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Tulio Ramírez: La Tormenta Perfecta

 

Lo que comúnmente llamamos “Tormenta Perfecta” no es solo una expresión coloquial que se usa para referirse a un conjunto de elementos, acciones o eventos que se unen para producir un efecto fuera de lo ordinario. Consultando al Dr. Google (el mejor profesor de quienes como yo, estamos conscientes de nuestra ignorancia), consigo información que me aclara muchas cosas.

Me dice el sabio digital que en meteorología se conoce como un fenómeno producido por la “simultaneidad de varios factores ambientales independientes que se potencian entre sí de forma extrema”. Es el choque de dos masas de aire totalmente opuestas. Una de aire frío procedente de una zona continental polar y otra, de aire cálido y húmedo, procedente de latitudes tropicales.

Concluye nuestro consultor que para que sea perfecta es necesario un tercer ingrediente, al que define como “secreto”. Este ingrediente es un poderoso sistema de baja presión que actúa como catalizador.

Así entonces, la tormenta perfecta no ocurre solo cuando chocan dos masas de aire con temperaturas diferentes, sino cuando ellas interactúan simultáneamente con la energía descomunal de un huracán o una tormenta tropical, desencadenando una inestabilidad atmosférica de proporciones históricas.

Es un fenómeno parecido al que se produce cuando por “casualidad” se encuentran Güicho y sus amigotes del softball, y ese mismo día, en el Lebranche Borracho de Macarapana, se ofrece la promoción de un tobo de 12 tercios por 10 dólares. El resultado como se comprenderá es explosivo y cataclísmico. Solo hay que preguntar a la Comadre Camucha.

Igual que en el caso de Güicho, en la vida cotidiana como en la naturaleza, para que se produzca una tormenta perfecta se requiere de la alineación casi matemática de los elementos que la hacen posible. Esto también aplica para el caso de nuestra sufrida Venezuela.

A diferencia de lo que sucede en la naturaleza, en esta Tierra de Gracia no necesitamos que choquen dos masas de aire con algún Huracán del Caribe. Nos basta con juntar en un mismo mes la errática gestión institucional, los malabares jurídicos para no cumplir la constitución y, como ingrediente secreto, un remezón de la propia naturaleza que nos recuerde que, sobre lo inestable, siempre se puede mover el suelo un poco más.

El pasado mes de junio fuimos testigos de nuestra propia versión criolla de la fulana tormenta perfecta. Por un lado, la presión atmosférica del escenario político (con “abducciones” incluidas), por el otro, los plazos constitucionales que se vencen o se estiran con la elasticidad de una liga usada, así como una diplomacia tropical donde los antiguos rivales se sientan a negociar hojas de ruta.

Por otro lado, y como si la inestabilidad política no fuera suficiente, la geología decidió sumarse como ingrediente secreto. El doble terremoto del 24 de junio no solo hizo temblar los cimientos de nuestras casas y edificios, sino que puso al desnudo la fragilidad del edificio social. Resultado: la mamá de las tormentas perfectas.

Lo irónico es que, a diferencia de la Tormenta Perfecta que enfrentó George Clooney en la película, aquí todavía hay gente que pareciera no querer cambiar el rumbo del barco. Mientras las placas tectónicas se acomodan a la fuerza y las placas políticas se reacomodan por conveniencia, el ciudadano común sigue en el medio del océano, tratando de achicar agua con un tobo roto.

La gran lección que nos deja la meteorología es que cuando tres fuerzas destructivas se combinan, el resultado nunca es la victoria de una masa de aire sobre la otra, sino la devastación de todo lo que consigue a su paso.

Ojalá que alguien tenga la sensatez de mirar el barómetro antes de que la próxima lluviecita nos agarre sin salvavidas. Debemos llegar a puerto seguro a pesar de las grandes olas que quieren hacer naufragar el barco ya que los tiburones esperan tranquilamente a que se hunda.

Por si acaso, la comadre Camucha ya hizo su bolso de emergencias. Metió un par de velas, tres latas de sardinas (no de atún, está muy caro), un rosario y unos cobres que tenía Güicho encaletados detrás de la lavadora. Casi que la oigo decir aquí, si no te agarra el chingo te agarra el sin nariz, es mejor tomar previsiones porque el que pestañea pierde, o como diría el vagabundo de mi marido cada vez que se emborracha: “El que pestapierde ñea”.

Director del Doctorado en Educación-UCAB – Director del Postdoctorado en Ciencias y Filosofía de la Educación- UCAB – Director-Editor de la Revista ARETÉ. Revista Digital del Doctorado en Educación de la UCV

 

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