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La guerra contra Irán agrietó la relación estratégica de los países del Golfo con Estados Unidos

 

Las bases militares han pasado de ser un elemento de protección a convertirles en blanco de los ataques iraníes y el cierre de Ormuz les empuja a buscar alternativas para vender su petróleo. La isla de Jarg, desde donde Irán exporta la gran mayoría de su petróleo, en marzo de 2026.

El día de San Valentín de 1945, un Franklin D. Roosevelt a las puertas de la muerte se reunió con Abdul Aziz Ibn Saúd en aguas del canal de Suez. El presidente de Estados Unidos y el rey de Arabia Saudí no se pusieron de acuerdo en prácticamente nada, pero se cayeron bien. Se habían citado para hablar de un posible Estado para los judíos en Palestina —Ibn Saúd lo rechazó—, pero aquella conversación acabaría siendo el germen de una alianza estratégica que luego replicarían otros países del golfo Pérsico. Aquel histórico pacto tácito consistía en que Washington proporcionaría seguridad a esos países a cambio de petróleo. Ha durado décadas, pero el terremoto regional provocado por la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán ha demostrado que tenía unos cimientos más débiles de lo que se creía.

No habían pasado ni unas horas de los primeros bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Teherán, el pasado 28 de febrero, cuando la República Islámica atacó no solo Israel sino también Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Baréin. En unos pocos días, los misiles y drones iraníes habían impactado en 11 países de la región. Las bases militares estadounidenses, vistas durante décadas como la principal garantía de seguridad para los países que las albergaban ―de Emiratos a Baréin, de Kuwait a Qatar―, pasaron a ser una rémora, un lastre: lejos de ser una defensa, los convirtieron en blanco iraní.

Washington priorizó entonces la defensa y la seguridad de Israel, mientras que estos Estados consideran que fueron relegados y, en parte, abandonados a su suerte frente a las represalias militares de Teherán, analiza por teléfono Leyla Hamad Zahonero, investigadora asociada al Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (Cearc). El resultado, afirma, es que la guerra de Irán no solo ha alterado el equilibrio militar de la región sino que también ha llevado a esos Estados a recalibrar su relación con Washington. El pacto estratégico de décadas que unía a EE UU con los países ricos de la península Arábiga se ha agrietado.

Acrecentada por la guerra, la fragilidad de ese pacto no escrito ha quedado patente, tanto por parte de los Estados del Golfo como en el lado estadounidense. En primer lugar, por la propia dinámica de los países del Golfo estos casi cuatro últimos meses: pese a la enemistad de muchos de ellos con Irán, lejos de presionar a Washington para continuar la contienda, como Israel suponía que iban a hacer, han seguido exactamente el camino contrario: han tratado, sin mucho éxito, de convencerlo para que frenara.

No solo porque, con el estrecho de Ormuz cerrado, empezaban a sentir la asfixia económica. También porque, como resalta Hamad Zahonero, Irán puede ser un vecino incómodo pero esa vecindad no va a desaparecer. Entre una alianza con Washington que los ha decepcionado y el imperativo de la geografía, los países del Golfo se están inclinando ahora por tratar de restañar la herida abierta con Irán. Tampoco será fácil.

Del lado estadounidense, la guerra ha puesto de manifiesto que la alianza con sus aliados en el Golfo —esas petromonarquías halagadas por un Trump que también ha sido adulado, y de qué manera, por los jeques— era menos vital de lo que parecía. La revolución del fracking ha disparado la producción de crudo y gas en Estados Unidos, que acaricia una autosuficiencia energética con la que nunca pudo siquiera soñar: cualquier subida de precios del petróleo le afecta, como se ha demostrado estos meses, pero el suministro está a resguardo. Lejos quedan, por tanto, aquellos tiempos en los que Roosevelt ansiaba controlar el petróleo saudí: ahora, simplemente, no lo necesitan. O, al menos, no tanto como antaño.

Convertidos, junto con Israel, en objetivo prioritario de la represalia iraní, la guerra ha expuesto los límites del modelo de externalización de la seguridad de los Estados del Golfo y la fragilidad de un desarrollo económico estrechamente vinculado a la estabilidad, resalta la investigadora del Cearc.

La autopista marítima del estrecho de Ormuz empezó a revivir el jueves, poco después de que Donald Trump firmase en Versalles los 14 puntos que prometen la difícil empresa de la paz. Veremos por cuánto tiempo, después de que Irán anunciase este sábado un nuevo cierre en respuesta al enésimo capítulo en los bombardeos israelíes sobre Líbano.

Su decepción con el memorando, además, no es menor: el documento no dice ni palabra sobre los misiles y los drones iraníes con los que Teherán ha golpeado incluso infraestructuras civiles vitales como las plantas desalinizadoras de agua. En cuanto al estrecho, el propio texto del acuerdo deja margen a muchas lecturas. Dice que las autoridades iraníes y omaníes mantendrán un diálogo para definir la futura administración y los servicios en Ormuz, una fórmula que deja la puerta abierta al cobro de algún tipo de tasa a los barcos. A renglón seguido, sin embargo, apostilla que el arreglo tendrá que ser de conformidad con el derecho internacional aplicable, que no permite el cobro de peaje alguno por navegar por un estrecho marítimo. Más nebulosa y un nuevo revés avalado por la Casa Blanca.

Alternativas

La guerra deja mil y un aprendizajes, pero uno por encima del resto: Irán ha demostrado al mundo —y a sí mismo— que puede cerrar Ormuz casi a su antojo. Tiene, en fin, al resto del mundo a su merced. Empezando por los países del Golfo, que exportan por ese estrecho el grueso de sus hidrocarburos y que, con acuerdo o sin él, siguen pensando en alternativas para no sufrir la tortura de un nuevo cerrojazo. Con más motivos que nunca: ahora saben a ciencia cierta que el poderío militar estadounidense no es suficiente para reabrir esa vía marítima crucial.

Emiratos Árabes anunció a mediados de mayo un acelerón en su plan para duplicar la capacidad del único tubo que le permite sortear el estrecho y embarcar los barriles ya en Fujairah, en las costas del mar Arábigo. El otro gran actor regional, Arabia Saudí —el país de la región que mayor proporción de su petróleo ha conseguido salvar— está en conversaciones con Kuwait —uno de los más afectados— para que el petróleo de esa nación esquive Ormuz cruzando su vasto territorio.

Tras comprobar una vez más que la prioridad de la Casa Blanca es Israel y no ellos, los países del Golfo también persiguen aumentar su autonomía estratégica y reducir su dependencia del armamento procedente de EE UU. En marzo, cuando empezaron a temer que las constantes arremetidas iraníes agotaran sus reservas de interceptores para frenar los misiles y drones de Teherán, la respuesta de la Administración de Trump fue un portazo, según el medio especializado Middle East Eye, que informó de que al menos uno de esos países (sin precisar cuál) preguntó a funcionarios estadounidenses sobre la posibilidad de reponer esos interceptores y vio su petición desestimada.

En mayo, el ministro de Defensa kuwaití, Abdullah Ali Abdullah Al Salem Al-Sabah, firmó un documento de intenciones con Haluk Gorgun, presidente de la Agencia de la Industria de Defensa de Turquía, con el fin de fortalecer la cooperación en ese ámbito. Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar también están buscando cerrar acuerdos de armamento con Ankara. Sobre todo, en materia drones y de sistemas de defensa aérea de corto alcance.

En paralelo, estos petroestados exploran también el desarrollo conjunto con Turquía de interceptores de misiles balísticos, una tecnología que ese último país aún no ha desarrollado, pero que ―como recuerda Hamad Zahonero― sí están explorando para poder desarrollar conjuntamente esa industria sin tener que depender del suministro de armas de Washington.

Ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán

La habitual locuacidad de Trump y sus colaboradores en esta guerra ha terminado de irritar a los países del Golfo. Por ejemplo al citar a Estados como Emiratos Árabes al mencionar la promesa de un fondo de inversión en Irán de 300.000 millones de dólares (más de 260.000 millones de euros), en el que el republicano ha dicho que no podrán ni 10 centavos de dólar. O al condicionar la firma de la paz con Irán a que los países del Golfo, sobre todo Arabia Saudí, se sumaran a los Acuerdos de Abraham, por los que cuatro Estados árabes establecieron en 2020 relaciones diplomáticas con Israel.

Los líderes del Golfo entienden que el régimen iraní no va a ninguna parte, y no ven beneficios estratégicos en intentar aislar a Teherán o acorralarlo. Esto no significa que se hayan vuelto ingenuos respecto a Irán: siguen siendo profundamente conscientes de los desafíos y amenazas que representa Teherán, escribía recientemente Danny Citrinowicz, exanalista del ejército israelí, en X (antes Twitter). Sin embargo, su estrategia preferida es la desescalada y la coexistencia en lugar de la confrontación. Desde su perspectiva, mantener canales de comunicación con Irán es una necesidad, no una opción.

Trinidad Deiros Bronte – Ignacio Fariza – El País de España

 

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