La tierra tiembla y, en cuestión de segundos, los cimientos de lo cotidiano se desploman. El dolor de ver comunidades enteras fracturadas por un terremoto es una herida profunda que hoy compartimos todos los venezolanos. Yo vivía en Caracas en Los Palos Grandes cuando el terremoto del año 1967 y tengo todavía presente el drama de sentir y oír la furia de la tierra, ver los edificios caídos y a los familiares buscando entre los escombros de los edificios, puedo entender el ambiente de desolación y desamparo de población de La Guaira y Caracas hoy. No obstante, en medio del polvo flotante y el desconcierto generalizado, una verdad ineludible ha emergido con fuerza telúrica, vimos el renacer de nuestra fuerza civil, cuando las estructuras formales flaquean y la respuesta institucional se percibe tardía o insuficiente, el ciudadano común dio un paso al frente. Sentimos una profunda pena ante el desamparo de tantas familias, pero al mismo tiempo presenciamos un renacido e histórico orgullo cívico por la inmensa capacidad de auto organización comunitaria que ha florecido en cada esquina afectada.
La confianza institucional puede estar profundamente debilitada, pero la sociedad civil se ha consolidado legítimamente como el actor central y más confiable de esta emergencia. Frente a los retos colosales que nos cercan, un déficit habitacional crítico que mantiene a miles de personas desplazadas en refugios, el colapso de acueductos, hospitales y redes eléctricas, y una parálisis del empleo que asfixia a nuestros comerciantes y trabajadores informales, no podemos quedarnos en el lamento estéril o la parálisis del reclamo. Debemos ser parte activa, comprometida y decidida de la solución. El dolor colectivo debe transmutar de inmediato en acción estratégica, solidaria y profundamente humana.
La reconstrucción no es solo levantar paredes de concreto; es sanar una epidemia de salud mental colectiva, atender el estrés postraumático y devolverle la dignidad a cada madre, padre e hijo que hoy duerme con incertidumbre. El camino por recorrer exige audacia y una transparencia absoluta que ahuyente cualquier riesgo de corrupción o desvío de la ayuda humanitaria. El primer gran paso estratégico es la creación de un Fondo de Reconstrucción Multiactor, un fideicomiso transparente con una rigurosa auditoría internacional independiente que canalice los recursos de donantes y multilaterales directamente, integrando en su junta directiva al sector privado, las iglesias, las universidades y las organizaciones no gubernamentales que hoy trabajan en los comedores y centros de acopio en el terreno y otras ciudades del país.

