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Janneth Jiménez: Cristóbal Trump y la tierra prometida

 

Aquí y ahora, Venezuela.

Hubo una época en la que los barcos llegaban a nuestras costas buscando oro. Venían con promesas, banderas y discursos civilizadores. Se llevaban las riquezas y dejaban a los pueblos originales contemplando cómo desaparecía el futuro en las bodegas de aquellas embarcaciones.

Cinco siglos después, pareciera que la historia insiste en repetirse, aunque con otros nombres, otros métodos y otros protagonistas.

Algunos venezolanos observan cómo los recursos del país terminan siendo objeto de disputas internacionales y sienten que ha aparecido una nueva versión de aquel navegante del siglo XV. Ya no se llama Cristóbal Colón. En la metáfora de nuestro tiempo, algunos lo llaman “Cristóbal Trump”: el personaje que llega atraído por las inmensas riquezas de una nación debilitada, mientras millones observan desde la orilla esperando que, de alguna manera, esa intervención termine traduciéndose en libertad, prosperidad o cambio político.

Pero la pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿cuándo las riquezas de Venezuela han servido realmente para los venezolanos?

Durante años se nos habló de soberanía. Se denunciaron invasiones, conspiraciones y amenazas extranjeras. Se levantaron discursos encendidos en defensa de nuestros recursos. Sin embargo, mientras unos acusaban a los extranjeros de querer quedarse con Venezuela, otros administraban un país donde la riqueza minera, petrolera y energética parecía beneficiar a todos menos al ciudadano común.

Y hoy, en medio de una nueva realidad geopolítica, muchos venezolanos contemplan con desconcierto cómo actores externos participan cada vez más en asuntos vinculados a los recursos nacionales. El resultado es una sensación amarga: después de tantos años de confrontación ideológica, pareciera que los recursos siguen cambiando de manos, pero la vida del venezolano sigue sin cambiar.

La libertad no puede convertirse en una ilusión publicitaria. La libertad verdadera se refleja en salarios dignos, servicios públicos eficientes, oportunidades para emprender, instituciones confiables y la posibilidad de construir un proyecto de vida sin tener que abandonar el país.

De lo contrario, corremos el riesgo de cambiar un discurso por otro, una dependencia por otra, una decepción por otra.

Mientras tanto, Colombia acaba de ofrecer una lección que merece atención. Más allá de simpatías o diferencias políticas, la fortaleza de una democracia se mide por la capacidad de los ciudadanos para reflexionar, participar y decidir su destino mediante las instituciones. Los países avanzan cuando los liderazgos son sometidos al escrutinio ciudadano y cuando el debate se centra en propuestas, capacidades y resultados.

Eso conduce a otra pregunta inevitable para Venezuela: ¿cuándo podremos disfrutar de elecciones donde la discusión principal no sea quién tiene más poder, sino quién tiene más preparación, más visión y más capacidad para convertir nuestros recursos en bienestar colectivo?

Porque Venezuela no necesita salvadores. Necesita estadistas.

No necesita mesías. Necesita instituciones.

No necesita discursos heroicos. Necesita resultados.

Tenemos petróleo, oro, hierro, gas, agua dulce, biodiversidad y una de las mayores reservas de talento humano del continente. Sin embargo, seguimos exportando jóvenes, profesionales y sueños.

Y entonces surge la pregunta final.

¿Qué hacemos?

¿Seguimos mudándonos, adaptándonos y sobreviviendo mientras observamos desde lejos cómo otros deciden el destino de nuestra riqueza?

¿O levantamos la voz para exigir un país donde los recursos nacionales se conviertan en progreso nacional?

Porque cada día que pasa parece confirmarse una sospecha dolorosa: el remedio prometido podría estar resultando tan perjudicial como la enfermedad que venía a curar.

La historia aún no está escrita.

Pero el reloj sigue avanzando.

Y Venezuela continúa esperando a quienes estén dispuestos no solo a administrarla, sino a construirla.

@Jannethtex

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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