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María Gabriela Escovar León: El parque de mí vida

 

Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros, y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena…, Canto a mí mismo, Walt Whitman

En esta ciudad en la que habitamos, el Parque del Este pertenece a cada caraqueño, a cada uno de nosotros. Lo guardamos en nuestra memoria colectiva, fragmentos de nuestra vida, infancia, juventud y adultez. Este parque, anclado en el centro de este hermoso Valle de Caracas, forma parte de nuestra vida entera.

Obra cumbre del genio paisajista brasileño Roberto Burle Marx, este espacio fue concebido con una delicada armonía botánica y arquitectónica para ser el gran pulmón vegetal del hermoso valle de la ciudad.

Hoy, sin embargo, vemos cómo este refugio vital languidece ante la mirada indiferente de las autoridades de Inparques, convertido en un fiel y doloroso espejo de la realidad del país.
Pensar en su conservación va mucho más allá del ecologismo tradicional. No se trata solo de proteger la capa verde de la ciudad; es, en esencia, un acto de preservación de nuestra salud mental, de nuestra memoria colectiva y de nuestra identidad.

El espacio más democrático de la ciudad

En una Caracas fragmentada, el Parque del Este sobrevive como el lugar más democrático que nos queda. Es, además, un sitio de encuentro en sus caminerías, idóneo para caminatas, carreras, tertulias literarias, exposiciones al aire libre, deportes, artes marciales, gimnasia o simplemente para disfrutar del frondoso verdor de su vegetación.

Allí, en sus tantas caminerías, no importan las clases sociales, las edades, las creencias u ocupaciones. Es el punto de encuentro vital donde el corredor que cumple décadas de disciplina diaria se cruza con la familia que busca un respiro de fin de semana y donde la fauna silvestre encuentra su última trinchera urbana.

El parque es el Ávila, el Ávila es Caracas y junto a ellos nuestra vida transcurre menos dura, más amable y más humana. Es el ecosistema que mitiga el cambio climático en nuestro valle y nos regala el oxígeno que nos mantiene en pie.

El santuario vegetal

Sin embargo, lo que debió ser un santuario intocable ha sido tratado como un terreno baldío, sujeto a constantes y destructivas improvisaciones. Los árboles, escogidos originalmente con un criterio científico y estético impecable, hoy están enfermos. Llenos de tiña. No hay poda. Talan los árboles sin justificación alguna o los dejan morir por pura falta de interés y de amor. Es un síntoma de la erosión de la sensibilidad ecológica, ambiental.

Al recorrer sus rincones, esos que muchos nos conocemos de memoria, se evidencia que nada se ha salvado del olvido, la indiferencia, la ignorancia.

Es alarmante ver cómo los propios empleados encargados de su custodia desconocen su valor ecológico, patrimonial, ignoran quiénes lo idearon, quiénes lo crearon y con qué sentido. Lo peor de todo, es que ignoran que también les pertenece a ellos. Lo desconocen porque jamás han recibido educación ambiental, como bien lo requiere un espacio de la dimensión en que fue concebido ese parque. Es una necesidad instruir a cada individuo que aspire a trabajar allí.

Lo que predomina allí es un reflejo del país. Impera la ignorancia profesional, ambiental, ecológica, estética, artística y ética.

Pero esta crisis que pudiésemos llamar “institucional” es solo una cara de la moneda. Los últimos años parecen haber afectado también la sensibilidad de la gente, deteriorando el amor al país, a cada uno de sus tesoros. Ojalá esté yo equivocada y la realidad es que esa sensibilidad tan venezolana, apenas esté dormida.

Los caraqueños, en alguna medida, compartimos esa responsabilidad, si callamos. Vemos cómo hay usuarios que ensucian las áreas verdes y pasean por las diferentes áreas con absoluta indiferencia al ver su entorno destruido, donde lo que logra sobrevivir no es por la gestión humana, sino gracias a la terca sabiduría de la naturaleza que no se cansa de tratar de enderezar entuertos. Incluso aquellos actores que están “comprometidos” con el mantenimiento de parcelas específicas del parque terminan por ignorar todo lo que grita la madre naturaleza.

El Parque del Este está abandonado, sí, pero no muerto. Es por eso que siempre estamos a tiempo de emprender una campaña por la vida: manos a la obra.

El diagnóstico es este, por lo que el inmovilismo no es una opción. Recuperar este espacio requiere una articulación urgente: el sector público y el sector privado podrían y deberían, quizás, juntarse para salvarlo. La receptividad ante este llamado de atención en las redes sociales demuestra que el sentimiento de pertenencia sigue vivo. Somos muchos los que nos negamos a aceptar el descuido como paisaje permanente y queremos sumarnos a una campaña real de rescate que ampare todos nuestros espacios verdes.

Asumo como un compromiso personalísimo contribuir a que nuestro pulmón vegetal, nuestro cofre de recuerdos y el refugio de nuestra biodiversidad sea recuperado. Este espacio de vida nos pertenece y merece ser rescatado.

No podemos darnos el lujo de perder nuestro Parque del Este, porque cuando dejamos morir nuestros espacios públicos, muere también un pedazo de nuestra humanidad. Ciudadanos, empresa privada y defensores de la ciudad: es hora de pasar de la denuncia a la acción.

¡Manos a la obra!

 

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