Nada hay tan hermoso y legítimo como actuar bien y debidamente como hombre, ni ciencia tan ardua como saber vivir esta vida bien y naturalmente. Michel de Montaigne.
Chávez al comienzo de su gestión, siguiendo las tesis de Ceresole, buscó vincularse directamente con el pueblo, por encima de ministros, gobernadores y alcaldes, a quienes después acusó de ineptitud e ineficiencia. También hizo lo mismo con los miembros de las fuerzas armadas, saltándose las jerarquías de mando, en una típica relación diádica. Hasta que empezaron los reclamos airados de los primeros y se les pusieron respondones algunos de los segundos.
El líder que se mantuvo en el poder hasta su muerte, creó sus camarillas de venezolanos, cubanos, chinos, rusos, Iraníes y otros más de baja calaña, seducidos por el poder, y quienes crearon fuertes lazos con él cuya relación se caracterizó por un “ grado elevado de confianza, intercambio, lealtad e influencia mutuos”. Son los que siempre han tenido asiento debajo de los toldos, en las primeras filas; obligación de aplaudir y licencia para robar, enjuiciar, trampear, perseguir, injuriar y matar. Son los que cumplen disciplinadamente con el lema “dentro de la revolución, todo. Fuera de la revolución nada.”
Esto da lugar a la otra categoría de seguidores, que es la de los excluidos. Fanáticos del régimen que no tienen lazos sociales con los líderes y su relación está dirigida a cumplir con su tarea. Son los que aparecen fuera de los toldos, parados y molestando con sus papelitos y gritos.
En la vinculación diádica, “el líder concede favores a los integrantes de la camarilla a cambio de su lealtad, compromiso y producción por encima del promedio”. En este caso medido en términos de halagos, genuflexión, obediencia y adulación. Los seguidores excluidos “solo tienen que cumplir con los requisitos de su función formal y sujetarse a la dirección del líder.” Sin chistar, sin reclamar, calladamente, pendejamente.
Son falsos revolucionarios que no terminan de entender que su período vital es apenas un vuelo rasante en este mundo, pero la vanidad nos hace pensar que las circunstancias afortunadas de la vida nos colocan por encima de los dioses. En su confusión no hacen más que exclamar como Goethe: “Yo que un dia favorito de los dioses fuera, me he perdido a mi mismo y al universo. Pues me enviaron a Pandora como prueba, rica en dones y aún más rica en riesgos. Hacia sus labios dadivosos me impelieron, y al separarme de ellos, me destruyeron”.
Quisiera que Nietzsche no tuviera razón, pero creo que nunca tuvo mejor expresión para identificar los tiempos que vivimos cuando expresó “Santificar una mentira y engañar con buena conciencia es la labor necesaria del arte, porque una concepción errónea de la vida es necesaria para la vida, mientras que la idea acertada de la vida simplemente acelera la muerte.”
No quiero ser trágico pero a mi también me angustia el sombrío silencio y el quietismo que a veces cubre a la universidad, sobre todo en momentos que peligra aterradoramente su propia esencia y que no tenga quien la defienda a pesar de que se usufructúan de ella. Los universitarios también tenemos que interpelarnos porque en los momentos más aciagos de la vida del país ha permanecido muda e impasible. La sociedad venezolana, en ocasiones, ha tenido que luchar por la libertad y la democracia sin el concurso de la inteligencia universitaria. Ha pesado mucho su silencio y su quietismo, cómo ahora. Confiemos en que la universidad no ha perdido el miedo a ser libre y contestataria porque como dice Savater, ser libre implica equivocarse y aún hacerse daño a sí mismo al usar la libertad: si por ser libres jamás puede pasarnos nada malo o desagradable. . .es que no lo somos.
¡No seamos tampoco falsos revolucionarios!
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