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Alexander Cambero: Una cita en la funeraria

 

 

Entre las olorosas flores de un muerto ajeno se encontraron con fuertes sollozos que no compartían en lo absoluto. Simplemente, se habían citado en una funeraria en el centro de Barquisimeto, pretendiendo que un lugar inusual siguiera transmitiendo esa naturaleza maravillosa de una historia fascinante. Buscaban que la dicha continuara manifestándose en el ambiente más anti romántico que podía existir. Era ir probando en contextos tan disímiles para comprobar que aquello era único. La belleza de Karthyn resplandecía por encima de las orquídeas en coquetos andamiajes con las margaritas. Una cruz gastada de tanto servir de sostén para la aflicción permanecía en el fondo de la sala. Las velas fueron colocadas simulando un corazón púrpura con la fotografía del fallecido en imperturbable imagen de un rostro adusto. Los dolientes fueron llegando por ráfagas, dirigiéndose a los familiares a quienes les presentaban sus honras fúnebres. Álvaro observaba a Karthyn con delectación. Su belleza lo había cautivado desde que la conoció accidentalmente en el centro comercial Las Trinitarias cuando ambos se cruzaron en la entrada de una tienda. Al salir, volvieron a coincidir en una heladería y después en el cine cuando sus puestos quedaron juntos. Se miraron y sonrieron. Sin conocerse, decidieron pasar la tarde. Casi no se hablaron cuando se despidieron con un beso. Decidieron que el destino los condujera hasta el nuevo encuentro. Eso sí, brindándole una excelente ayudadita. Intercambiaron números, pero con la condición de no hablar de sus realidades sentimentales. Ella anotó en el teléfono de Álvaro llamando al contacto con el inusual nombre de: Hasta el próximo encuentro. Él hizo lo mismo con el de Karthyn. Ambos dispositivos solo serían utilizados para las citas. No habría saludos ni llamadas. La preciosa mujer se compró ese mismo día un teléfono básico para solo tener el número de Álvaro. De tono le colocó de Bonnie Tyler, “Eclipse total del amor”. Pensaba que cada vez que sonara, volvía de manera mágica a exteriorizarse la dicha en sus corazones. El aparato era el cómplice ideal para no levantar sospechas. La fogosa ritualidad marcaba la pauta. Cada cita debería ser en el mismo lugar y, como la primera vez, aquel juego amoroso los fue envolviendo para que todo fluyera y que pasara lo que tendría que pasar. Fue un amor de citas increíbles que no congeniaba con los atavismos. Se conocieron descubriéndose en la geografía de sus cuerpos con tan buenos resultados que la felicidad los acompañó sin marcar un punto en sus direcciones. Nadie sabía nada del otro como una especie de jugar al misterio, lo cual le daba curiosidad al romance. Ambos pensaban que, de quedar al descubierto, la magia rompería el encanto, convirtiéndose en una historia ajada como la que es característica esencial de millones de relaciones infelices; que mejor era dejar ese lado oscuro sin lumbres odiosas. Pasaron un año en una permanente y deliciosa luna de miel. Justo al conmemorar la fecha, lo hicieron vistiendo con la misma ropa de aquel miércoles barquisimetano tan cercano al paraíso. La misma tienda, los mismos helados y hasta los puestos contiguos en el cine. Esta vez con el agregado de muchos besos y un final feliz en una posada tan hermosa como su nombre, Agua Miel, que aprendieron a decorar con sus fantasías en la misma habitación reservada con anterioridad. La señora Herlinda Navas guardaba celosamente la siete para ellos. Cubría los detalles con precisión quirúrgica.

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Lo de la funeraria fue una ocurrencia de Karthyn. Le escribió a su furtivo amor para encontrarse en una sala mortuoria donde velaban a un desconocido. Ambos llegaron a la hora señalada. Se observaron desde la distancia donde los besos esperaban por su guarida secreta. Una sala adyacente a donde se prestaban los servicios valdría para estar un rato juntos. Aquello era un riesgo que corrían, pero la aventura valía la pena. Álvaro la toma por la cintura y le dice: Esperemos que recen el Santo Rosario. La gente estará concentrada en el ritual». El hombre le explica que el rosario tradicional consta de un Padre Nuestro, el Credo, que tiene tres renglones principales, diez Avemarías, el Gloria y jaculatoria, para posteriormente cerrar con la Salve, letanías y oración final con la señal de la cruz. Sin olvidar que los misterios pueden ser gozosos, dolorosos, como en este caso, gloriosos y luminosos. Es decir, que pueden llevarse unos cincuenta minutos al observar que la mayoría son de la tercera edad, lo cual hace que sean más lentos en la liturgia. Al terminar de rezar, muchos se levantarán para tomar agua o café; eventualmente irán al baño y, por equivocación, puede abrir esta puerta para encontrarnos precisamente en una posición no muy religiosa. Álvaro era un hombre talentosísimo que sabía analizar las situaciones con brillantez; siempre observaba el detalle para sigilosamente aproximarse. Cuando escuchan el comienzo del rosario, se abalanzan con pasión devoradora; es el pistoletazo de inicio. Una aseadora los sorprende, pero lejos de mostrar alarma, discretamente cierra la puerta, minutos de gloria suprema mientras la muerte se viste de ataúd en la vecindad de los amantes. La mirada azul de Kathyn entrega las llaves del último puerto. Escucha el murmullo del romance para dejarse llevar por las olas de la pasión. El misterio se desnuda para hacerse única piel. El olor a flores lo impregna todo. Sus besos huelen a jazmín como si los jardines colgantes de Babilonia hubieran escapado de su historia antigua para abrazarse en las entrañas de aquellos que vieron en el momento la oportunidad de refugiarse en sus ansias. Fue un instante increíble. Mientras los creyentes iban por las letanías, escuchan claramente la expresión: Madre del Buen Consejo, Madre del Creador, Madre del Salvador; justo allí Kathyn se coloca la blusa para tomar pausa y abrazarse con Álvaro en una manifestación tan profunda que fue la génesis de la despedida. En la sala principal acababa de llegar el sacerdote. Al escucharlo, a Karthyn se le hace muy familiar aquella voz. Se asoma discretamente y se pone muy nerviosa al comprobar que quien oficiará los servicios es el párroco José Luis Chacín, amigo de su familia, el mismo que la había casado hace tres años en la iglesia de San José. No sale de su asombro cuando ve llegar a su esposo con dos subalternos. ¡Maldita casualidad, en una ciudad tan grande toparme aquí con mi marido! En el mismo sitio, mi cárcel y la libertad que quiero obtener en la piel de mi hombre. ¿Será una señal? Piensa mientras su cuerpo tiembla de miedo. Su consorte es un malhumorado militar acostumbrado a imponer su voluntad con violencia. Recuerda cuando golpeó a un taxista por simplemente mirar a su mujer; ella pagó con un encierro de semanas por aquel caso donde era perfectamente inocente. Le cuenta a Álvaro su realidad y la magia del amor comienza a resquebrajarse. Ella, desesperada, le dice a su amante. ¿Qué hacemos? Álvaro la recuesta contra su pecho y le dice: Déjame pensar. Idean un plan arriesgado, pero con probabilidades de éxito. Álvaro sale llorando y se abraza con el sarcófago. Atónita, la familia del fallecido se pregunta: ¿De dónde salió este tipo? ¿Qué tiene que ver con mi papá? Exclama una hija sorprendida por la reacción inesperada de un extraño. Álvaro toma una flor, le da un beso y la deja sobre el ataúd; sabe que la familia quiere inquirirlo, lee el nombre del extinto y a grandes voces profiere: ¿Por qué te fuiste, Sebastián, por qué, querido amigo? Años sin saber de ti, ¿gracias por tenderme la mano cuando más lo necesitaba? Ese recurso frenó de cuajo a los familiares. Sigue sollozando profusamente mientras Kathyn sale por una puerta y entra por el área principal como buscando a su marido. Se sienta a su lado, dándole un tímido beso adaptado al momento. Álvaro continúa llorando con menor intensidad, quizás ya no tanto de manera fingida; el amor se escapaba, envolviéndose en la cruel realidad que se negaba a observar. Nadie sabe quién es el que llora; Kathyn también derrama lágrimas de despedida. El sacerdote se aproxima a la mujer y le dice: No es bueno mentir; conozco todo lo que pasó acá. Ella se quería morir, tal vez huir, deseaba gritar hasta desgarrarse, pero todo estaba tristemente consumado. Aquello que comenzó como un juego terminó siendo una trampa. Álvaro se quedó mirándola mientras ella se marchaba con su realidad. Dos soldados la escoltaban como si se tratase de una peligrosa delincuente. Las lágrimas ya no exploraban otros mundos. Se hicieron desierto cuando todo se volvió sombras.

@alecambero

 

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