Visto superficialmente, el chavismo no parece encajar en ninguna corriente de pensamiento extraída de la racionalidad, como el marxismo, el comunismo, el socialismo, la “cultura woke”, o las nuevas tendencias emergentes.
De hecho se encuentra a años luz del ilustre pensamiento de Simón Bolívar y sus principios de “Moral y Luces, Libertad y Soberanía”, pese a haberlo mancillado con la fraguada afrenta de rebautizar al país como “República Bolivariana de Venezuela”.
¿Para qué se aprueban leyes y se jactan de tener la “mejor Constitución del mundo”, si es solo para incumplirla, burlarla y pisotearla de forma lasciva y alevosa? Son preguntas que gravitarán por siempre en la mente, e indignación de los venezolanos.
Es cierto que inicialmente el movimiento mostró un efervescente y empático activismo político frente a injusticias como el racismo, la discriminación, la corrupción y el desprecio a los vulnerables por parte de lo que llamaban “rancia burguesía” (“ser rico es malo”, era su proclama predilecta). Pero, “por más que se tongoneen” —como tantas veces se mofaron en televisión abierta ante el país—, jamás han abandonado su saña de farsantes: revanchistas, mezquinos, ávidos saqueadores y verdugos opresores. Esta naturaleza, como todo el mundo conoce, constituye su verdadera e imbatible fortaleza. Aunque se definan a sí mismos como socialistas y bolivarianos bajo tesis que afloraron de las ideas “pre-potenciales” del “comandante eterno”, su praxis es lo más ofensivo y contrario al preclaro ideario del Padre de la Patria.
El acertado creador de contenido y analista político venezolano Guido Briceño, conductor del muy visitado canal República Pendiente, hace una de las descripciones más fidedignas del chavismo y su cruel accionar politiquero. Briceño afirma que “el mayor error de la oposición venezolana fue haber tratado al chavismo como un partido político, cuando se trata de una mafia con poder”.
El analista enfatiza que no es una exageración retórica señalar esto como su forma de funcionamiento, porque la estructura de poder chavista no solo robó desde el Estado, sino que convirtió al Estado en el escudo de una organización criminal. Explica que “una organización política compite por votos, mientras que una mafia compite por control”. Aclara, asimismo, que “una organización política entrega el poder, mientras que una mafia no lo hace, porque el poder es su garantía de impunidad”.
Briceño insiste en que se trata de una estructura criminalizada que aprendió a hablar como organización política: “Tiene jefes, lobistas, operadores, propaganda, jueces obedientes, fiscales de persecución y cárceles de castigo”. Y es mucho más implacable cuando denuncia que son una mafia que no solo roba, sino que “administra miedo y castiga desobediencias”. Finalmente, lanza una acusación lapidaria: “El chavismo no roba porque está en el poder. Necesita estar en el poder para proteger lo que ha robado”. Por ello, sentencia nuestro interlocutor: “A una organización política se le disputa el voto, mientras que a una mafia se le desmonta el poder”.
Somos conscientes de que cualquier análisis o acusación contra un determinado grupo político no puede limitarse al agrado o desagrado personal de quien lo emita, sino que debe basarse en una seria valoración de su comportamiento real, corroborada con evidencias. En este caso particular, huelgan los ejemplos crudamente realistas, divulgados y respaldados con fehacientes testimonios en las redes sociales, la prensa foránea y prestigiosos organismos internacionales como la ONU, la OEA, la DEA y el propio gobierno de los EE. UU., país que, como se sabe, fijó una recompensa por la captura de Nicolás Maduro y mantiene vigentes tarifas por la búsqueda de otros altos jefes del cartel chavista.
En descargo, acotamos, que en incontables oportunidades, tanto Maduro como sus más altos aliados descalificaron a la líder opositora María Corina Machado, tildándola de “vende patria” o recurriendo al mito de “la Sayona”, ataques que han tenido distintas dinámicas políticas a lo largo de los años. Frente a esto, Machado ha mantenido una postura firme: “Después de tantos años de destrucción institucional, el deber no es solo celebrar la independencia. El deber es terminar la obra pendiente: restablecer la República”.
Tras más de un cuarto de siglo de dominio y control absoluto, toda clase de privaciones, abusos de poder y violaciones de derechos humanos, el ecosistema chavista parece haber entrado en una fase de canibalismo abierto, reduciéndose al tamaño de unas siglas mermadas ante la implosión del chavismo sobre viviente, aferrado al poder.
Los recientes movimientos en el aparato estatal, como el desplazamiento del control sobre el Seniat de los hermanos Cabello —que representaba el último bastión financiero del chavismo aferrado al poder—, confirman las fracturas internas del sistema.
Es un momento propicio para analizar si nos encontramos ante una patología política colectiva, con ribetes de contagiosa Insania Mental. O bien, ante la eterna viveza y picardía venezolana.
En el plano político, el chavismo parece sufrir su propio diagnóstico: una mezcla de desconexión deliberada de la realidad y una adicción incorregible a la picardía criminal.
Con información de: BBC News, El Nacional, El Universal y República Pendiente – ezzevil34@gmail.com

