Del historiador británico Simon Martin, Football and Fascism: The National Game Under Mussolini (2004) se ha convertido en una referencia obligada para comprender cómo el fútbol fue utilizado por el régimen de Benito Mussolini como instrumento de movilización social, construcción nacional y propaganda política.
La tesis central del autor consiste en afirmar que el fútbol no fue simplemente una actividad tolerada por el fascismo, sino que fue progresivamente incorporado al proyecto político del régimen. A partir de 1926, el Estado fascista intervino activamente en la organización del deporte, reorganizó las instituciones futbolísticas, promovió la construcción de estadios y convirtió al calcio (la liga italiana) en una herramienta para difundir valores de disciplina, virilidad, obediencia y orgullo nacional.
Sin embargo, Martin no sostiene que el fútbol italiano fuera un mero producto artificial del fascismo. Por el contrario, señala que era una dinámica cultural previa que el régimen intentó canalizar y aprovechar, a fin de crear una identidad nacional más homogénea.
Un capítulo muy importante del libro es el dedicado a la Copa del Mundo de la FIFA de 1934. En el mismo se destaca cómo la organización y posterior victoria de la selección italiana representaron una enorme oportunidad para un propagandista nato como Mussolini. El campeonato le permitió presentar a su país como una nación moderna, eficiente y triunfante.
Fútbol y fascismo
Aunque, Martin no atribuye aquella victoria deportiva exclusivamente a razones políticas (el equipo dirigido por Vittorio Pozzo era uno de los mejores de aquella época, de hecho, volvió ganar la Copa de 1938 celebrada en Francia), sí examina críticamente las controversias que han rodeado al torneo durante décadas.
Otro aspecto valioso, pero controversial, es el abordaje que hace sobre el consenso que en determinado momento alcanzó el fascismo. Martin no considera que la sociedad italiana fue simplemente manipulada por el régimen. En ese sentido lo ocurrido alrededor y durante la Copa del Mundo de 1934 es revelador.
Para ese momento, en gran medida a su capacidad para generar un fuerte consenso en torno a su figura, Mussolini había logrado estabilizar y consolidar la dictadura fascista. Su habilidad para convertir su personalidad en objeto de un auténtico culto se reflejó no solo en la aprobación que la sociedad italiana le brindó durante mucho tiempo, sino también en la admiración que se granjeó entre numerosos jefes de Estado extranjeros, intelectuales y, en general, la opinión pública internacional, especialmente en Estados Unidos y el Reino Unido. Il Duce se convirtió en un modelo de inspiración para muchos dictadores futuros, como Adolf Hitler, Juan Domingo Perón y Fidel Castro.

La Copa del Mundo como gran espectáculo
A diferencia del primer Mundial de 1930 en Uruguay, la edición italiana representó el primer intento de convertir la Copa del Mundo en un gran espectáculo global organizado por una potencia europea. La elección de Italia respondió a varios factores. En primer lugar, la FIFA deseaba que ese segundo evento se realizará en Europa, luego de que varias selecciones europeas hubieran rechazado viajar a Uruguay en 1930 debido a los costos y la duración del viaje transatlántico.
Italia contaba con una infraestructura deportiva relativamente avanzada para la época, una red ferroviaria eficiente y la capacidad financiera para organizar el torneo. Pero el factor decisivo fue el respaldo político de su dictador.
Él entendió desde el principio que el campeonato podría servir para proyectar una imagen moderna, eficiente y poderosa de Italia ante el mundo. Por ello ofreció recursos económicos y logísticos que ningún otro candidato estaba en condiciones de igualar.
Su implicación personal fue fundamental. Impulsó la construcción y remodelación de estadios, promovió campañas de difusión internacional y puso al aparato estatal al servicio del evento. El Mundial fue concebido como una vitrina propagandística destinada a demostrar la supuesta superioridad organizativa del régimen.
La prensa oficial italiana presentó el torneo como una evidencia del renacimiento nacional impulsado por el fascismo. Las ceremonias, los símbolos y la cobertura mediática estuvieron cuidadosamente diseñados para asociar los éxitos deportivos con los logros políticos del gobierno.
El deporte como propaganda
Por supuesto, las diferencias entre el Mundial de 1934 y los torneos contemporáneos son enormes. En aquella ocasión participaron únicamente 16 selecciones, en contraste con el Mundial de 2026 que cuenta con 48 equipos nacionales. Si un partido terminaba empatado se recurría a la prórroga y, en algunos casos, a partidos de desempate. Tampoco existían las sustituciones de jugadores, las tarjetas amarillas y rojas, ni tecnologías como el VAR. Además, los futbolistas de aquella época estaban lejos de las condiciones actuales en cuanto a entrenamientos, preparación física, medicina deportiva y tácticas.
Como la televisión aún no desempeñaba ningún papel relevante, la radio fue el principal medio de difusión, y los noticieros cinematográficos proyectados en salas de cine permitían ver imágenes días después de los partidos.
Pese a esas limitaciones, el evento tuvo un impacto mediático y unas consecuencias enormes. Fue el primero ejemplo moderno de utilización masiva de un evento deportivo internacional para fines políticos y propagandísticos.
Desde una perspectiva estrictamente deportiva, todo indica que Italia contaba con un equipo muy fuerte dirigido por uno de los grandes innovadores tácticos de su época. El conjunto italiano disponía de futbolistas de gran nivel y se benefició además de la incorporación de varios jugadores nacidos en Argentina y Uruguay, conocidos como “oriundi”, que habían adquirido la nacionalidad italiana.
Sin embargo, tal como ocurriría con el Mundial Argentina 1978, han persistido sospechas sobre presiones políticas e influencia sobre los árbitros por parte del régimen. Algunas decisiones arbitrales favorables a Italia en partidos clave, especialmente frente a España y Austria, alimentaron controversias que Martin aborda.
El mensaje con la Copa del Mundo
Su conclusión al respecto es que, aunque no existe evidencia concluyente de una manipulación sistemática del torneo, la cercanía entre el régimen fascista y la organización del campeonato contribuyó a mantener esas dudas.
En cualquier caso, el campeonato fue una extraordinaria victoria propagandística para el fascismo. Las imágenes de los estadios llenos, la organización eficiente del torneo y, sobre todo, el triunfo de la selección nacional, fueron utilizados para reforzar la legitimidad interna del régimen y mejorar su imagen exterior.
El mensaje era claro: la Italia fascista aparecía como una nación moderna, disciplinada y triunfante. La prensa controlada por el Estado vinculó directamente el éxito futbolístico con el liderazgo de Mussolini.
La experiencia italiana tuvo una influencia considerable en la percepción de los grandes eventos deportivos como herramientas de prestigio internacional.
Los organizadores de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 observaron con atención el éxito propagandístico obtenido por Mussolini. Aunque Berlín había sido designada sede antes del ascenso nazi al poder, Hitler comprendió rápidamente el potencial político de los Juegos.
Competencia ideológica
La espectacular puesta en escena, la movilización de los medios de comunicación, la exaltación nacionalista y la utilización del deporte para proyectar una imagen favorable del régimen, que Leni Riefenstahl proyectó en el documental oficial Olympia (1938), tuvieron importantes precedentes en la Copa Mundial de 1934.
Por ello, el Mundial italiano y los Juegos Olímpicos de Berlín constituyen dos hitos fundamentales en la historia de la instrumentalización política de los grandes acontecimientos deportivos durante el período de entreguerras.
Al otro extremo de Europa, los dirigentes soviéticos también captaron la utilidad de esos eventos. Aunque la Unión Soviética no participó en el Mundial de Futbol de Italia, ni en la Olimpiadas de Berlín, comprendió que el deporte de alto rendimiento podía convertirse en un campo de competencia ideológica tan importante como la industria, la ciencia o la capacidad militar.
En realidad, la utilización política del deporte por parte del régimen soviético comenzó antes de que el fascismo italiano y el nazismo alemán alcanzarán su madurez política. Sin embargo, los éxitos propagandísticos obtenidos por Mussolini y Hitler reforzaron la convicción soviética de que las competiciones deportivas internacionales podrían convertirse en un instrumento extraordinariamente eficaz de legitimación ideológica y prestigio internacional.
La Unión Soviética había mantenido una actitud distante respecto a ese tipo de acontecimientos deportivos, a los que consideraba una institución “burguesa”. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial la situación cambió radicalmente. Sus dirigentes llegaron a la conclusión de que abandonar las competiciones internacionales significaba ceder un importante espacio de influencia a Occidente.
Recuerdo ambivalente
Desde la entrada de la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, y durante la Guerra Fría, los triunfos deportivos pasaron a presentarse como pruebas de la superioridad del socialismo frente al capitalismo. Cada victoria de un atleta soviético era interpretada como una demostración de la eficacia del sistema educativo, sanitario y científico de la URSS, que desarrolló un sistema extraordinariamente sofisticado de identificación de talentos, entrenamiento científico y apoyo estatal a los atletas.
En este aspecto, la experiencia fascista y nazi había mostrado una lección importante: el deporte generaba emociones populares inmediatas y fácilmente comprensibles por audiencias internacionales.
En cuanto a Italia, la Copa del Mundo de 1934 es recordada de forma ambivalente.
Por una parte, sigue siendo reconocida como el primer título mundial obtenido por su selección, antecedente de los triunfos de 1938, 1982 y 2006. Desde el punto de vista deportivo, forma parte del patrimonio futbolístico nacional.
Pero, por otra parte, existe una conciencia ampliamente extendida de que el torneo estuvo estrechamente ligado al régimen fascista. La historiografía moderna y los medios italianos suelen analizar el campeonato dentro del contexto político de la dictadura, evitando presentarlo exclusivamente como una hazaña deportiva. Una combinación de orgullo futbolístico y reflexión crítica sobre el uso político del deporte.
@Pedrobenitezf.

