Spider Man: Brand New Day desenmascara la fama del héroe populista de nuestros días. Así Peter Parker comparte la esencia del Don Nadie de Nolan, basado en La Odisea. Ambas películas, por cierto, adaptan el mismo argumento universal: el retorno al hogar después de sufrir un calvario de culpa y conflicto bélico.
Las películas más vistas de la temporada cumplen con aquella loable tarea del mainstream de otrora, es decir, ser relevantes para su tiempo, enviando mensajes cifrados edificantes.
Spider Man siempre tuvo el momentum para sintonizar con el malestar y la angustia de una época, desde su primera gran incursión en el milenio, tras el colapso de las torres gemelas.
Por igual Nolan con Batman, su Joker y Caballero Oscuro, íconos de un mundo trastocado por la amenaza fantasmal del terrorismo.
Ante ello, el Hombre Araña de Sam Raimi propuso un retorno a las raíces del heroísmo clásico en Norteamérica, con el fin de brindar consuelo a una población huérfana de liderazgo y sentido, asumiendo la paleta de color cálida de la Marvel, en un reseteo pop de la franquicia.
Según el ideario de Umberto Eco, Peter Parker era un integrado de pura cepa, luchando contra los apocalípticos del planeta en el contexto del once de septiembre.
Por su parte, el Batman de Nolan era más abstracto y dark, un vigilante rudo de historieta gráfica, inspirado en las páginas más contraculturales de DC Cómics.
La llegada del filme polarizó el ambiente, identificando a Obama como el Guasón y a Batman como un héroe más vinculado con las visiones republicanas de ley, orden y un poder libertario de millonario cansado del sistema.
Puede que El Dark Knight, sin querer queriendo, haya anticipado el ascenso del movimiento MAGA y de su maniqueísmo extremo, al punto de erigirse en un símbolo para la generación incel que terminará apoyando a Donald Trump en sus campañas electorales.
Pero Nolan se desmarca de semejante hipótesis.
De cualquier modo, los primeros Spider Man y Batman del siglo son comodines perfectos para la comprensión del cuadro geopolítico de entonces.
De ahí la cantidad de libros y ensayos con la pregunta de por quién votarían los dos.
Pasado el tiempo, casi un par de décadas, el escenario es un poco distinto: hay una nueva doctrina de seguridad en la Casa Blanca, el culto a la personalidad del protagonista de El Aprendiz, una campaña bélica en el mundo que hace palidecer la de Bush, en su proyecto del Nuevo siglo Americano, hasta llegar a Venezuela con su estado de potencial anexión, de incursión, de invasión, o como se desee llamar a la toma del país a través del control estratégico de sus recursos, sus aeropuertos, su indefinición de una no república distópica, ahora tutelada desde Washington.
Parece un capítulo, un episodio de Batman conoce a Venezuela después del terremoto, pero no, es absolutamente real. Mientras tanto, hay guerras en Irán, Ucrania y un pánico global por tantos sismos.
En tal sentido, se explica el éxito de La Odisea y Spider Man, pues ambas versan sobre la corrupción de los poderosos, el combate al crimen organizado y los dilemas del héroe occidental ante el ocaso de sus estamentos sociales, producto de la conmoción y el establecimiento de un régimen de sombras, a partir de una doctrina del shock. Frente a tales circunstancias, Spider Man y Odiseo planean una retoma secreta del poder, una venganza del ciudadano de a pie en su abandono, anonimato y soledad.
Los dos buscan ser respuesta crítica, toma de conciencia, para una generación demasiado selfie y pagada de sí misma, la de los influencers que van a hacer un show en zonas de catástrofes, la de los gobernantes que se ocultan para repartirse los beneficios, la de unas mesas opacas de trabajo, donde el único deseo es el saqueo de recursos.
Spider Man plantea que mejor hacer el bien, con la máscara puesta, en lugar de vivir la trampa del exhibicionismo espectacular, marca registrada de la mascarada populista. Odiseo también prefiere renunciar a cualquier privilegio de burócratas de la mesa redonda de señores de las sombras, de hombres cerdo de Animal Farm.
Mejor conservar las esencias antes que salpicarse con el lodo de la porqueriza general.
Lo mismo piensa Peter Parker de ensuciarse con el fango de la visibilidad que carcome, que lo hizo perder su memoria, sus amigos y su novia.
Hoy Peter Parker es un poco feliz, como Odiseo, tras su regreso.
Atrás debe quedar el recuerdo de Troya, de una metrópolis que sufrió terror y pandemia, renaciendo en su espíritu como la Nueva York del Hombre Araña.
Ahí está el nuevo día, el nuevo amanecer.

