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José Aristimuño P.: Bolívar contra el bolívar

 

El venezolano despierta cada mañana con una contradicción en el bolsillo. Se llama bolívar. La moneda —ese rectángulo de papel que ya casi no es moneda— lleva el rostro del héroe como un reproche. Y uno paga el café, el pasaje, la arepa, con la efigie del que nos dio patria. Fíjate bien en la trampa del nombre: Bolívar libertó medio continente; el bolívar no te libera ni la hambre de un día. El mismo nombre para dos destinos opuestos. El mismo vector que apunta hacia la gloria y hacia la miseria al mismo tiempo.

Confrontémonos. Tú, venezolano que lees esto: ¿cuántos bolívares necesitaste hoy para comprar un dólar? ¿Cuántos Libertadores hicieron falta para igualar a un Franklin? La matemática de esta esquizofrenia es exacta y duele: el hombre que derrotó imperios no alcanza para un pan. Bolívar es la grandeza; el bolívar es la insignificancia. Y sin embargo, comparten nombre, comparten rostro, comparten tu cartera. Esa es la contradicción que nos parte: llevar en el mismo billete al padre de la patria y al certificado de nuestra ruina.

La plaza Bolívar de tu pueblo sigue existiendo. Ve esta tarde, si puedes, y mírala con otros ojos. La estatua ecuestre, el bronce verdoso, la paloma que ensucia la cabeza del prócer sin que nadie la espante. Los niños juegan alrededor del pedestal sin saber quién es ese señor del caballo. Los viejos se sientan en los bancos a recordar cuando el bolívar era fuerte y la palabra «Libertador» no sonaba a ironía. La plaza es Bolívar; lo que ocurre a sus pies es el bolívar. El héroe de bronce mira al horizonte; el pueblo corre detrás de la supervivencia. Mismo nombre. Distinta dirección.

La minería del estado Bolívar es la herida abierta de esta paradoja. El oro sale de las entrañas de la tierra que lleva el nombre del héroe y desaparece. Se lo traga la selva, la corrupción, el contrabando, las economías que no dejan nada. Bolívar cabalgó por esas mismas tierras, atravesó esos ríos, soñó esa riqueza para su pueblo. El bolívar de hoy es como ese oro: una promesa que se esfuma, una riqueza que nunca llega a las manos que la extraen. El estado se llama Bolívar; lo que sale de él no vale un bolívar. Otra vez el nombre escindido, el vector roto.

Y luego está la milicia, la apropiación, el mamotreto ideológico que ha convertido al héroe en consigna. Te han repetido tanto que Bolívar es de ellos que casi lo crees. Pero confronta eso también: ¿de quién es Bolívar realmente? ¿Del que lo invoca en un discurso o del que lo lleva tatuado en el pecho cuando se va del país? ¿Del que lo pinta en los muros o del que llora al ver su estatua en una plaza extranjera? Bolívar ha sido secuestrado, disecado, descompuesto en frases hechas. Y tú has permitido que te lo arrebaten. Has dejado que el bolívar —la moneda, la miseria— le gane la partida a Bolívar —el héroe, la idea—. Has dejado que el nombre signifique carencia en lugar de abundancia.

El misticismo es esto: Bolívar y el bolívar son la misma palabra, pero no la misma cosa. Bolívar es presencia. Camina contigo en el aeropuerto cuando te despides de tu madre. Se sienta a tu mesa cuando la comida alcanza para todos o cuando no alcanza para nadie. Está en el himno que cantas con la mano en el pecho. El bolívar, en cambio, es ausencia. Es lo que te falta. Es el vuelto que no te dan, el sueldo que no rinde, el ahorro que se evaporó. El misticismo bolivariano es esta lucha íntima entre el nombre que eleva y el nombre que hunde. Es ese instante en que miras el rostro del billete —gastado, sucio, doblado— y sientes algo que no es orgullo ni vergüenza, sino ambas cosas, revueltas, inexplicables. Porque en ese papel conviven los dos vectores: el héroe que te mira y la miseria que representa.

El arraigo bajo el Libertador es un ancla y una condena. Estamos atados a su grandeza como a un techo demasiado alto que nunca terminamos de alcanzar. Cada generación promete estar a la altura de Bolívar. Cada generación fracasa con el bolívar. Y, sin embargo, seguimos midiendo con esa vara imposible. ¿Es justo comparar tus pequeños logros, tus batallas diarias, con la epopeya de un hombre que derrotó imperios? No. Pero es inevitable. Porque ser venezolano es cargar con esta doble herencia: el nombre que inspira y el nombre que avergüenza. Bolívar te dice «sé grande»; el bolívar te dice «no puedes».

La incertidumbre actual es la marca de nuestro tiempo. No sabemos qué moneda tendremos mañana. Menos aún qué país heredarán nuestros hijos. Tampoco si la palabra «patria» seguirá significando algo dentro de diez años. En esa niebla, Bolívar permanece; el bolívar se esfuma. Esa es la única certeza: el héroe resiste aunque su moneda muera. Han podido quitarnos el valor del bolívar, la estabilidad, la confianza, el futuro. Pero el nombre de Bolívar, la idea de Bolívar, el misticismo de Bolívar, sigue ahí. Degradado, manoseado, instrumentalizado, pero presente. El vector de la gloria no se ha extinguido aunque el vector de la moneda apunte al abismo.

Mira tu cartera ahora mismo. Saca el billete más pequeño que tengas. Ahí está la contradicción entera. Esos ojos que te devuelven la mirada vieron arder Caracas, cruzaron los Andes, soñaron la Gran Colombia. Y hoy te acompañan a comprar un kilo de harina. Ese papel es la prueba de que Bolívar y el bolívar son el mismo nombre partido en dos. Si eso no te produce un escalofrío, no eres venezolano. Si no sientes la tensión entre el héroe y la moneda, entre la gloria y la calderilla, no estás leyendo bien.

Porque el héroe y la moneda son ya una sola cosa escindida. Cuando el bolívar se fortalece, Bolívar respira. Cuando el bolívar se desploma, Bolívar sangra. No hay separación posible entre el signo monetario y el signo patrio. Lo entendieron los que acuñaron la primera moneda con su rostro: al ponerle Bolívar al bolívar, nos condenaron a esta contradicción eterna. Lo entienden los que hoy usan su nombre para justificar lo injustificable. Y es tu deber entenderlo: cada vez que denigras del bolívar, algo de Bolívar se va contigo. Cada vez que añoras el bolívar fuerte, añoras una patria que fue posible. El mismo nombre. El mismo vector partido en dos direcciones.

Las plazas Bolívar seguirán allí. La minería del estado Bolívar continuará sangrando. La milicia seguirá degradando el nombre. Pero se puede hacer algo distinto: reconciliar los dos vectores. Reapropiarte del héroe y de la moneda. No como consigna, no como billete, no como estatua.

Sino como lo que realmente son: la misma palabra esperando que la cargues de grandeza otra vez. La pregunta no es «¿qué hicieron con mi nombre?», sino «¿qué harás con él?».

Bolívar y el bolívar te están mirando.

Solo tú puedes responderles.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM