Hay una emblemática canción de Alí Primera, el cantor del pueblo venezolano, que dice: “Hace 400 años que la patria está preñada, quién la ayudará a parir pa’ que se ponga bonita. ¡Que para la patria, muchacho, que para la patria, muchacho (…) ¡La patria es el hombre, muchacho, la patria es el hombre!”.
Esa frase encierra mucho. La recuerdo desde mis días de infancia, cuando recorría las grandes sábanas de mi barrio, en esa Cumaná que comenzaba expandirse en su vorágine. El asfalto aparecía con furia y la cuna del Gran Mariscal de Ayacucho sentía la fuerza de la esperanza, mientras me cubría con uniforme de estudiante de primaria, pantalón azul y camisa blanca, para acudir a mi entrañable escuela Fe y Alegría. Era la Venezuela Saudita de Carlos Andrés Pérez y muchos compatriotas viajaban a Miami y exclamaban ¡Ta’ barato, dame dos!”.
Años después, con el gobierno de Luis Herrera se desnudó la crisis.” El viernes Negro” explotó en el rostro del venezolano y le anunció que había vivido un espejismo. El dólar, cotizado a una tasa fija de 4,3O bolívares por décadas y que permitió capacidad de compras y viajes a montón, se sometió a un Régimen de Cambios Diferenciales (RECADI) para significar el fin abrupto de una bonanza que no se supo aprovechar.
Para esa época ya me había salido de mi adolescencia y me atraía la política, la cual me contagió en los espacios de la Escuela Técnica “Emilio Tebar Carrasco”, con mí acostumbrado blue jean y franela roja qué no solo servían de uniforme sino de bandera en las agitadas manifestaciones estudiantiles de la Cumaná convulsionada. Me preparaba para ingresar a la educación superior y así lo hice en la Escuela de Estudios Políticos de la UCV. La esperanza y las ganas de superación seguían intactas. Soñaba en que Venezuela pariera de verdad, como lo clamaba Alí Primera.
Pero la patria no ha parido todavía. En esa crisis estructural apareció un redentor que se apoderó del ideario colectivo, pero fue un fiasco histórico. Todavía quedan algunos reductos de él que intentan sobrevivir, pero han mancillado la inocencia y dignidad del pueblo. Venezuela lleva muchos años preñada y nadie la ayudado a parir para que se ponga bonita con instituciones que funcionen, políticos que sirvan a la gente y sean competentes, así como ciudadanos formados y prósperos.
Afortunadamente, la esperanza colectiva sigue viva y Venezuela transita un espinoso camino hacia el cambio. Nos toca el gran compromiso de dejar las contradicciones y la desunión. El renacer de la patria no vendrá mágicamente de un líder mesiánico, de la infraestructura o de la riqueza del subsuelo, sino de la educación, el respeto ciudadano y la responsabilidad compartida. Es nuestro deber, con civismo y conciencia, ayudar a parir esa Venezuela democrática y próspera para bien de las nuevas generaciones. Pues, al final, la patria es el hombre.
¡Esa patria somos nosotros mismos!

