En Venezuela las palabras también forman parte del conflicto político. No solo describen la realidad; muchas veces intentan sustituirla. Desde hace años el chavismo entendió que controlar el lenguaje era una forma eficiente de controlar las expectativas. Revolución, democracia participativa, diálogo, elecciones libres, normalización. Cada palabra ha sido utilizada como una envoltura para presentar como cambio lo que en esencia ha sido continuidad.
Ahora aparece una nueva palabra mágica: Transición
Desde distintos sectores de la oposición venezolana se ha comenzado a denominar como una transición política la dinámica que se desarrolla entre la Asamblea Nacional electa en 2015 y el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez. La intención parece evidente: presentar los movimientos actuales como el inicio de una etapa de sustitución del poder chavista por un nuevo orden político.
El problema es que una transición no es simplemente una conversación entre actores políticos, ni una negociación con mejores modales, ni mucho menos una fotografía institucional donde antiguos adversarios aparecen sentados en la misma mesa. Una transición tiene elementos materiales concretos que la definen.
Una transición implica, en primer lugar, una modificación real de la estructura de poder. Significa que quienes controlan los mecanismos fundamentales del Estado aceptan transferir competencias, abrir espacios institucionales y someterse a reglas distintas a las que han utilizado para mantenerse en el poder.
Una transición requiere también garantías verificables para la participación política, reconstrucción institucional, independencia de los poderes públicos, recuperación del monopolio legítimo de la fuerza por parte del Estado y un cronograma claro hacia una nueva arquitectura política.
Nada de eso ocurre automáticamente porque dos sectores políticos conversen.
La historia demuestra que las transiciones no nacen de los nombres que reciben sino de los cambios efectivos en la relación de poder. España después de Franco, Europa del Este después del comunismo soviético o Chile después de Pinochet fueron procesos complejos donde hubo negociaciones, sin duda, pero también rupturas institucionales, transformaciones profundas y una modificación concreta del equilibrio político.
Llamar transición a cualquier negociación es una forma de inflación semántica. Es como llamar cirugía a una conversación entre médicos mientras el paciente continúa exactamente igual en la misma cama.
Lo que ocurre hoy en Venezuela se parece mucho más a una negociación política entre el chavismo y sectores de la oposición que a una transición. Una negociación más dentro de una larga cadena que incluye Barbados, México, República Dominicana y tantos otros episodios donde la esperanza venezolana ha sido convocada a una sala de espera interminable.
Porque el patrón es conocido
El chavismo negocia cuando necesita tiempo. Tiempo para reducir presiones internas y externas. Tiempo para reorganizar sus piezas. Tiempo para administrar contradicciones. Tiempo para preparar las condiciones políticas que le permitan enfrentar el siguiente episodio electoral bajo sus propios términos.
El tiempo ha sido históricamente el activo más valioso del chavismo. Más importante que una consigna, más importante que una elección, más importante incluso que una victoria circunstancial. El chavismo sabe que mientras conserve el control del aparato estatal, cada día que pasa juega a su favor.
La oposición, por el contrario, suele vivir atrapada en una lógica de urgencia permanente. Cada negociación es presentada como la oportunidad definitiva. Cada reunión como el principio del desenlace. Cada concesión como una inversión necesaria en un futuro que nunca termina de llegar.
Y así Venezuela permanece atrapada en una extraña paradoja: un régimen que administra el tiempo con paciencia estratégica frente a una oposición que administra la esperanza con calendarios imaginarios.
Que esta negociación tenga acompañamiento o supervisión internacional no cambia su naturaleza. La presencia de Estados Unidos u otros actores internacionales puede modificar incentivos, aumentar presiones o establecer mecanismos de seguimiento, pero no convierte por sí sola una negociación en una transición.
Las transiciones no se decretan desde comunicados ni nacen porque los actores involucrados decidan utilizar una palabra políticamente conveniente. Las transiciones ocurren cuando las condiciones materiales del poder cambian.
El problema es que mientras algunos sectores opositores celebran el supuesto inicio de una nueva etapa, el chavismo continúa operando bajo una lógica mucho más pragmática: sobrevivir, preservar espacios, dividir adversarios y llegar al próximo punto de decisión con la mayor cantidad posible de ventajas acumuladas.
Y en esa estrategia las elecciones cumplen una función fundamental. No necesariamente como mecanismo para entregar el poder, sino como instrumento para administrar legitimidad, reorganizar alianzas y proyectar una imagen de normalidad institucional.
La gran tentación de la política venezolana ha sido confundir movimiento con cambio. Que algo se mueva no significa necesariamente que avance. Un carrusel también gira, pero después de muchas vueltas sus pasajeros descubren que siguen exactamente en el mismo lugar.
Los venezolanos hemos visto esta película demasiadas veces. Cambian los escenarios, cambian algunos protagonistas, cambian los discursos, pero el argumento central permanece intacto: una negociación que promete abrir la puerta del cambio mientras el chavismo gana el recurso que mejor sabe administrar.
Tiempo
Tiempo para desgastar. Tiempo para dividir. Tiempo para recomponer fuerzas. Tiempo para preparar unas elecciones bajo sus condiciones.
Mientras tanto, una parte importante del país vuelve a quedar atrapada en la ilusión de que la transición comenzó y que el desenlace está a la vuelta de la esquina.
Pero quizás el verdadero desafío sea reconocer que no toda puerta entreabierta conduce a una salida. Algunas solo sirven para que quienes están dentro puedan reorganizar la habitación antes de volver a cerrarla.
Maestría en Negociación y Conflicto en California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

