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Gerson Revanales: Del pragmatismo al choque doctrinario; La nueva era Colombia–Venezuela

 

La historia diplomática entre Colombia y Venezuela ha transitado cíclicamente entre la hermandad comercial y la desconfianza mutua. Sin embargo, el ascenso de Abelardo de la Espriella a la Casa de Nariño no representa un simple viraje ideológico, sino que marca el inicio de una ruptura doctrinal profunda que redefine el tablero geopolítico del norte de Suramérica. Con De la Espriella en el poder y una América Latina en constante viraje conservador, el moribundo régimen de Caracas se enfrenta a su mayor aislamiento diplomático en dos décadas.

Tras el periodo de distensión impulsado por el gobierno saliente de Gustavo Petro —donde primó la reapertura de la frontera y una diplomacia de contención frente al interinato en Caracas—, para millones de colombianos que votaron por la primera opción de izquierda en la historia moderna de Colombia, Petro es percibido hoy como la crónica de un desencanto o, en palabras de sus críticos y decepcionados, una “década perdida” comprimida en un solo cuatrienio.

El balance del paso de Gustavo Petro por la presidencia deja una huella profunda marcada por un severo contraste: el abismo entre la narrativa de cambio que prometió y la realidad institucional, económica y de seguridad que dejó en el país.

La llegada de De la Espriella y su movimiento Defensores de la Patria impone una visión donde la soberanía nacional, la seguridad de fronteras y la confrontación ideológica se posicionan como las prioridades innegociables del Estado colombiano.

El punto de mayor fricción entre Venezuela y Colombia estará radicado en la gestión del conflicto armado en la frontera. La política de la administración entrante abandona el esquema de diálogo para retomar la tesis de la mano dura. Para grupos al margen de la ley como el ELN y las disidencias de las FARC —que históricamente han utilizado el territorio venezolano como retaguardia logística y centro de repliegue estratégico—, la nueva directriz en Bogotá significa el fin del estatus de interlocución política.

El riesgo directo de esta postura es la inevitable fricción entre ejércitos. Ante eventuales operaciones de persecución en caliente o bombardeos cerca de la línea limítrofe, Caracas acusará a Colombia de violar su soberanía, mientras Bogotá denunciará la complicidad de Caracas en el cobijo de estructuras criminales. La frontera de 2.219 kilómetros corre el riesgo de transformarse nuevamente en un escenario de alta tensión militar e inestabilidad operacional.

En paralelo, el pragmatismo empresarial es puesto a prueba. El intercambio comercial, que había mostrado signos de reactivación tras la apertura de los pasos internacionales en Cúcuta y Zulia, entra en una fase de estancamiento cauteloso. Pese a que los sectores gremiales de ambos países abogarán por no asfixiar el flujo de bienes de primera necesidad, los incentivos institucionales para profundizar el marco legal actual están virtualmente congelados.

La actualización del Acuerdo de Alcance Parcial N°. 28 en el marco de la ALADI pierde toda prioridad política en la agenda bilateral. Si bien no se anticipa un cierre formal e inmediato de las aduanas —lo que afectaría desproporcionadamente a las economías regionales de La Guajira y Norte de Santander—, el comercio se limitará a lo estrictamente transaccional, sin la cobertura de acuerdos de inversión de largo plazo.

En materia de delimitación de áreas marinas y submarinas en el Golfo de Coquivacoa (para los colombianos), el discurso ultranacionalista de De la Espriella imposibilitará cualquier acercamiento en la mesa de la CONEG.

En el plano multilateral, la diplomacia colombiana pasará de la mediación a la ofensiva. La alineación estratégica de De la Espriella con el bloque conservador hemisférico y con la administración estadounidense de Donald Trump sitúa nuevamente a Bogotá en la vanguardia de la denuncia por violaciones a los derechos humanos y la Cláusula Democrática en Venezuela.

Colombia reasumirá un papel activo dentro de la Organización de Estados Americanos (OEA) y respaldará con firmeza las investigaciones en curso ante la Corte Penal Internacional (CPI). Caracas, por su parte, responderá utilizando sus herramientas tradicionales: la instrumentalización de la presión migratoria, el fortalecimiento de alianzas menguadas con potencias extrahemisféricas y la acusación constante a Bogotá de actuar como punta de lanza de los intereses de Washington en la región.

El nuevo capítulo de las relaciones bilaterales no estará exento de costos para ambas partes. Para Colombia, el principal desafío será garantizar la seguridad nacional sin desatar un conflicto transfronterizo no deseado o desproteger a la vasta población migrante que reside en su territorio. Para la actual administración en Venezuela, la llegada de un gobierno adverso en su frontera occidental representa un endurecimiento de su aislamiento diplomático y una barrera adicional para su golpeada economía.

Ante el inminente enfriamiento de las relaciones con Bogotá, el régimen venezolano busca en el Brasil de Lula da Silva su última tabla de salvación en el mapa suramericano. Sin embargo, este salvavidas tiene límites precisos. Aunque Itamaraty y el Planalto actuarán como el único puente diplomático funcional para evitar escaladas en el Caribe y la zona andina, el pragmatismo de Lula no se traducirá en un cheque en blanco. Brasil funcionará como un amortiguador geopolítico para evitar el colapso total de Caracas, pero no como un escudo incondicional frente a las exigencias de democracia, seguridad e institucionalidad que demandará la nueva marea conservadora en el hemisferio.

Se abre un periodo caracterizado por la retórica encendida, el repliegue estratégico y la ausencia de canales diplomáticos fluidos. La diplomacia colombiana se encamina a poner a prueba si la intransigencia doctrinaria logra doblegar la postura de Caracas o si, por el contrario, la falta de comunicación pragmática terminará por profundizar las vulnerabilidades de la frontera más dinámica de la región.

 

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