El Valle del Gran Lago Salado, en el actual estado de Utah, Estados Unidos, representa una geografía de contrastes. A la aridez del desierto y la inmensidad de un lago salino se oponen las montañas Wasatch, cuyas nieves alimentan ríos, bosques y una extraordinaria diversidad biológica. En ese paisaje, que en 1847 aún pertenecía a México, una comunidad perseguida levantó una ciudad que con el tiempo se convertiría en uno de los principales centros urbanos del oeste norteamericano. Antes que pioneros, fueron migrantes.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue organizada en 1830 por Joseph Smith en Nueva York. Su rápido crecimiento despertó entusiasmo entre miles de creyentes, pero también una fuerte oposición política, social y religiosa. Las tensiones vividas en estados como Misuri e Illinois derivaron en episodios de violencia, expulsiones y persecuciones que culminaron con el asesinato de Joseph Smith y de su hermano Hyrum en la cárcel de Carthage, Illinois, en junio de 1844. Aquel acontecimiento precipitó la decisión de abandonar Nauvoo y emprender un largo viaje hacia el oeste en busca de un lugar donde pudieran practicar libremente su fe.
Bajo el liderazgo de Brigham Young, miles de hombres, mujeres y niños iniciaron en 1846 uno de los éxodos religiosos más importantes del siglo XIX. Lo que pocos saben es que cuando los primeros pioneros llegaron al Valle del Gran Lago Salado, el 24 de julio de 1847, no estaban entrando en territorio estadounidense. Aquellas tierras pertenecían a México. Los mormones, en sentido estricto, llegaron como migrantes a un país extranjero. Apenas unos meses después, el Tratado de Guadalupe Hidalgo puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos y ese vasto territorio fue incorporado a la Unión Americana. Sin haber vuelto a desplazarse, aquellos migrantes cambiaron de país. Las fronteras se movieron alrededor de ellos.
Desde la antropología solemos analizar las migraciones a partir del desarraigo, la nostalgia o la ruptura con el lugar de origen. Todo ello estuvo presente en la experiencia de los pioneros mormones. Pero esa no es toda la historia. Las migraciones también trasladan conocimientos, instituciones, formas de organización, valores y proyectos colectivos. Los migrantes no solo llevan consigo sus pertenencias; transportan una manera de comprender y construir el mundo.
Salt Lake City constituye una extraordinaria demostración de esa capacidad creadora. En un valle árido, aislado y aparentemente inhóspito, una comunidad perseguida levantó sistemas de irrigación, caminos, escuelas, templos y una ciudad que, con el paso del tiempo, se convertiría en el centro religioso, económico y político de Utah.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de esta historia. Con frecuencia observamos la migración únicamente desde la perspectiva de la crisis o del conflicto. Olvidamos que muchas ciudades del mundo fueron construidas precisamente por personas que un día llegaron como forasteras. Salt Lake City es una de ellas.
Hoy, cuando el fenómeno migratorio ocupa nuevamente el centro del debate internacional, la experiencia del éxodo mormón recuerda que las migraciones no solo transforman la vida de quienes parten. También transforman los territorios que los reciben. Y, en ocasiones, la historia nos regala una paradoja aún mayor: mientras los migrantes buscan un nuevo hogar, son las fronteras las que terminan moviéndose alrededor de ellos.

