzar. La aceptación incluso puede presentarse, paradójicamente, con la retórica de los sesenta, llamados a una insurrección incluidos, pero como parte de un ritual arcaico y pintoresco que solo se lo creen los niños cuando apartan los ojos de las redes, e interpretan todos esos gestos como “farmear el aura”.
Los otros factores, aceptarán y agradecerán, con mayor o menor entusiasmo, los favores del “Gran Hermano”. Unos y otros se cuadrarán con los Demócratas o los Republicanos, con el consabido oportunismo, en la cada vez más fiera pelea política en Estados Unidos, que se hará más cruenta a medida que se aproximen las elecciones presidenciales de noviembre de 2028. Todos jugarán también al oportunismo respecto al Gigante del Sur, Brasil, que, en esta extrapolación, o bien profundizará su rol de aliado de China, o bien, situación extrema, se convierte en el remate del poderío gringo en el continente, con a presidencia de Bolsonaro. En ambos casos, no cambiaría mucho la arquitectura que estamos trazando.
No voy a dar una explicación profesoral, pero sí cabe hacer una breve explicación del concepto de “ecosistema”, tomado de la teoría de sistemas de Bertalanffy, un biólogo, que construyó un marco conceptual que ha tenido desarrollos muy fructíferos en casi todas las ciencias, naturales y sociales. Desde entonces, constituye una alternativa frente al método analítico, de aires cartesianos, de descomponer en partes las totalidades o reducir lo complejo a lo simple; dicho de otra forma, tomar cada objeto por separado, sacándolo de la totalidad donde adquiere sentido o función. La teoría de sistemas busca más bien, mantener la atención en la totalidad, explicar cada parte por lo que hace o significa en ese conjunto, identificar patrones, formas o estructuras similares que se repiten en diversos sistemas, y ensayar explicaciones a partir de las interrelaciones.
El modelo de sistema parte de una distinción inicial entre lo que está adentro, los factores que interactúan de una forma estable, y lo que está afuera, es decir, el entorno. En ese sentido, lo que está adentro del ecosistema político son liderazgos, organizaciones o partidos políticos, y se identifican unos en relación a los otros, mediante sus mensajes o acciones (viene siendo lo mismo): ataques, acusaciones, críticas, alusiones, coincidencias, saludos, etc. El entorno es el resto de la sociedad: la economía, las clases y segmentos sociales, las instituciones, los gremios profesionales y los sindicatos, todo lo que se engloba como “sociedad civil”, que, usando un lenguaje hegeliano, se refiere a todos los organismos que tienen intereses particulares. El ecosistema político no es exactamente lo mismo que la “sociedad política” que refiere lo que de “interés general” tiene el Estado. En todo caso, factores como los militares pueden estar en el interior del ecosistema político, pero no por sus funciones específicamente militares o profesionales. Incluso pudieran entrar en el ecosistema político, en ciertas condiciones, lo que Edwin Sambrano y otros amigos de la UCAB teorizaron hace 50 años como “organizaciones autónomas de masas”, esa nube de grupos organizados que actúan con programas políticos monotemáticos: desde movimientos gremiales, ecológicos, hasta, por ejemplo, grupos de interés político en las Universidades, feministas o pensionados. Tal vez lo que alguna vez la sociología conoció como “movimientos sociales”.
Si tomamos estos 27 años como objeto de observación, se puede describir un ecosistema conformado por dos grandes organismos, cuya interacción es constitutiva; o sea, han dependido uno del otro, de alguna manera, para llegar a identificarse e incluso llegar a ser. Uno se define como el oponente del otro, gracias al mecanismo de la polarización. Cada uno es en referencia al otro. El chavismo entró al ecosistema político, tal vez desde el 4 de febrero de 1992, pero con mayor claridad desde la campaña y las elecciones de 1998, cuando adquirió definitivamente su identidad como todo lo opuesto al ecosistema AD y COPEI, descartando otras opciones, como la de Irene Sáez e, incluso, Salas Romer. Por supuesto, el ecosistema anterior, que por comodidad llamaremos del “bipartidismo”, ya venía en crisis desde las elecciones anteriores, las que le dieron la presidencia de un Rafael Caldera, quien se reconocía a sí mismo como la última esperanza de la democracia representativa nacida en virtud del Pacto de Punto Fijo. Cuando entra en crisis un ecosistema, las barreras para entrar bajan y aumentan los chances para introducirse. Los nuevos factores pueden surgir desde afuera, porque los poros están abiertos como nunca. Al entrar los “outsiders”, las relaciones de todo el ecosistema cambian, y con ellas, las significaciones.
El ecosistema político surgido en 1999 en adelante, surge de la interacción de dos bloques: el chavismo y la llamada oposición. Esto es obvio. Pero hay que observar también que, más allá de esta rigidez determinada por la polarización, los factores han cambian de composición, representantes, dinámicas, políticas y liderazgos. Claro, el “chavismo” basó la estabilidad de su identidad gracias al liderazgo (hiperliderazgo) total, carismático, agobiante, del Comandante. Solo con su muerte y la anterior designación de sustituto (Maduro), hace cambiar la “cabeza visible” y el estilo de dirección, el cual parece hacerse un poco más “colectivo”, solo porque Maduro nunca tuvo el capital simbólico de su jefe, y los otros “jefes” disponían de pequeñas parcelas, insuficientes para ocupar un espacios propio en el ecosistema, pero sí para replantear los rasgos del factor. Digamos que ya ciertas tendencias presentes cuando el “hiperliderazgo” (los bolichicos, la conversión de las FFAA en corporaciones de intereses empresariales, las relaciones con el hampa organizada, la corrupción y, sobre todo, el autoritarismo inconstitucional) se desplegaron, en parte determinadas también por la acción de la oposición. Se ha hablado de una “guerra” entre el 2013 y 2026. Sí la hubo, pero fue la guerra de una fuerza policial y militar contra unas masas echadas a la calle, sin plan insurreccional, únicamente armada de rabia y frustración. Hubo, naturalmente, propaganda (ahora la llaman “guerra cognitiva”, como si pasara a ser asunto de militares, y no de propagandistas y psicólogos) de lado y lado. Y oportunismo geopolítico, también de lado y lado.
En la oposición ha habido una fluidez mucho mayor de liderazgos. Desde Arias Cárdenas, Carmona Estanga, pasando por Enrique Capriles, el divergente Henry Falcón, el interino Guaidó, el “colectivo” de López, Borges, Ramos Allup, hasta llegar hoy a MCM. Esta proliferación de liderazgos puede explicarse de diversas formas: fruto de derrotas políticas sucesivas, “egos”, fragmentación de origen de cuando el orden adeco-copeyano saltó en mil trocitos en 1999, derrumbe de barreras de acceso al sistema interno.
La intervención norteamericana del 3 de enero, cambió muchas cosas. O, mejor dicho, evidenció el cambio que ya se estaba fraguando. El “chavismo realmente existente” que fácilmente pasó a ser una dictadura tutelada directamente por los EEUU. Lo que muchos esperaban, que MCM se beneficiaría de la intervención norteamericana, no ocurrió. Al contrario: por más medallas Nobel se regalen, por más aliados ultraderechistas que se busquen, por más lobbyes, apoyos europeos, besitos, elogios y agradecimientos, Trump retiene a la Machado para que no entre, como si se tratara de una peligrosa subversiva antiimperialista, complaciendo a los ahora preservadores del orden imperial.
Todos los actores políticos principales de nuestro drama o tragedia, dicen que el 3 de enero se cerró una época y comenzó otra. Por ejemplo, Delcy Rodríguez y Enrique Márquez, hablan de un “nuevo momento político”. Lo mismo, tal vez con otras palabras, dice MCM. De hecho, la significación de ese acontecimiento es una pista para identificar las principales posturas políticas hoy en día.
Algunos “historiadores del presente” (entre los cuales me cuento) señalan que asistimos al crepúsculo del “chavismo”, entendiendo por tal un período histórico de igual relieve que el gomecismo, el perezjimenismo o la “democracia puntofjista”, marcados por los regímenes o gobiernos correspondientes. Todos tenemos la vaga idea de que somos “post”. Igual que cuando, en los 90, se derrumbó el bloque soviético y en el medio académico venezolano, un poco retrasado respecto a su modelo europeo o norteamericano, hubo la moda de la posmodernidad, de la mano de Lyotard, Fukuyama, Foucault, Vattimo, Baudrillard y hasta Rigoberto Lanz, entre otros muchos autores.
Pero enfocándonos en Venezuela y en su ecosistema político, el 3 de enero también es una fecha que indica un cierre y una reconfiguración. También ha habido cambios de diseños políticos en cada uno de los factores, siempre en interacción con el otro. Ahora todos se someten, cada quien a su manera, al tutelaje de Rubio que es un relanzamiento de la estructura tradicional de dominación neocolonial. La diferenciación sistémica dependerá de “liderazgos” personalistas. Esto refuerza las tradiciones personalistas, nepóticas, amiguistas, porque las lealtades serán a personas, no a programas, mucho menos a doctrinas. La recuperación institucional, basada en una cultura democrática (valores, costumbres, prácticas, lenguaje) será muy precaria. Difícil la aplicación de una “justicia transicional”, dado el personalismo autoritario del propio tutor. Tal vez con el ascenso de los demócratas en EEUU esto tendría ciertos matices. Eso incorpora el ecosistema venezolano en el norteamericano e, incluso, en el geopolítico del sistema-mundo, donde Venezuela seguirá siendo una simple periferia a largo plazo.
Cabe aclarar algo: la relación de dependencia de Rusia, China, Cuba e Irán, que se estableció en el periodo del chavismo-madurismo, también se basó en mecanismos capitalistas, pero sobre todo políticos y militares-policiales, sustentados en el oportunismo geopolítico. El accionar de Trump lo que hace es resguardar sus “fronteras hemisféricas”. Va más allá de las realidades nacionales. En otras palabras, los demócratas también jugarán a esa geopolítica de áreas resguardadas en el mundo “multipolar”, condicionada por la guerra fría con China.
Claro, nuestro ejercicio de “política-ficción”, cuando mucho, llega hasta el 2032. Pero ese es el punto: hay que aprender algo que hasta ahora no ha estado en nuestra idiosincrasia: la mirada de largo plazo. Sí, hay que pensar en términos de décadas, de generaciones. Tal vez lo que se puede decir después de este ejercicio es que construir de nuevo esta patria nos llevará al menos tres generaciones.

