León XIV ha abierto una urgente reflexión en el mundo. Plantea cuáles son los límites del poder, una discusión que penetra en la medula de nuestras angustias, viviendo en un país en el cual amanecemos en plena confusión. “Yo no sé mañana”, como dice la canción de Luis Enrique.
Comienza por la ciencia y la tecnología, aclarando de forma contundente “¿cómo preservar la centralidad de la persona humana en un mundo donde la tecnología adquiere una influencia cada vez mayor sobre nuestras decisiones, relaciones y formas de organización social? Plantea algo imprescindible de comprender: quienes definen el rumbo tecnológico son portadores de visiones propias y particulares del mundo.
Aborda un tema que para los venezolanos hoy es vital: ¿cuáles son los límites de la política? Los límites de la política, según el Papa León XIV, están definidos por la primacía de la dignidad humana, la búsqueda del bien común y los marcos éticos ineludibles. En su magisterio, especialmente en su primera encíclica Magnifica humanitas, el pontífice establece fronteras claras frente al poder y los abusos. El documento establece una guía moral frente a la era digital y la Inteligencia Artificial (IA), advirtiendo que el avance tecnológico nunca debe subordinar la dignidad humana, la conciencia o la ecología al poder y al algoritmo”
1. La dignidad humana como límite absoluto
Toda acción política y legislación debe respetar el valor intrínseco de cada persona desde su concepción hasta su fin natural. Ninguna ley puede considerarse justa si discrimina por motivos de origen, religión, sexo o condición social y económica.
2. El bien común, no los intereses partidistas
El límite del ejercicio del poder es el bien común, entendido no como la mera suma de intereses particulares o ideológicos, sino como el conjunto de condiciones sociales que permiten el desarrollo integral de todos los ciudadanos. El Papa rechaza que la política se reduzca a una “descalificación permanente del adversario” o a una polarización.
3. La sujeción a la ley moral y la ley natural
La política no tiene poder absoluto ni autoridad para redefinir principios fundamentales como la vida, la verdad y la justicia. La ética está por encima de la técnica y la política, por lo que el uso del poder debe ser un servicio humilde a la sociedad y no una búsqueda de dominio o lucro.
4. El respeto a la libertad religiosa
El orden temporal y el Estado tienen su propia autonomía legítima, pero el límite de la política es el respeto a la dimensión espiritual del ser humano, garantizando la libertad de conciencia y pensamiento sin hostilidad hacia el hecho religioso.
La visión de las leyes que nos gobiernan deben ser incompatibles con el mal: una ley humana nunca puede ordenar lo que está prohibido por la ley divina. Si un legislador promulga una norma que atenta contra la moral o la religión, esa norma pierde su carácter de ley y se convierte en un acto de fuerza.
La justicia como requisito: el mero consenso democrático o la aprobación formal de una cámara no validan una ley. Su límite ético radica en promover la virtud y el bien común, y su fin no es otro que ayudar a los ciudadanos a vivir según la justicia.
Derechos anteriores al Estado: existen derechos naturales, como el derecho a la propiedad privada y el matrimonio, que son previos a la sociedad civil. El límite del legislador aquí es claro: no puede abolirlos, sino únicamente moderar su ejercicio y armonizarlos con el bien común. “Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona”.
Medidas económicas tampoco son suficientes, aunque imprescindibles, como bien expresa Roberto Smith: “La dolarización no es una varita mágica. Eliminar el déficit fiscal, no es una varita mágica. Privatizar la economía, no es una varita mágica Promover una inversión masiva en petróleo, energía, turismo, agricultura y servicios, no es una varita mágica. Reducir la inmensa burocracia estatal, no es una varita mágica”.
No hay varitas mágicas, eso lo hemos aprendido durante los últimos 25 años del chavismo, la gente confiaba en que el esfuerzo humano podía ser sustituido por una especie de paternalismo protector. La realidad ha sido amarga, hoy quizás uno de los fetiches más odiados por los sectores populares son las Bolsas Clap, un símbolo de la humillación colectiva que niega la fuerza y la voluntad humana de producir, de crecer en la búsqueda de su bienestar. Hoy afortunadamente Latinoamérica despierta ante el fantasma populista y se devuelve a mirarse a sí mismo, descartando los gobiernos que les piden dejar de lado su capacidad creativa y sentarse a depender de una falsa benevolencia como disfraz de la corrupción y del desprecio de la dignidad humana.
Chile, Ecuador, Paraguay despiertan y toman un nuevo camino, esperamos que lo mismo ocurra en Colombia y Perú, y que Brasil y México no se demoren mucho tiempo. Hemos tardado en encontrar el camino, valorarnos a nosotros mismos, insuflarnos de lo que significa la voluntad humana como la fuerza más poderosa de nuestro planeta, más que la tecnología deshumanizada, el hielo de la macroeconomía, la fuerza brutal de las armas y la anulación de la dignidad para vivir respetándonos a nosotros mismos.
Ningún sistema computacional, por sofisticado que sea, puede crear un corazón que se entrega o una conciencia que discierna el bien del mal. Incluso cuando las máquinas superan en eficiencia, el rostro humano. Nadie puede arrodillarse frente al señor y despreciar al hermano, León XIV.

