El fantasma del terremoto de 1812 sigue presente en la narrativa nacional ante cualquier catástrofe que nos afecte.
Gemelos catastróficos
Cualquiera cosa que uno diga en estos momentos de dolor y devastación puede resultar carente o sobrante, dependiendo de quién dice y quién escucha. Pero, hay quienes sentimos la imperiosa necesidad de recordar incluso lo que no hemos vivido, para entender cómo llegamos hasta aquí, a dolernos en cada pisada que damos, entre miles de muertos y toneladas de escombros, cargando con un país que todavía no ha comenzado a existir; pero, aún fuertes como para pensar que deberíamos, ahora sí, hacer todo lo posible para que exista y tenga identidad.
Recordamos con angustia el terremoto del 26 de marzo de 1812, que fue un doblete sísmico de magnitud estimada de entre 7,1 y 7,7 Mw, según los estudios realizados por Funvisis. Alcanzó el grado XI de intensidad, lo cual significa “muy desastroso” en la escala de Mercalli modificada. Los sismólogos sugieren que consistió en dos subeventos sísmicos casi simultáneos: uno rompió la falla de Boconó, afectando los Andes y el Occidente, y el otro activó la falla de San Sebastián frente a las costas de Caracas. La sacudida principal se prolongó por un estimado de 1 a 2 minutos, un tiempo largo para un terremoto. No es difícil observar la asombrosa similitud de esta catástrofe con la ocurrida el 24 de junio de 2026.
Aquel día siniestro de 1812 era Jueves Santo y muchos feligreses se encontraban en las iglesias, en los oficios litúrgicos previos a la conmemoración de la Última Cena, así que quedaron sepultados en las iglesias que se derrumbaron. El sismo destruyó casi por completo las ciudades de Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida, y se calcula un número de fallecidos entre 1.500 y 4.000, el cual es espeluznante si se tiene en cuenta que la población de Caracas se estimaba entre 42.000 y 50.000 habitantes. Pero hay quienes afirman que la cifra de muertes ronda las 20.000, lo cual parece una exageración propia del estilo retórico de los protagonistas de la gran guerra.
Las labores de rescate tras el terremoto fueron sumamente caóticas y precarias debido a la ausencia de organismos de emergencia modernos y al contexto de la Guerra de Secesión. El auxilio recayó en los propios sobrevivientes y en la improvisación ante la catástrofe; los ciudadanos sobrevivientes, familiares y vecinos utilizaron sus propias manos, palas y picos para remover escombros e intentar extraer a las personas atrapadas en los templos y viviendas colapsadas. Peor aún fue que, ante la inmensa cantidad de fallecidos atrapados bajo las ruinas de mampostería y el rápido avance de la descomposición, las autoridades eclesiásticas y civiles ordenaron levantar piras funerarias improvisadas en las calles para incinerar los cadáveres, evitando epidemias de peste.
Además, el sismo destruyó los cuarteles donde se encontraban los soldados de la Primera República de Venezuela. Esto diezmó las tropas republicanas y eliminó la posibilidad de un rescate militar organizado, además de colapsar los pocos centros hospitalarios existentes.
Con sus propias manos
214 años después, en la fiesta de San Juan, se presenta en Venezuela el gemelo catastrófico del sismo de 1812. No hace falta narrar las características de este evento de 2026 pues, gracias a las redes sociales y a los periodistas internacionales, todos las conocemos al detalle. A pesar del insoportable cacareo de logros revolucionarios, complejidades burocráticas posmodernas y mercadeo de la imagen pública, lo cierto es que la gente, hoy como ayer, tuvo que contar con sus propias manos para rescatar sobrevivientes y responder a la situación.
Irónicamente, hace unos meses, en la ocasión de conmemorarse los 214 años del terremoto de 1812, la página web del Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo publicó: “Hoy, más que una fecha luctuosa, la conmemoración del mencionado evento sísmico, es una oportunidad para reafirmar el compromiso con la gestión de riesgos y la construcción de una nación resiliente ante los fenómenos de la naturaleza. El Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo (Minec), entiende que la naturaleza tiene procesos poderosos y que la mejor respuesta es la preparación y la conciencia ciudadana”.
¿Más que una fecha luctuosa? No hay ningún registro oficial de que aquellos muertos les hayan importado a las facciones dirigentes en pugna —como tampoco importan hoy día— y en la enseñanza de la historia de Venezuela que se plasma en los sucesivos pensa de estudios nada se muestra de semejante desgracia.
En los textos de historia, el 26 de marzo de 1812 no es una fecha luctuosa; es solo el día en que hubo un terremoto que retrasó un poco los planes de los patriotas que luchaban por la Independencia, y también es la fecha de una “frase genial”. Entre tantas “genialidades” de nuestra épica altisonante y militarista no hay lugar para llorar a los muertos, mientras los ciudadanos van cargando durante siglos sus dolores y levantando el país con sus propias manos.
Pero, en el documento del ministerio anteriormente citado también se establece el compromiso con la gestión de riesgos y la construcción de una nación resiliente ante la naturaleza. Como en una especie de premonición del desastre, el coronel José Ramón Pereira, viceministro para la Preservación de la Vida y la Biodiversidad del Minec, destacó que “los tsunamis y los sismos no se pueden pronosticar, por eso debemos anticiparnos, tener protocolos claros y preparar a nuestras comunidades”. Apenas tres meses después de estas declaraciones ocurre la catástrofe que actualmente estamos padeciendo, sin hablar de los muchos otros fenómenos catastróficos que han azotado al país entre 1812 y el presente. En toda nuestra historia republicana nunca ha habido preparación de las comunidades, ni siquiera la idea de que somos un país tan vulnerable que nuestros terremotos son arrasadores dobletes sísmicos. Aquí lo que importa es la retórica; el sufrimiento de la gente se deja a la caridad cristiana.
La frase ¿genial?
Eso sí, todo el mundo sabe que los venezolanos nos resbalamos en lo seco y nos paramos en lo mojado; que somos gente guerrera y que “pa tras ni pa cojé impulso” y un largo etcétera de necedades similares.
El más claro ejemplo de la necedad consagrada por la historia es que nadie asocia la fatídica fecha de 1812 con la destrucción de ciudades y la tribulación colectiva, sino con la imagen de un Bolívar que se levanta sobre los muertos y los escombros y, con la mano en su espada, pronuncia la célebre frase, citada en todos los textos a través de las generaciones: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra la naturaleza y haremos que nos obedezca”.
Sin embargo,no existe ningún documento escrito de su propio puño y letra que la registre; no aparece en sus cartas, diarios ni manifiestos originales. La única fuente histórica que la menciona es el libro Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, publicado en 1829 por José Domingo Díaz, un médico venezolano que era un enemigo acérrimo de la causa republicana y fiel servidor de la Corona española. Claramente, el objetivo de Díaz era desprestigiar a Bolívar, presentándolo como un loco soberbio que pretendía poner la naturaleza a sus pies, a los pies del ejército que lideraba.
Pero, en algún recodo de los torcidos relatos históricos que nos caracterizan, a algunos les pareció que esa cita era genial, era cool, porque reflejaba la audacia y la determinación del gran líder de sobreponerse a las dificultades y, con ello, reflejaba también la valentía y el arrojo de todos y cada uno de los venezolanos. Nada de ponerse a rescatar sobrevivientes ni a desarrollar acciones para mitigar en algo el dolor de la gente, pues una buena frase es suficiente para que la historia justifique los actos, por más viles que estos sean. Con razón decía el Premio Nobel trinitario Vidia Naipaul: “En cuanto a palabras, a los venezolanos no les han faltado”.
Así, la cita genial transitó sin tropiezos por la historia de Venezuela y era tan genial pero tan genial que el mismo Hugo Chávez Frías la dijo en una rueda de prensa ante periodistas internacionales, en medio de la catástrofe de Vargas en el año de 1999. Mientras el litoral central sufría lluvias torrenciales y aludes, los periodistas le preguntaron a Chávez si ante la situación climática se suspenderían las elecciones. El mandatario rechazó detener el proceso electoral y, en cadena nacional, citó textualmente las palabras atribuidas a Simón Bolívar en 1812: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. El referéndum siguió adelante el 15 de diciembre mientras los deslaves sepultaban comunidades enteras. Muchos venezolanos pensantes de la época señalaron que ignorar las alertas meteorológicas por razones políticas agravó el impacto del desastre.
Pero la naturaleza se opone
A pesar del recurso de la cita ¿genial?, la naturaleza se opone a una historia cargada de engaños y soluciones populistas, se opone a la altanería y la irresponsabilidad con la que el Estado venezolano ha enfrentado los más graves problemas que nos agobian, se opone a quienes, teniendo en sus manos el poder de hacer las cosas bien, han perdido el rumbo incluso de sus propias vidas; y se opone, principalmente, a que los venezolanos sigamos poniendo nuestra identidad en discursos grandilocuentes y palabras zoquetas que nos devuelven siempre una imagen distorsionada de nosotros mismos. Puestos de frente ante nuestras fortalezas y deficiencias, veamos si somos capaces de deslastrarnos de la retórica vacua y comenzar, por fin, el país que desde hace siglos debió ser.

