La verdad los hará libres (Jn 8,32), frase lapidaria de Jesucristo.
Con respecto a la verdad, conviene recordar varias de sus significaciones:
1. Concordancia de lo que se dice con la realidad de las cosas, como cuando expreso “llueve” y está lloviendo.
2. Correspondencia de lo que se afirma con lo que se piensa, lo contrario es la mentira.
3. Acuerdo de la cosa con su denominación, como cuando se recalca que una joya es oro de verdad. Tenemos entonces un triple sentido de verdad: lógico, ético y ontológico. En la ordinaria comunicación no es raro combinarlos. La citada frase del Señor envuelve esos distintos significados, así como los envolvieron la tentación y el pecado originales de que habla el Génesis (3). Jesús, por cierto, calificó al demonio como padre de mentira (Jn 8,44 ).
Lo anterior nos enseña que la consistencia de una sociedad y el bien de la humanidad han de tener como norte la verdad. Las faltas contra esta, y particularmente la mentira, que algunas veces toma la forma de cinismo, es fuente de opresiones y esclavitudes.
El binomio verdad-libertad tiene una aplicación inmediata en la relación democracia-verdad. Resulta muy oportuna la enseñanza del Papá León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas: “La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo” (MH 134).
Factor sobresaliente en el desastre nacional ha sido la ausencia de la verdad, particularmente en su sentido ético. De modo especial con el cinismo del así llamado Socialismo del siglo XXI, pero también con un pragmatismo empobrecedor en los años precedentes. Resulta indispensable para una reconstrucción del país reeducar en materia de transparencia, coherencia, sinceridad y otras virtudes fundamentales. Ejemplos patentes de faltas contra la verdad han sido la Constitución reducida a pura letra, la imposición ideológica con la hegemonía comunicacional, la disfrazada exhibición de graves violaciones de derechos humanos. Podrían añadirse las falsas promesas y la distorsión de los resultados electorales.
La inteligencia y la voluntad, facultades fundamentales del espíritu humano, no se dan en el peregrinar histórico en estado puro por razones antropológicas e históricas (pensemos en los condicionamientos de la corporeidad terrena y en la congénita concupiscencia). Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen amenazas permanentes.
La convivencia democrática, tejido de decisiones económicas, políticas y culturales, es obra de humanos concretos, ciudadanos limitados en su entender y expuestos en su decidir. “Veo y apruebo lo mejor, pero sigo lo peor”, es una sentencia que un antiguo tocayo romano plasmó en Las metamorfosis. Una visión cristiana enriquece lo que en este campo se puede decir y se debe realizar en perspectiva humanista. Sinceridad, rectitud, humildad y servicio son, entre otras, virtudes de los ciudadanos que quieren construir el bien común y el futuro deseable de la polis, como “nueva sociedad, civilización del amor”.
Una educación ciudadana es indispensable para una genuina democracia. La política exige discreción, reserva, sinceridad, comportamientos que exigen la marginación de la mentira y, mucho más, del cinismo. La formación cívica ha de favorecer un espíritu crítico y un gran aprecio a la libertad, la justicia y la fraternidad.
La democracia es una planta muy delicada que es preciso cuidar, porque no tiene seguro de vida. Se deteriora con la falsedad y la inautenticidad de los gobernantes, así como con el escepticismo e indiferencia de los ciudadanos. La primera escuela de la verdad es la familia, la cual en Venezuela es sumamente frágil. Es preciso recuperar y fortalecer el valor y la dignidad de la política, considerada, lamentablemente por no pocos, como ámbito de egoísta promoción e hipocresía.
Una sociedad de contextura y vocación democráticas exige una búsqueda esforzada y un incansable cuido de la verdad en su triple sentido. Procurando abrevar y fortalecerse en la fuente divina de la verdad.

