Una comunista de larga data, hoy redimida, al menos públicamente, de sus andanzas previas, comprensiva de la derrota y, además, apóstata de todo cuanto se hizo en nombre del comunismo en Venezuela y toda Hispanoamérica y Europa, me dijo en una conversación algo que solo aquellos que han sido obligados a leerse el catecismo comunista pueden comprender: “El chavismo, sobre todo en su fase madurista, es absolutamente leninista”.
¿Qué significa eso para un mortal alejado de las lecturas a las cuales nos obligaban en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV a finales de los años 90 del siglo XX? Sencillo: Lenin tradujo los postulados de Marx y Engels en lenguaje criminal para la toma del poder, convirtiendo la teoría filosófica en práctica de violencia política en todos los sentidos. Lo fundamental es el oportunismo disfrazado de alianza táctica y el engaño como herramienta para esconder el uso de la violencia como guía permanente que permita permanecer en el poder.
Siempre. Sin excepciones.
De esta manera, es imposible sacar del poder a un leninista sin que sea a través de la violencia. Es imposible, de la misma manera, pactar una convivencia con el leninismo, pues donde un demócrata (aunque se diga de izquierdas) vea una alianza, el leninista verá una oportunidad para avanzar en sus planes criminales. Ejemplos sobran y en este momento no vienen necesariamente al caso. Lo importante es saber que a ese enemigo que es el leninismo conviene conocerlo bien para poderlo derrotar.
Conocer y comprender al enemigo.
Partiendo entonces de esta definición del chavismo en fase madurista, habría que buscar si la fase delcínica del chavismo también es leninista o, más bien, dengxiaopista. Deng Xiaoping fue quien heredó el poder en China a la muerte de Mao y su frase para resolver los problemas de esa China fue: “No importa el color del gato, sino que cace ratones”. Con eso abrió paso al gigante: “Un país, dos sistemas” que, en este momento, el demonio Xi Jinping pretende arrasar con su personalismo, que ojalá triunfe para ver caer a esos demonios también.
Pero ajá, foco. Todavía no sabemos si el chavismo se definirá como leninista también, pero, en este momento, sus técnicas siguen ese camino, pues no han logrado armar perfil propio por la fuerza de los acontecimientos. No han sido sustituidas las estructuras ni desplazados los actores principales para acabar con ese modo de actuar. Por esa razón, siguen aplicando la técnica de la profundización de las contradicciones del enemigo y de las alianzas tácticas que no son otra cosa que engaños para seguir usando la violencia con el fin de permanecer en el poder.
Por eso, hay que comprender que lo que hacen con María Corina, que obviamente no se ha leído a Marx ni a Engels ni a Lenin, es leninismo puro y ella los ayuda. Es el enemigo perfecto que el leninismo necesita y por eso termina haciendo aquello que Engels retrataba en ciertos comunistas desviados del dogma: “convierten la impaciencia personal en argumento teórico”. La señora no logra zafarse de sus propias contradicciones para disparar al enemigo profundamente dividido, sino que contribuye a la unidad del enemigo ,manteniéndose en posiciones fácilmente criticables.
Cuando se muestra contraria a las mesas de trabajo, le dio la extraordinaria oportunidad al chavismo delcínico de mostrarles a las otras tendencias del chavismo que, en realidad, no hay traición alguna, porque María Corina no está en la mesa. “Hemos aislado al extremismo”, mandan a repetir a la guacharaca con labial de Indira Urbaneja Maroun. Y con eso, Jorge Rodríguez y Diosdado parten a decir: “Aquí estamos unidos contra el extremismo, defendiendo la revolución”. En pocas palabras, en vez de ahondar las contradicciones dentro del chavismo, se le dio la oportunidad, al argumentar teóricamente en función de la impaciencia personal, de mostrarse unidos.
Con la actitud de María Corina y el discurso delcínico de “logramos aislar al extremismo”, Jorge y Diosdado lograron armar un cortafuegos alrededor de su rendición a la estrategia de Trump, dejando a Iris Varela, Mario Silva y Arias Cárdenas como unos sofistas que hablan desde el resentimiento de quien no está en la jugada.
La contradicción y el antídoto
Luego de comprender lo que el enemigo tiene en la mente, lo que alimenta sus acciones y el argumentario que utiliza, pueden verse las contradicciones que padece. Así, si estamos frente a un enemigo leninista, no queda más remedio que utilizar su propio veneno contra ellos, lo que sería un antídoto o una cuña del mismo palo o una simple acción lógica frente a la cual poco pueden hacer, pues sus contradicciones internas son reales; las de la oposición falsaria son meramente retóricas.
El chavismo ya no se soporta a sí mismo y padece de la mayor de las gravedades que una organización, política o criminal, o criminal y política, puede tener, como es la incapacidad de generar relevo. Ni siquiera en el bando crítico que aparece en el chavismo hay caras nuevas. Son viejos carcamanes de la primera hora quienes dirigen la locura del chavismo postmadurista y son viejos carcamanes quienes dirigen el ala protestona. Infames personajes como Diosdado defendiendo a Delcy y asquerosos personajes como Iris Varela quejándose, mientras una basura como Mario Silva pregona el eco adormecido de un lamento, con el eco de la pena de estar sin poder.
No hay un solo neochavista hablando desde la crítica. Los jóvenes chavistas o los nuevos rostros son peores que los anteriores. Basta con ver cómo, por un lado, hay un alias Cabeza e Mango y, por otro, una Indira Urbaneja Maroun. Si eso no es una contradicción, no sé qué será.
Por eso, frente a esa implosión del catastrofismo chavista, hundiéndose en todas sus alas en medio de la contradicción fundamental de querer hacer política siendo una organización criminal disfrazada de partido, el único modo de actuar es, precisamente, profundizando esas contradicciones desde lo retórico y desde la praxis. Que no tengan argumento para mantenerse unidos, sino que, ante cualquier planteamiento de crítica, aparezca una razón mayor que los mantenga con las manos en la cabeza, dándose cuenta de que su futuro es el mismo de Chávez y Maduro. Y en esto sobran las explicaciones.

