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Jesús Puerta: Catarsis y dictadura

 

Era previsible que después de la rendición, capitulación y subordinación de la camarilla burocrática-militar del PSUV, hubiese alguna expresión, algún pataleo o al menos una catarsis, de algunos de sus cuadros medios o de base, más allá de las contradicciones que se adivinan en el cogollo, entre el grupo que seguía a Maduro y/o Cilia, por un lado, y los “rodriguistas” y “cabellistas”, por el otro. Los psicólogos, desde aquellos estudios del Dr. Festinger, llaman disonancia cognitiva al padecimiento de todas esas personas. Este malestar mental, generalmente expresado en ansiedad, ocurre cuando un sujeto tiene dos pensamientos contrarios al mismo tiempo, o constate una evidencia innegable que contradiga tajantemente sus creencias. Generalmente, el paciente trata de buscar excusas para lo que observa (esta es la función del “pragmatismo chavista” de Ameliach), rechaza o niega la información que choca con sus creencias o, la salida más sana, cambia sus pensamientos para que cuadren con la realidad. Por supuesto, el procesar esta contradicción en las cabezas, la solución sana se demora.

Esto puede mezclarse con un duelo no reconocido. Los historiadores dentro de unos, pocos, años, dirán que el chavismo como proyecto y movimiento político, murió, luego de una larga agonía, el 3 de enero de 2026. Esto no es fácil de asimilar para esa minoría que aún sigue acompañando el movimiento hoy. Es más, seguir en esa militancia, si no es por motivos más prosaicos (un cargo, unos reales, unas ventajas muy concretas), es síntoma de un desarreglo mental importante. Cualquiera de esos militantes sabe que el chavismo murió, pero todavía lo niegan, se arrechan, patalean, insultan, descargan su ira con el chivo expiatorio de siempre (la Machado o, más elaborado, el imperialismo norteamericano). O incluso quema las fotos de Trump y Netanyahu en la plaza Bolívar de Caracas (no sé que eso haya ocurrido en ninguna otra parte); pero no la bandera norteamericana, aunque sí la de la estrella de David. Son capaces de insultar a Rubio, pero no a Delcy, y a Jorge y Diosdado ni con el pétalo de una rosa. Algunos asumen el lenguaje rebuscado de Ramón Grosfoguel, el acostumbrado charlista de la decolonialidad, que explicaba sus teorías en la UBV, la UNEFA o hasta en el Helicoide, y que ahora toma “una distancia crítica del liderato de la revolución”, y hasta tiene la cachaza de convocar a los venezolanos a un acto, siendo él puertorriqueño. Dirá él: “soy internacionalista”. Sobre todo, cuando te pagan el pasaje, el hotel, la comida y las bebidas. Pero esa teta ya se acabó. Y eso da arrechera.

Hace unas semanas, el maestro, narrador y ensayista Luis Britto García, descubrió que en Venezuela había una dictadura, pero situaba su inicio en el día de la capitulación. Tengo la tesis de que el chavismo como movimiento político se fue deshaciendo y fragmentando a raíz de ciertas coyunturas precisas, que no son tan difíciles de establecer. Esto implica que no era la misma significación del chavismo en 1999, ni en 2004, ni la de 2007, mucho menos, en 2013, 2016 y 2024. En la primera fecha, se trataba de una tendencia aluvional, heterogénea, de un pueblo hastiado de la crisis económica en un país que había ostentado su prosperidad petrolera hasta hacía poco, una gente molesta con la creciente corrupción y la evidente separación de la dirigencia política de AD y COPEI, de las masas. El del 2004 era una corriente popular que rechazaba la acción violenta y desesperada de una oposición descocada que, con un golpe de estado dirigido por empresarios televisivos, pretendió echar para atrás un gobierno que apenas comenzaba a tomar medidas populares, como las misiones. En 2006 y 2007, hubo mayores definiciones ideológicas, y se esbozó un socialismo que no podía evitar mostrar rasgos cubanofilicos, caudillistas, de Partido único, pero había un debate abierto acerca de qué carajo era el “socialismo del siglo XXI”. Las otras fases del chavismo podemos ilustrarlas a la luz del proceso que llevó a la dictadura, que solo ahora descubre Britto García.

Para nosotros, ya había dictadura antes del fraude electoral y el golpe de estado del 28 de julio de 2024. Ya antes se habían violado todas las garantías y no pocas disposiciones constitucionales. Seguir en el chavismo después de ese fraude, era la confesión de que no se era demócrata, ni siquiera defensor de la constitución, o tal vez una negación patológica propia del duelo de la evidencia de la derrota. El 3 de enero lo que se inicia es un protectorado norteamericano o dictadura tutelada, cuyos rasgos definitivos aún están “en pleno desarrollo”.

Pero, como dice el amigo Javier Biardeau, el fraude a la voluntad popular ya se había producido antes. El más evidente ocurrió en las parlamentarias de 2015. Fue en el 2014 que el alto mando del PSUV tomo la decisión de modificar el sistema de elecciones y de partidos en el país, vía judicializaciones y medidas administrativas del CNE. Ya había tomado la precaución de designar militantes disciplinados en el TSJ. Entonces, ante la clara derrota electoral de 2015, el partido de gobierno impugnó ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) la elección de los cuatro diputados del estado Amazonas, alegando una presunta compra de votos. La Sala Electoral del TSJ emitió una medida cautelar que suspendió los efectos de esa elección, impidiendo de forma permanente que Amazonas tuviera representación legislativa. Un exabrupto. Luego vino la circunstancia del “desacato permanente”: al juramentar la Asamblea Nacional a los diputados de Amazonas, defendiendo la soberanía del voto, el TSJ declaró al poder legislativo en “desacato”. Incluso, luego hubo una “desjuramentación”, pero el golpe ya estaba dado. El desacato como figura jurídica fue utilizada para anular sistemáticamente todas las leyes, presupuestos y decisiones de la Asamblea durante sus cinco años de período constitucional. El CNE y el TSJ mantuvieron la medida cautelar congelada y jamás convocaron a la repetición de las elecciones en Amazonas, privando a la oposición de su mayoría absoluta por la vía administrativa. Los responsables políticos directos de todas estas maniobras, tienen nombre y apellido: Francisco Ameliach y Jorge Rodríguez

Por supuesto que hubo, como respuesta, una intensa movilización popular entonces, cercana a un verdadero levantamiento. Esto fue respondido de inmediato con una violación sistemática del debido proceso, como fue denunciado por la Fiscal Luisa Ortega Díaz. Luego vino la constituyente express. Maduro, apoyándose en una disposición constitucional, sin tomar en cuenta la progresión del derecho, por la cual se hacía necesario hacer un referéndum, como ya se había hecho antes, convoca una Constituyente, cuya estructura corporativa, representantes por sectores sociales, fue semejante a la de las Cortes españolas del franquismo o el parlamento de Mussolini. Ya había habido el robo a Andrés Velasquez del triunfo electoral en el estado Bolívar.

Todo esto es historia y, seguramente, se me han escapado muchos detalles. Ciertamente, esos años también fueron los de un gran desabastecimiento de productos, de las colas en la madrugada para comprar harina Pan, la “dieta Maduro”, las muertes de ambos lados, la exacerbación del conflicto nacional que hizo temer a los más conscientes, del desmadre de una guerra civil. Hubo el fallido “gobierno interino” de Guaidó, el aislamiento internacional promovido por los EEUU, las marramucias de Monómeros y la “ayuda humanitaria” en la frontera. Todavía los errores de la oposición podían justificar un apoyo, aunque tibio, al gobierno dictatorial. En una crisis política tan profunda como la que hemos vivido, no hay pureza, ni buenos y malos absolutos. La disonancia cognitiva del “pueblo chavista” todavía lograba superarse sin muchos dolores de cabeza. Aunque ya para nosotros eran evidentes las desviaciones, el fraude y las traiciones, más allá de simples “errores”, incluso desde antes de la muerte de Chávez.

Lo que no se puede negar es que, en esos momentos, se cortó el hilo constitucional y se instauró un continuado estado de excepción sin ninguna garantía constitucional. De hecho, tuvimos una dictadura, es decir, un régimen basado exclusivamente en la fuerza, sin considerar la Constitución ni ninguna ley, porque todo un Poder del Estado estuvo suspendido (el Poder Legislativo), y el Poder Judicial y Electoral fueron dominados por un solo partido burocrático-militar. Los rasgos oportunistas se evidenciaron en el manejo internacional, la entrega a los capitales chino y ruso, la conducción cubana, y todavía más con el “pragmatismo chavista” que pretende justificar la capitulación y la subordinación directa al gobierno de EEUU.

Si hoy luce impracticable la revisión de las actas del 28 de julio de 2024, la proclamación del legítimo ganador y su juramentación, es en virtud de la dominación del gobierno de Trump sobre el país y la instrumentalización de la dictadura. La vía armada está negada. Entonces, se debe apostar a unas nuevas elecciones que convoque de nuevo, en condiciones aceptables, la voluntad popular. Es el único camino para restablecer la legitimidad y el hilo constitucional. Unas “asambleas populares”, por ahí y por allá, no tienen, ni la fuerza, ni la debida certificación política y legal, para instalar una “junta de gobierno”, aunque suenen justas las explicaciones acerca del término de mandato de la supuesta “presidenta provisional” que resultó tan colaboradora de Trump. En todo caso, la movilización popular debe proseguir en la lucha por los derechos populares y por nuevas elecciones.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM