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Venezuela está esperando a María Corina Machado

 

La dirigente María Corina es como Godot, que nunca llega. La frase la pronuncia un diplomático extranjero un atardecer caluroso de Caracas, pero podría decirla cualquier venezolano. En muchos momentos de la historia del país, pero especialmente ahora. Con la referencia literaria o en versión libre.

En Esperando a Godot, la obra de Samuel Beckett, dos hombres matan el tiempo junto a un árbol esperando a alguien que nunca aparece. En la Venezuela de hoy, Godot podría ser la opositora María Corina Machado, que lleva meses prometiendo que volverá para gobernar el país. Y lo que ocurre mientras tanto lo va cambiando todo. O no.

Venezuela se divide entre los que creen que María Corina Machado va a volver y los que no. Quizá también entre los que quieren que vuelva y los que no. No son necesariamente los mismos.

La popularidad de Machado ronda el 50% en cualquier encuesta, su liderazgo es indiscutible, aunque sí tiene matices. El candidato favorito es el cambio, mantiene un encuestador bajo anonimato. Aquí no hay fidelidad de marca. Ganará cualquiera que represente esa opción. Ahora es María Corina, pero de aquí a que haya elecciones no se sabe. En la sede de su partido, Vente Venezuela, con una quesadilla y un café sobre la mesa, Henry Alviárez discrepa diametralmente. Él ve una mesías. Otra. La fuerza mayor de María Corina ni siquiera es su partido. Es una conexión de otro tipo. Yo diría que hasta de carácter espiritual, asegura.

El fenómeno de Machado tiene algo de contraintuitivo. Su figura genera recelos en la élite económica y en sectores del poder que comparten su rechazo al chavismo, pero que la ven inflexible, poco dialogante y mal rodeada. Al otro lado, su promesa de barrer un régimen de 27 años despierta la esperanza de millones de venezolanos e incluso de subordinados del propio chavismo, que confiesan en secreto que ojalá vuelva pronto para acabar con sus jefes. No puedes obtener lealtad con hambre, afirma a EL PAÍS uno de esos desencantados que lleva casi dos décadas en el aparato chavista.

El avión que partió desde Bogotá llegó puntualmente a Caracas pasadas las dos de la madrugada, pero en la cinta de las maletas, un auxiliar advirtió que los equipajes tardarían unos 40 minutos en salir. Hay que revisarlos, se excusó. La reacción de dos mujeres fue virulenta, una muestra del enfado reprimido del país después de años de corrupción, represión y conflicto. ¡Ladrones! Quieren robarnos en nuestra cara, gritó una. Nos van a plantar droga. Esto es impresentable. ¿Con qué derecho?, farfullaba la otra. Ha sido un proceso de destrucción muy duro. No hemos vivido una guerra civil, pero algo parecido. El país está roto, advierte un actor que habla y escucha al poder. Venezuela está llena de odio, se oye en la sobremesa de un almuerzo en un barrio rico de Caracas.

Tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el pasado 3 de enero, Venezuela espera los próximos pasos. El país está cambiando: se abrió la economía, se alteró el discurso, se acabó el antiimperialismo, se liberaron cientos de presos políticos… Aunque en el poder siguen los mismos.

El plan de tres fases de Washington, que tutela sin disimulo la agenda del Gobierno de Delcy Rodríguez, contemplaba la estabilización, la recuperación y la transición, pero nunca ha dejado claro cuándo serán las elecciones. Donald Trump no parece tener prisa mientras los negocios de los estadounidenses prosperen.

¿Qué puede ofrecer María Corina que no le esté dando Delcy ya?, dice un empresario que no le tiene ninguna simpatía al régimen. Nada. Para Trump es mucho más fácil negociar con un régimen bajo presión. Kevin Whitaker, exjefe de misión de EE UU en Venezuela, se pregunta: ¿Por qué tomar el riesgo de hacer un cambio tan brusco como impulsar la democracia, cuando la democracia es un riesgo?. En una entrevista con el medio digital venezolano La Gran Aldea, el exembajador afirmó: Para Washington, Delcy Rodríguez es cien veces más predecible que María Corina Machado.

Venezuela supera el millón de barriles diarios de producción petrolera, pero el dinero sigue sin llegar a los hogares. Quieres aumentar salarios, no puedes. Quieres aumentar los recursos de las regiones, no puedes, admite una fuente del chavismo con acceso al Gobierno. Tras la invasión de Irak, Estados Unidos controlaba las finanzas, le bajaba una gotita de cada litro de dinero y se quedaba con todo el resto. Aquí está pasando lo mismo, reclama.

La asimetría sigue siendo brutal y, mientras los restaurantes de moda de Caracas se llenan, en el interior del país la vida se apaga —literalmente— a las siete de la tarde. El posicionamiento de Delcy es insostenible si no hay un impacto económico, concede la misma fuente. Quedan al menos ocho meses, calcula otra fuente cercana a Miraflores, para que la mejora empiece a notarse en la calle.

La garúa se ha convertido en tormenta en cuestión de minutos, como ocurre cada tarde cuando llega la temporada de lluvias. Bajo los puentes de la autopista, se repite un ritual muy caraqueño: los motoristas se apelotonan bajo la estructura a esperar a que escampe. Entre la gente empapada, está Ricardo Lizcano, de 21 años, que carga una bolsa negra de delivery que le ocupa toda la espalda. Lleva desde las ocho de la mañana en la calle. En los buenos días gana 20 dólares. En los malos, 5 o 10. Vivo del día a día, dice. A veces de un golpe de suerte.

Lizcano quiso ser jugador de béisbol profesional, pero sus padres no podían seguir apoyándole. Ahora es el hombre de la casa. Desde el 3 de enero la situación está igual. Ya estamos acostumbrados a resolver. Le da igual que sea María Corina u otro quien gane las elecciones. Solo quiere que el país mejore. Pienso en mi hermano de cinco años, que pueda disfrutar de cosas que yo sí tuve. Él no sabe lo que es un viaje familiar. Lo más lejos que ha ido es a la playa de La Guaira o a un McDonald’s. En diciembre el niño pidió una PlayStation 5. Lizcano le regaló un juguete de Patrulla Canina. La lluvia se calma, agarra su moto y se marcha.

En este impasse, el enfado crece en sectores de la sociedad venezolana que esperaban que la presencia de Washington empujase también cambios institucionales. Se puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo, defiende el diputado Henrique Capriles, dos veces candidato presidencial. No se trata de nombrar simplemente un nuevo Tribunal Supremo y un nuevo Consejo Nacional Electoral, sino que es fundamental quiénes lo van a integrar. Sin instituciones no hay posibilidad de éxito en el plan. El diputado Antonio Ecarri también advierte: Corremos el riesgo de que la apertura económica no venga acompañada de una apertura política.

El entusiasmo inicial de Estados Unidos con el experimento venezolano también empieza a chocar contra la realidad. Lo único que Washington tiene para mostrar en su política exterior es Venezuela, y su incursión está siendo menos exitosa de lo que esperaba. Más allá del negocio, muchos nos preguntamos cuál es el plan. ¡No hay!, dice una fuente del sector financiero.

Hay una enorme diferencia entre las expectativas que se creó la gente y los resultados obtenidos, constata Carlos Fernández, expresidente de Fedecámaras, la principal institución que agrupa a los empresarios del país. Fernández cita al dictador Antonio Guzmán Blanco, quien decía que Venezuela es como un cuero seco: si lo pisas por un lado, se levanta por el otro. El plan de Estados Unidos puede estar bien hecho, pero está diseñado en una hoja de papel y no sobre un cuero seco. Necesitan profundizar más para entender la complejidad del país. Como en Alicia en el país de las maravillas —añade— no importa qué camino tomo si no sé para dónde voy.

Los más optimistas creen que las elecciones podrían ser el año que viene; los menos no las ven antes de 2028. Hay quien piensa incluso en el 2030. El calendario lo marcará la política interna estadounidense más que la venezolana.

El tiempo juega a favor de Delcy Rodríguez, su hermano y escudero Jorge y Diosdado Cabello, los tres dirigentes que gobiernan el país. La cúpula chavista trabaja para sobrevivir y, a ser posible, ganar. Y eso incluye torpedear las aspiraciones de Machado, entre otras formas impulsando liderazgos alternativos que puedan competirle. El principal problema de la oposición es que siempre hace promesas concretas que no es capaz de cumplir, dice alguien cercano a esa cúpula.

Tras más de un año en la clandestinidad, Machado abandonó Venezuela en diciembre para recoger el Nobel de la Paz en Oslo y desde entonces no ha regresado. Sus allegados dicen que está al caer. Llevan meses diciendo que será en las próximas semanas. La última fecha que circula es septiembre. Voy a regresar muy pronto, anunció la opositora en Oslo el pasado 2 de junio.

El plan de Machado es volver con el beneplácito de Washington y como actor político fundamental. Lleva meses trabajando para eso e intentando ganarse el favor de Trump, a quien obsequió con su premio Nobel. Este sábado, tras la operación conjunta entre Estados Unidos y Venezuela en la que mataron al líder del Tren de Aragua, la opositora agradeció los hitos inalcanzables del país al republicano. Y reconoció que Venezuela avanza en la recuperación de las libertades ciudadanas fundamentales.

Veo más factible la llegada de María Corina que la permanencia de Diosdado Cabello, afirma Henry Alviárez, dirigente de Vente Venezuela, el partido de la opositora. Su regreso, según él, no depende solo de que el régimen ceda y Trump empuje: si las negociaciones se estancan, si Washington pierde el foco, si los plazos se alargan demasiado, Machado puede volver sin garantías y forzar desde dentro la aceleración del proceso.

Alviárez cree que su retorno irá ligado al nombramiento de un nuevo Consejo Nacional Electoral, la señal concreta de que el chavismo está dispuesto a abrir una ruta electoral. Él proyecta esa reforma en torno a agosto o septiembre. Fuentes más cercanas al Gobierno hablan de final de año.

El 28 de mayo, ante una sala llena de fotógrafos y con las banderas venezolana y panameña a su espalda, María Corina Machado se sentó al centro de una larga mesa junto a los principales líderes de la oposición venezolana para firmar el llamado Manifiesto de Panamá y escenificar unión. El documento reconocía públicamente que no hay salida sin negociar con el chavismo. Machado, que convirtió la inflexibilidad en marca política, quedó designada conductora de esa negociación. Diosdado Cabello ya ha dicho que no va a ocurrir. Menos con ella. También dijo que no negociaría nunca con los gringos y mira, apunta Alviárez.

Desde Madrid, Edmundo González, que venció las elecciones del 2024 en las que Maduro se autoproclamó ganador, pronunciaba una frase que no llegó a transmitir del todo la nueva etapa que se abría: El mandato del 28 de julio [de 2024] es de Venezuela, soy su custodio, no su dueño. La declaración era una renuncia. Quizá no fue lo suficientemente claro, reconoce Alviárez.

El estado real de la negociación es más frágil de lo que sugiere el optimismo de Panamá. No va a haber negociación y todo va a tomar más tiempo del que todo el mundo se imagina, dice uno de los analistas más conectados con la vida política de Caracas. Para que el chavismo acepte una elección, hay que hacer cambios que supongan que perder no sea trágico y ganar no suponga mantener el poder permanentemente. Todos van a tener que renunciar a algo importante. Y no veo esa renuncia.

En Esperando a Godot, al final de cada acto llega un niño con el mismo mensaje: esta noche no viene, pero mañana sin falta. Venezuela lleva meses —años, en realidad— recibiendo ese mismo mensaje. Hay quienes le ponen nombre y cara a ese personaje que nunca llega, aunque lo que los venezolanos esperan de verdad es que algo, por fin, cambie. Lo que nadie sabe es qué país se va a encontrar Godot cuando llegue.

El País de España

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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