A lo largo de la historia ha existido una línea divisoria entre el pensamiento académico y la cultura de masas. Por un lado, los intelectuales han cometido el error de subestimar las emociones de la multitud al tildarlas de “irracionales”, sin entender que los mitos, afectos e identidades son clave en la cohesión de los pueblos. Incluso, desdeñan el conocimiento popular que es de gran utilidad para la humanidad. Del otro lado, las masas muestran un resentimiento hacia las élites pensantes por considerarlas apartadas de la cotidianidad, frías y calculadoras. Por tanto, no son merecedoras de confianza ni mucho menos apostar por sus ideas, aunque pueden ser de gran ayuda.
Es una hostilidad mutua que genera un bucle destructivo en la sociedad, puesto que las masas se entregan apasionadamente a líderes carismáticos incompetentes y los intelectuales se refugian en un muro tecnocrático de forma defensiva. Es una especie de intelectualismo soberbio frente al resentimiento antiacademicista que destruye los vasos comunicantes de un tejido social que es por naturaleza diverso, plural y heterogéneo.
Por supuesto, desde la visión academicista se pretende convertir al sistema político en un andamiaje puramente tecnocrático y racional donde la realidad puede manejarse solo con datos, descuidando los afectos y el roce con la gente. Esta situación no desaparece el conflicto ni las pasiones colectivas porque las masas se desplazan hacia los márgenes en formas destructivas y extremistas, apostando a líderes carismáticos o salvadores. Esta es el análisis de Chantal Mouffe, politóloga belga, donde desmantela la postura liberal tecnocrática.
Desde una mirada contraria, José Ortega y Gasset, filósofo español, advierte sobre la grave amenaza que corre la humanidad cuando el fervor colectivo, carente de dirección intelectual, inunda los espacios de funcionamiento de la sociedad. La política pierde su esencia, se vacía de racionalidad y se desborda de mesianismo. Sin embargo, advierte el autor que las masas no equivalen a las clases populares, como muchos erróneamente suponen, sino que en ellas pueden encontrarse tanto un obrero, un político o un profesional con título académico. El “hombre masa” es el conformista, que se siente idéntico a todo el mundo, celebra su propia mediocridad y se junta con la multitud para imponer su criterio a la minoría pensante. Incluso, asume el tumulto como un derecho civil.
Podemos observar que estas posiciones entre la razón ilustrada y el fervor colectivo han sido irreconciliables hasta ahora, generando un grave obstáculo al avance de una cultura civilizada y progreso social en diversas naciones. Lamentablemente, existe un clima de intensa pasión y entrega emocional por parte de un grueso número de personas hacia un proyecto o causa en común frente a una élite intelectual aislada de los reales problemas de la sociedad. Es necesario crear un puente entre ambos extremos que viabilice una ruta de proximidad e interacción entre ambos extremos.
El reto es promover espacios de encuentros donde se entrelacen perfiles técnicos con códigos e identidades culturales del sector popular, tales como científicos comunitarios, pedagogos sociales e influencers formativos. Esto permitirá desmitificar que el saber es esclusivamente de las élites académicas. Además, los intelectuales deben aprender a ser carismáticos, a manejar los afectos, inspirar con sus acciones y promover, junto a las comunidades, importantes reformas institucionales e iniciativas sociales que redunden en la calidad de vida ciudadana.
Debemos tomar en cuenta que el fervor colectivo, generalmente, surge de un dolor real y legítimo, de una situación de abandono o desencanto. La intelectualidad debe darle significado a ese sufrimiento colectivo, interpretar la realidad y ofrecer soluciones estructurales a la crisis. Por tanto, las universidades y centros de formación deben abrirse a las comunidades para impulsar escuelas de gobernanza y Liderazgo en los movimientos sociales, gremios y sindicatos. De esta manera, el colectivo comprenderá que el intelecto es su mejor arma de emancipación y el intelectual entenderá que sin la fuerza ciudadana sus ideas no tienen utilidad social.

