Más allá de la cantidad de viviendas, se trata de la calidad, de un nuevo hábitat, de una nueva vida. Vivir viviendo, para eso nació la “Gran Misión Vivienda Venezuela”. Son palabras del nefasto presidente que tuvo Venezuela en los aciagos catorce primeros años de este siglo. Y los siguientes con quien ahora es huésped de Mr. Trump en Nueva York. Está claro que un edificio puede sufrir grandes daños, hasta su total destrucción, por el sacudón de un movimiento sísmico de 7.2 en la Escala de Richter, pero, desde el 24 de junio para acá se han incrementado los rumores y sospechas de inobservancia grave de nuestras normas de construcción, tales como columnas de tamaño insuficiente para la carga que soportan, y otras “omisiones” y “ahorros” en las cantidades y en la calidad de los materiales aplicados. Se evalúan conjuntos de viviendas como el “Urbanismo Hugo Chávez” en el Estado Vargas, donde había 3.088 viviendas, distribuidas en 196 torres, con más de 21.000 habitantes, (datos de la “Gran Misión Vivienda Venezuela”), pero aún no hay muestras fehacientes de tales “omisiones” y “ahorros”. Y tal vez mañana algunos fiscales y jueces pasarán rapidito las páginas donde las leyes que regulan el ejercicio de la ingeniería y la arquitectura tratan sobre la responsabilidad profesional de quienes diseñaron esas estructuras, o de los ingenieros de obra encargados de vigilar que lo especificado en los planos se cumpliera. Tal vez un mapa que zonifique las áreas estremecidas por el sismo según la llamada Escala de Magnitud de Momento sirva para determinar que algunos edificios pudieron soportar el movimiento sin mayores daños ni pérdidas de vidas. Pero ya lo escribió Quevedo: “Poderoso caballero es Don Dinero…”
De los que en mi vida he visitado, uno de los sitios que más me han impresionado es la antigua Pompeya. En su caso, la lava que descendió del volcán Vesubio en el año 79 d. C. sepultó las casas, colapsando los techos pero respetando paredes, muros y columnas, y las pinturas que los decoraban. Las excavaciones han sacado a la luz casas, patios, teatros y templos, y hasta un lupanar con las paredes adornadas con personas practicando sexo en una especie de Kamasutra (o lo que los occidentales tomamos como tal) romano. Sepultados los cuerpos de los que no alcanzaron a huir del flujo caliente que iba cubriéndolo todo; al enfriarse la roca volcánica, su descomposición generó un molde que luego los arqueólogos rellenaron para mostrarnos, como una escultura, los cuerpos de las víctimas en la posición en que fueron alcanzados por la lava. Tal vez, dentro de unos siglos, si es que nuestra civilización cae tanto como para olvidar su historia, los terráqueos de entonces contemplarán, confundidos por sentimientos encontrados, maravillados y a la vez consternados, formas humanas de yeso que reproduzcan las posiciones en que quedaron los ocupantes de los edificios cuando éstos se les vinieron encima sin posibilidad alguna de escapar de los escombros que se acumularon sobre sus cuerpos. Tal vez será un museo al aire libre, como Pompeya.
Y quizás en algún trozo de pared todavía puedan distinguirse los escudriñadores ojitos del Comandante Chávez. Esos que, pintados a gran escala sobre las fachadas de los edificios de la “Gran Misión Vivienda Venezuela” espiaban a través de las ventanas a los “beneficiados” con uno de esos inseguros apartamentos. O los “espionaban”, para usar su conjugación del ominoso verbo.Pero, mientras tanto, se pregunta uno: ¿Habrá justicia?

