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Gil Molina: ¡Me estoy muriendo!

 

Hace algunos años vi una escena que nunca terminé de olvidar.

En Mejor… imposible, la extraordinaria película de James L. Brooks protagonizada por Jack Nicholson, el personaje de Melvin Udall irrumpe sin cita previa en el consultorio de su psiquiatra. La secretaria intenta detenerlo. El médico se niega a recibirlo. Entonces, delante de toda la sala de espera, Melvin estalla:

—¡Tengo una crisis! ¡Me estoy muriendo! ¡Y mi médico me miente!

La escena está construida como una comedia. El público se ríe, pero siempre me llamó la atención algo distinto.

Melvin no se está muriendo.

Lo que vemos en pantalla es a un hombre incapaz de manejar lo que siente.

Quizás por eso aquella frase se me quedó grabada durante años. Porque empecé a sospechar que muchas personas dicen «me estoy muriendo» cuando en realidad están intentando expresar algo completamente distinto.

«Me siento abandonado».

«Tengo miedo».

«No sé qué hacer».

«No quiero aceptar lo que está ocurriendo».

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Desde niños aprendemos matemáticas, geografía, historia, idiomas y tecnología. Aprendemos a resolver problemas, memorizar datos y cumplir objetivos. Sin embargo, pocas veces alguien nos enseña a reconocer con claridad lo que sentimos.

Sabemos nombrar países.

Sabemos identificar planetas.

Sabemos utilizar un teléfono inteligente.

Pero muchos adultos todavía tienen dificultades para identificar si lo que sienten es tristeza, miedo, culpa, frustración o vergüenza.

Y cuando no sabemos nombrar una emoción —o no sabemos qué hacer con ella— el lenguaje empieza a desbordarse.

Entonces aparecen frases como:

«Esto me mata».

«No puedo más».

«Me estoy volviendo loco».

«Me estoy muriendo».

No porque la emoción sea falsa, sino porque no encontramos una forma más precisa de expresarla.

Sin embargo, con los años he llegado a pensar que existe algo todavía más complejo.

Hay personas que entienden perfectamente lo que sienten.

Saben que una relación terminó.

Saben que deben pedir perdón.

Saben que necesitan poner límites.

Saben que deben aceptar una pérdida.

Saben que es momento de cambiar de trabajo.

Saben exactamente qué está ocurriendo.

Lo que no quieren es asumir las consecuencias de actuar en consecuencia.

Y allí aparece otra forma de sufrimiento.

Una más silenciosa.

Porque comprender una emoción no obliga necesariamente a tomar la decisión que esa emoción exige.

Todos conocemos ejemplos.

La casa de unos padres fallecidos que permanece intacta durante años porque nadie se atreve a mover una fotografía.

La relación terminada que continúa ocupando espacio en la vida de alguien mucho después de haber terminado.

La amistad deteriorada que se comenta a espaldas de todos, pero nunca se confronta de frente.

Las decisiones pendientes se acumulan.

Y con ellas se acumula también el desgaste emocional.

A veces creemos que necesitamos respuestas nuevas cuando en realidad ya conocemos la respuesta.

Lo que nos falta es el valor para convivir con sus consecuencias.

Quizás por eso la inteligencia emocional no consiste únicamente en identificar lo que sentimos.

Consiste también en asumir la responsabilidad de hacer algo con ello.

Porque reconocer una herida es importante.

Pero no basta.

Reconocer que una etapa terminó es importante.

Pero tampoco basta.

Reconocer una verdad y seguir actuando como si no existiera es una de las formas más eficaces de prolongar el sufrimiento.

Con los años he llegado a sospechar que muchas personas no están muriéndose.

Están agotadas.

Agotadas de sostener conversaciones pendientes.

Relaciones terminadas.

Duelos inconclusos.

Decisiones que conocen desde hace tiempo pero que siguen posponiendo.

Quizás por eso aquella frase de la película se me quedó grabada.

«Me estoy muriendo».

Porque rara vez hablamos de la muerte cuando pronunciamos esas palabras.

Casi siempre hablamos de algo mucho más difícil.

De la vida que sabemos que deberíamos empezar a vivir.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM