Cumaná, la ciudad que Aristides Rojas llamó “Atenas de América”, se desborda en el eco de sus viejas glorias, pero hoy su cotidianidad se arrastra entre el polvo y la desidia. Sus muros coloniales aún pretenden sostener la pesada corona de ser la Primogénita del Continente. Sin embargo, bajo el sol inclemente que calcina sus esquinas la cruda realidad se impone sin lirismo. ¿Hasta cuándo se puede mantener la identidad de una ciudad con el simple recuerdo de su pasado histórico, mientras su presente se desmorona a la vista de todos?
Ayer, precisamente, me detuve a buscar refugio en la sombra del Parque Ayacucho, a lado del Museo. Pasé una tarde larga y reveladora conversando con Esdras Jeremías Freites, cuya voz radial conoce bien los dolores de esta tierra, y con Luis Bermúdez, quien desde su banco vende la chuchería que endulza la amargura diaria de la gente. Los tres fuimos testigos de un desfile de lamentos cotidianos. Cada vez que alguien se acercaba al puesto de Luis a comprar un café, una galleta, caramelos o un cigarrillo, dejaba grabada en el aire una queja palpitante.
Escuchamos el clamor por el alza del dólar, que mengua el pan en los bolsillos, y la protesta airada contra el aumento arbitrario del pasaje. Las tarifas suben ante la mirada esquiva e indolente de unas autoridades municipales que hace tiempo le dieron la espalda a sus responsabilidades reguladoras. ¿Dónde están los gobernantes cuando el ciudadano debe decidir entre el transporte y el sustento? El lamento se vuelve seco, como la misma tierra, al hablar de la falta de agua y de las promesas incumplidas de la gobernadora sobre el Turimiquire. Es un espejismo de campaña mientras el vital líquido sigue ausente en la ciudad, Marigüitar, Araya y Margarita.
La Atenas de América muere en el abandono. Sus calles sucias y destartaladas bajo el paso de varios indigentes configuran un paisaje de miseria que hiere el orgullo de su legado histórico. Frente a la Casa Natal del poeta Andrés Eloy Blanco y la Gobernación, la Plaza Bolívar yace desierta, sin un alma viviente, entregada a la incertidumbre silenciosa que flota en el ambiente. La Primogénita es un grito ahogado que las autoridades se empeñan en no escuchar.
Entonces recuerdo al maestro del periodismo sucrense, Luis Marcano Barrios, en su amplia oficinas en el diario Región cuando evocaba la frase de Ortega y Gasset, la cual tanto repetía ante las crisis: “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Salvar a Cumaná de su propia circunstancia es el compromiso urgente de sus hijos y que los gobernantes pretenden ignorar. Esas voces palpitantes de los cumaneses siguen retorciendo el horizonte sombrío que se despliega más allá del Manzanares, testigo silente que mengua en sus riberas.

