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Jaime Rubio Hancock: Deberíamos estar todos muertos

 

Según una tuitera, yo debería haber muerto el 31 de mayo, igual que otros siete mil millones de personas. El mensaje es del 10 de febrero, pero por suerte no lo vi hasta hace unos días porque menudos cuatro meses más malos habría pasado. La tuitera, @maryaamss_, advertía de que las personas vacunadas de Covid no llegaríamos a junio. Y daba una fuente: “La BBC lo ha confirmado”.

Por supuesto, la BBC no había confirmado nada, pero algunos se guardaron el tuit y llevan unos días contestando con choteo a este perfil que escribe mensajes por lo demás inofensivos. En las respuestas, un médico británico recordaba que estas amenazas de muertes en masa por culpa de la vacuna nos acompañan desde la pandemia. Como no nos morimos, la fecha del apocalipsis se va desplazando hacia el futuro y al final nos moriremos todos, pero de viejos o de otra cosa, y si queda algún conspiranoico aún se atreverá a soltar un “os lo dije”.

Esa frase tan tuitera de “dato mata relato” no es cierta ni de lejos. Si nos queremos creer un relato, le encontramos explicación a cualquier dato que nos pongan delante. Porque datos sobre las vacunas tenemos muchos, comenzando por los estudios que prueban que han servido para prevenir contagios y evitar muertes, y siguiendo con la constatación de que casi todas las personas que tenemos cerca se han vacunado y siguen tan tranquilas.

Recordemos otro fin del mundo a modo de ejemplo: según los cálculos del estadounidense William Miller, la mañana del 22 de octubre de 1844 sería el día de la segunda venida de Cristo y, por tanto, del juicio final. Pero el 23 de octubre se dieron cuenta de que Cristo tenía otros planes. La mayoría renunció a las creencias de Miller, pero algunos se negaron a admitir el error y prefirieron justificarse con la idea de que esa era la fecha en la que Jesucristo había comenzado a juzgarnos. Así fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que en la actualidad cuenta con más de 20 millones de miembros que creen que el fin está (más o menos) cerca.

El mundo tampoco terminó el 21 de diciembre de 1954, que es la fecha que anunció Marian Keech para una catástrofe mundial de la que se salvaría su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave espacial. El psicólogo Leon Festinger decidió seguir a este grupo y el 22 de diciembre constató un comportamiento similar al de los adventistas: los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta en platillo volante, aumentaron su fe en raptos futuros.

Festinger inició así los estudios sobre la disonancia cognitiva: cuanto más nos comprometemos con una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro error. Hacemos toda clase de malabares mentales para rechazar los datos que nos contradicen o para reducirlos a excepciones y mentiras.

La disonancia cognitiva no es algo que pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: nos afecta a todos y nos afecta todos los días. Siempre tenemos excusas a mano para justificar nuestro comportamiento, ya sea encender otro cigarrillo o tirar un papel al suelo.

Y en política la cosa es terrible. Un estudio publicado el pasado marzo en el Journal of Social and Political Psychology muestra que tendemos a rechazar o a intentar explicar las acusaciones de corrupción dirigidas a políticos que apoyamos, asegurando que son mentiras, que no tienen importancia o que todos los políticos son iguales. El estudio se hizo con seguidores de Trump. Sí, sé que Trump nos parece a todos un caso especial, y lo es, pero nosotros no lo somos y por eso caemos en estas actitudes y excusamos los errores de los nuestros con alegría mientras condenamos los ajenos sin dificultad.

Esto no quiere decir que debamos creernos toda la información que nos llega. Pero sí debemos recordar que es muy fácil reírnos de los conspiranoicos y de los trumpistas, pero bastante más difícil ser críticos con nosotros mismos y tener presente que todos estamos a un paso de ponernos un gorro de papel de plata en la cabeza.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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