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Humberto González Briceño: El costo de perder al aliado indispensable

 

En política internacional no existen las amistades permanentes. Existen intereses permanentes. Es una verdad tan antigua como la diplomacia misma y, sin embargo, buena parte de la oposición venezolana parece empeñada en ignorarla.

Las recientes informaciones provenientes de Washington, que describen un evidente enfriamiento de las relaciones entre la administración de Donald Trump y María Corina Machado, deberían ser motivo de reflexión más que de indignación. No porque cambien la naturaleza del régimen chavista, sino porque revelan un problema mucho más profundo: la principal líder opositora parece haber perdido la capacidad de interpretar las prioridades de quien objetivamente constituye el aliado internacional más importante para cualquier proyecto de transición en Venezuela.

Toda administración estadounidense, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, organiza su política exterior alrededor de los intereses nacionales de Estados Unidos. Donald Trump no constituye una excepción. Su agenda está determinada por la seguridad fronteriza, la energía, la competencia geopolítica y la estabilidad regional. Venezuela forma parte de esa ecuación, pero no es la ecuación completa.

Pretender que Washington subordine esos intereses a la dinámica interna de la oposición venezolana supone desconocer cómo funciona el poder.

Por eso resulta poco útil escandalizarse cuando Estados Unidos establece contactos, conversaciones o entendimientos tácticos con figuras del chavismo, incluida Delcy Rodríguez. La diplomacia nunca ha consistido en escoger interlocutores simpáticos, sino interlocutores útiles. La historia de la política exterior estadounidense está llena de negociaciones con gobiernos mucho más hostiles que el venezolano cuando ello ha servido a sus objetivos estratégicos.

La verdadera pregunta, entonces, no debería ser por qué Trump conversa con representantes del régimen.

La pregunta es otra: ¿cómo llegó María Corina Machado a colocarse en una posición donde Washington comienza a verla más como un factor de complicación que como un aliado confiable?

Las informaciones conocidas durante las últimas semanas apuntan precisamente en esa dirección. No se trata de una diferencia ideológica entre Trump y Machado. Tampoco de una supuesta preferencia estadounidense por Delcy Rodriguez. Lo que parece haberse deteriorado es la confianza política indispensable para coordinar una estrategia común.

Ese deterioro tampoco puede entenderse sin observar el comportamiento del entorno más cercano a Machado.

Durante meses, dirigentes y asesores estrechamente identificados con su liderazgo, como David Smolansky, Magalli Meda, Ricardo Hausmann y otras voces relevantes de ese mismo espacio político, han mantenido una crítica constante hacia Donald Trump, cuestionando decisiones de su administración e incluso descalificando aspectos centrales de su política internacional. Cada declaración, considerada aisladamente, podría interpretarse como un ejercicio legítimo de opinión. El problema aparece cuando todas ellas terminan construyendo un ambiente de confrontación con el mismo gobierno del cual depende buena parte de la capacidad de presión internacional sobre el régimen venezolano.

En política, los entornos también hablan.

Y con frecuencia hablan más que los propios líderes.

Resulta difícil convencer a una administración estadounidense de asumir mayores costos políticos frente a Venezuela mientras desde el círculo más próximo de la principal dirigente opositora se multiplican los cuestionamientos contra quien dirige esa misma administración.

No parece razonable esperar una mayor implicación de Washington cuando desde Caracas se envían señales contradictorias sobre la conveniencia misma de esa alianza.

Quizás allí reside uno de los errores estratégicos más importantes del momento. Durante años, María Corina Machado logró construir una narrativa basada en la claridad de sus posiciones frente al chavismo. Esa consistencia le permitió diferenciarse del resto de la oposición tradicional. Sin embargo, la política internacional exige algo adicional: comprender que los aliados también poseen intereses propios y que esos intereses no siempre coinciden con las expectativas venezolanas.

Donald Trump seguirá tomando decisiones conforme a lo que considere conveniente para Estados Unidos. No necesita justificación adicional para ello. Así funcionan todas las grandes potencias.

Corresponde entonces a la oposición venezolana decidir si desea influir sobre esas decisiones o limitarse a reaccionar indignada cuando no coinciden con sus preferencias.

Porque el problema ya no parece ser únicamente la relación entre Machado y la Casa Blanca. El problema es que Venezuela podría estar asistiendo a otra oportunidad desperdiciada.

No porque Washington haya abandonado a la oposición.

Sino porque parte de esa oposición parece haber olvidado una regla elemental de la política: nunca se convierte en adversario a quien puede ser el principal aliado para alcanzar el objetivo que se dice perseguir.

El chavismo ha sobrevivido durante más de un cuarto de siglo aprovechando, entre otras cosas, los errores de sus adversarios. Sería una amarga ironía que, cuando parecía abrirse una nueva posibilidad para alterar el equilibrio político venezolano, fuera nuevamente la incapacidad estratégica de la oposición la que terminara inclinando la balanza a favor del poder que dice combatir.

Maestría en Negociación y Conflicto – California State University.

 

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