No pasa casi una semana sin que se conozca la noticia de que otra localidad o ciudad estadounidense se opone a la construcción de un centro de datos de IA en su territorio. A los residentes les preocupan el aumento de los costes de la electricidad, el consumo excesivo de agua, la contaminación acústica y otras cargas que sus comunidades tendrán que soportar para mantener estos gigantes que consumen tanta energía.
Dado que la insaciable demanda de potencia de cálculo de la IA está impulsando una frenética oleada de construcción de centros de datos a nivel nacional , la reacción en contra está cobrando impulso rápidamente. Una reciente encuesta de Gallup revela que siete de cada diez estadounidenses se oponen a la construcción de centros de datos de IA en sus comunidades locales. Este año se han presentado cientos de proyectos de ley relacionados en las legislaturas estatales, y los legisladores de al menos 11 estados han propuesto moratorias sobre nuevas construcciones mientras estudian el impacto potencial de los proyectos.
Mientras tanto, los ejecutivos del sector tecnológico advierten de que, si la construcción de centros de datos en Estados Unidos se ve ralentizada por la oposición local y la regulación, China —ayudada por unos costes energéticos más bajos y un entorno regulatorio más permisivo— ganará la carrera por la supremacía en IA. Pero, aunque los promotores chinos se enfrentan a poca resistencia institucional ante este tipo de proyectos, no es en absoluto obvio que la agresiva expansión de China haya dado al país una ventaja decisiva.
En todo caso, la experiencia de China debería servir de advertencia para los países que se apresuran a ampliar su infraestructura de IA. El auge de los centros de datos en China se aceleró en 2022, después de que el organismo de planificación estatal del país lanzara el ambicioso proyecto «Datos en el Este, Computación en el Oeste». La lógica detrás de esta iniciativa parece sencilla: trasladar los recursos informáticos desde las provincias orientales de China, densamente pobladas y donde se concentra la demanda, a las regiones occidentales, donde la tierra y la energía son abundantes y menos costosas. China también ha promovido la informática «verde» al recurrir en gran medida a las energías renovables para alimentar muchas de estas instalaciones.
Pero, aunque la lógica de la planificación centralizada pueda resultar convincente, su implementación se ha topado con una serie de limitaciones prácticas. Muchas de las aplicaciones de IA más valiosas —incluidas la inferencia en tiempo real, los servicios financieros y los chatbots— dependen de una informática de baja latencia, lo que limita el grado en que las cargas de trabajo pueden trasladarse a centros de datos remotos.
El oeste de China cuenta con vastos recursos de energía renovable, pero la energía eólica y solar son intrínsecamente intermitentes, el almacenamiento sigue siendo costoso y la transmisión a larga distancia plantea retos significativos. Sin embargo, los gobiernos locales, ansiosos por hacerse con una parte del auge de la IA, han seguido ofreciendo generosas subvenciones para nuevos proyectos, a menudo sin tener plenamente en cuenta estos cuellos de botella.
El resultado ha sido un creciente desajuste entre la oferta y la demanda, con muchas instalaciones operando muy por debajo de su capacidad. Se estima que las tasas de utilización en algunos centros de datos del oeste son de apenas un 20-30 %, mientras que la demanda de potencia de cálculo sigue concentrada en las provincias costeras densamente pobladas. Contrariamente a la narrativa predominante en Occidente, los abundantes recursos energéticos de China y la rápida construcción de centros de datos no se han traducido en una reducción drástica de los costes de electricidad para las empresas de IA.
Dado el corto ciclo de vida de los chips de IA, la infraestructura no utilizada puede quedar obsoleta con sorprendente rapidez. Incluso las instalaciones infrautilizadas son caras de mantener, y los gobiernos locales también deben hacer frente a los crecientes volúmenes de residuos electrónicos generados por los equipos obsoletos. En respuesta al creciente exceso de capacidad, según se informa, China canceló más de 100 proyectos de centros de datos entre principios de 2024 y mediados de 2025.
Dadas las ineficiencias y distorsiones producidas por este enfoque de arriba abajo, la experiencia de China ofrece varias lecciones valiosas para los responsables políticos y los líderes tecnológicos occidentales.
En primer lugar, los retrasos causados por la oposición local pueden imponer una mayor disciplina, obligando a los promotores a responder a preguntas básicas que, de otro modo, podrían eludir: ¿Quién utilizará esta instalación? ¿Habrá suficiente demanda a largo plazo? ¿Qué ocurre si el proyecto no genera ingresos suficientes para justificar la inversión? Este escrutinio puede ayudar a evitar la formación de una burbuja de infraestructura de IA.
En segundo lugar, la oposición local da voz a los ciudadanos de a pie. Hasta ahora, los estadounidenses han tenido poca influencia sobre cómo se entrenan los sistemas de IA, qué productos se lanzan al mercado o cómo debería automatizarse el trabajo intelectual. Su capacidad para cuestionar los proyectos de centros de datos es una de las pocas formas de influencia que tienen frente a las empresas que impulsan la revolución de la IA.
Por último, pero no por ello menos importante, una implantación más lenta de la IA puede actuar como amortiguador frente a la perturbación social. Las principales empresas de IA están presionando para conseguir una potencia de cálculo cada vez mayor, ya que los menores costes aceleran la adopción. Pero una adopción más rápida también puede acelerar la pérdida de puestos de trabajo y agrandar la desigualdad antes de que las instituciones, los responsables políticos y los trabajadores tengan tiempo de adaptarse. Estados Unidos, que ya se enfrenta a una creciente desigualdad económica, una fragmentación social cada vez mayor y una polarización política cada vez más profunda, necesitará tiempo para absorber un impacto tecnológico de esta magnitud.
Sin duda, el péndulo podría oscilar demasiado, dejando a Estados Unidos sin la capacidad informática que necesita para seguir siendo competitivo. Pero en una sociedad democrática, la capacidad de oponerse a políticas y proyectos que afectan a la propia comunidad empodera a los ciudadanos de a pie. Al hacerlo, se reduce el riesgo de inversiones innecesarias, se limitan los daños medioambientales y se frena el exceso especulativo.
La velocidad de adopción de la IA no debería ser la única medida de la fortaleza de un país. Los estadounidenses deberían poder decidir, de forma abierta y colectiva, qué merece la pena construir, dónde debe construirse y a qué coste.
Profesora de Derecho en la Universidad del Sur de California, es autora de High Wire: How China Regulates Big Tech and Governs Its Economy (Oxford University Press, 2024) y Chinese Antitrust Exceptionalism: How the Rise of China Challenges Global Regulation (Oxford University Press, 2021).

