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Aglaia Berlutti: Teenage Sex and Death at Camp Miasma

 

Sexo adolescente y muerte en el Campamento Miasma. La mejor película de terror del año es también, la más singular.

En Teenage Sex and Death at Camp Miasma, una cineasta recibe una franquicia maldita con la misión de revitalizarla. Pero mientras lo intenta, el terror se convierte en la fórmula perfecta para examinar deseo, identidad, memoria, obsesión y pertenencia cultural cinéfila contemporánea. Todo en medio de la historia más demencial y brutal del género de 2026

Una de las mejores cosas del argumento de Teenage Sex and Death at Camp Miasma es que comprende que una película de terror puede comenzar mucho antes de que aparezca el primer cadáver. Y que, de hecho, el género depende de lo mucho o lo poco que analice sus referencias para crear una atmósfera y dialogar con la idea de lo terrorífico en sí. Algo que la directora Jane Schoenbrun explora al utilizar los créditos como una especie de cápsula de memoria colectiva de referencias y también, de la idea más amplia acerca de lo que el terror puede ser.

Más allá de sustos, monstruos aterradores o escenas icónicas, el género se basa en su capacidad para analizar las pulsiones y temores. También, para reconstruir la idea del bien y del mal a la medida de todas las épocas. Por lo que Teenage Sex and Death at Camp Miasma dedica tiempo e interés a reflexionar sobre esa percepción y de hecho, la toma como su premisa central casi de inmediato. Para eso, la cinta reconstruye durante sus primeros minutos una franquicia que jamás existió y que, sin embargo, parece haber formado parte de nuestra adolescencia.

Y lo hace recorriendo la idea de los restos arqueológicos de una cultura popular que aprendió a conservar sus obsesiones en plástico: de modo que el homenaje no es solo para el terror, sino para la idea de un mundo anclado a la pasión física por el cine, mucho antes del streaming y la virtualidad. Por lo que el guion, sin haber narrado su primer giro, ya estableció una idea básica. La memoria colectiva recuerda al terror como una idea que conserva dentro de sus preocupaciones masivas. Del pánico satánico a las teorías conspirativas, lo cierto es que la cinta indaga en el hecho del mal cultural y lo hará desde varios extremos distintos.

Una película para amantes del cine de terror 

Por lo que el efecto de esta reconstrucción de lo falso resulta cómico y extraño a la vez. Reconocemos inmediatamente las reglas del juego. Viernes 13 está ahí, aunque disfrazado, acompañado por toda esa mitología de secuelas cada vez más disparatadas que terminan enviando al asesino a lugares donde jamás debería haber estado. Schoenbrun conoce perfectamente esa tradición, por lo que su película no pretende desmontar el slasher desde la burla de la superioridad intelectual, sino como símbolo de la evolución de la capacidad del miedo para ser simbólico. El resultado tiene algo de arqueología pop y algo de autopsia emocional. La pregunta central gira alrededor de lo que ocurre cuando una obra de ficción deja de ser entretenimiento y comienza a intervenir en la construcción de una persona. Y después, que provoca como reacción directa, misteriosa e impredecible.

Pero la trama no es solo homenaje y uno de los grandes triunfos de Teenage Sex and Death at Camp Miasma es combinar la idea de reconstruir qué hace a un clásico serlo con el poder del cine de terror para perturbar, además de una buena historia. Para eso, el guion (que también escribe la directora), sigue a Kris (Hannah Einbinder), una jovencísima cineasta que consiguió reconocimiento temprano en el circuito independiente y que ahora recibe una oportunidad capaz de alterar por completo su carrera (y sí, es casi un resumen curioso y divertido de la historia real de la verdadera directora de la cinta). La propuesta parece sencilla: recuperar Little Death, una saga de horror popular ambientada en Camp Miasma.

Pero Schoenbrun convierte esa tarea profesional en una investigación íntima. Por lo que la trama analiza la idea de la franquicia (o reconstruir la franquicia, más bien) como una forma de regresar al lugar donde comenzó una identidad. Y ese regreso nunca es completamente inocente. La autobiografía funciona, además, como una corriente subterránea. Schoenbrun ya había explorado la relación entre identidad y cultura audiovisual en I Saw the TV Glow, pero mientras que en esa primera experiencia la directora utilizó a la memoria de la cultura pop como reconocimiento de la identidad y una alegoría a la identidad trans, ahora le intenta encontrar un sentido del horror como elemento fundacional de una idea sobre la subversión.

El miedo en todas partes 

De hecho, I Saw the TV Glow sorprendía por ser dolorosa, melancólica, casi espectral, además de ser una alegoría cuidadosa acerca de la capacidad de la sociedad para arrebatar el deseo de la individualidad en favor de homogeneizar la idea del todo y de la búsqueda del deseo; al contrario, Teenage Sex and Death at Camp Miasma prefiere el exceso, el humor incómodo y una teatralidad deliberadamente exagerada. El parentesco temático permanece, aunque la estrategia resulta distinta.

Kris no está simplemente recordando una ficción que la marcó. Tiene que enfrentarse a las consecuencias de haberla amado. Por lo que el metacine cumple su función como una travesía deliberada y bien construida acerca del sentido de lo autóctono, de lo privado y a la vez, incluso de la violencia latente. Por lo que en Teenage Sex and Death at Camp Miasma hay sangre en cantidades industriales, muertes grotescas, decapitaciones y decisiones musicales que parecen concebidas por alguien que dejó una lista de reproducción abierta durante una masacre.

El tono puede ser ridículo, pero jamás es accidental. Schoenbrun dota a su Kris de un conocimiento total del terror y del hecho, que para el personaje, el terror lo es todo. Después de todo, creció viendo esta franquicia y encontró dentro de ella una figura femenina con la que estableció una conexión especialmente intensa. Ese vínculo importa porque la directora no presenta el fandom como una colección inocente de referencias. Lo muestra como una experiencia corporal en la que el terror y lo angustioso, se enlazan con ideas más elaboradas, dolorosas y perennemente sostenidas sobre la concepción de lo perverso. El chiste es evidente, pero la idea resulta mucho más inquietante. En este universo, deseo y muerte no viven en habitaciones separadas.

La mujer detrás de la máscara

De hecho, por todo lo anterior, la cinta comienza en realidad cuando Kris llega hasta Billy Presley (Gillian Anderson), una antigua estrella de la franquicia y figura casi legendaria de un pasado cinematográfico que preferiría permanecer enterrado. Schoenbrun transforma el encuentro en una especie de duelo entre dos épocas del cine. Kris representa a una generación que creció interpretando imágenes y que ahora intenta reutilizarlas desde una posición autoral. Billy pertenece a un sistema donde las actrices podían quedar atrapadas para siempre dentro del personaje que las hizo famosas.

La relación entre ambas mujeres sostiene buena parte del metraje porque la investigación profesional de Kris empieza a contaminarse con una necesidad mucho más personal. Ella quiere saber si Billy puede regresar a la saga, pero también necesita comprender qué representa aquella mujer para ella. La comparación con Jamie Lee Curtis y los regresos de Halloween aparece como una referencia natural, aunque Schoenbrun evita convertir a Presley en simple reliquia nostálgica.

Gillian Anderson interpreta el papel con una combinación deliciosa de teatralidad, cansancio y misterio. Hay algo de Norma Desmond en su presencia, aunque la película no necesita convertirla en caricatura. Billy sabe que pertenece a una historia que otros consideran vieja. También sabe que su cuerpo todavía conserva información que Kris no puede encontrar en ningún archivo. Esa tensión hace que sus conversaciones parezcan entrevistas donde ambas interlocutoras intercambian posiciones constantemente. Kris pregunta por el pasado mientras Billy observa qué quiere realmente su visitante.

La casa, el aislamiento y el entorno boscoso contribuyen a esa sensación de encierro psicológico. La cineasta llegó buscando material para un proyecto y termina dentro de una especie de cámara de resonancia. Cada recuerdo de Billy devuelve algo a Kris. Cada secreto de la actriz modifica la relación de la directora con la franquicia. La película funciona mejor precisamente cuando deja de explicar y permite que esa incomodidad crezca. Anderson comprende que el personaje necesita conservar zonas oscuras. Presley no tiene que convertirse en una víctima ejemplar ni en una diva monstruosa. Puede ser contradictoria, divertida, vulnerable y perturbadora en la misma escena. Esa ambigüedad convierte su regreso en algo mucho más interesante que un simple guiño para fanáticos.

De hecho, el centro argumental de Teenage Sex and Death at Camp Miasma (que termina por, claro está, ser un slasher violento, perturbador y fascinante) es lograr tomar esta obsesión entre dos extremos de la necesidad del reconocimiento, como un motor para la destrucción y el horror. Lo que hace que la película (que toma todo lo anterior y durante dos horas lo convierte en un pasadizo de horrores) sea tanto un documento estructurado acerca del poder del terror como documento social como algo más elaborado, siniestro y profundo. Una versión del miedo destinada a fanáticos y también, a la posibilidad que el terror sea una herramienta para entender el tiempo, la mirada alternativa sobre la realidad y la identidad. Todos temas complejos que Teenage Sex and Death at Camp Miasma maneja de manera brillante y total.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM