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Janneth Jiménez: ¿Hacia dónde vamos?

 

Aquí y Ahora, Venezuela.

Entre promesas, incertidumbres y una economía que no da tregua, el venezolano sigue preguntándose cuánto más puede resistir.

Hay preguntas que se repiten en Venezuela con la misma frecuencia con la que cambian los precios. Preguntas que nacen en una cola, en una parada de autobús, en una conversación familiar o en el silencio de quien hace cuentas frente a un mercado cada vez más costoso.

¿Hacia dónde vamos?

Es una interrogante sencilla, pero encierra buena parte de la angustia que vive hoy el país.

Mientras la realidad cotidiana golpea con fuerza a millones de venezolanos, pareciera que las prioridades nacionales transitan por caminos paralelos. Por un lado, observamos campañas para posicionar internacionalmente nuestros destinos turísticos y promocionar las bondades naturales de Venezuela. Nadie puede negar la majestuosidad del Salto Ángel, la belleza de Margarita o el inmenso potencial turístico del Amazonas. Venezuela ha sido postulada a importantes reconocimientos internacionales en materia de turismo y promoción de destinos.

Sin embargo, muchos ciudadanos se preguntan si esos esfuerzos terminan generando beneficios tangibles para las comunidades o si existen otras iniciativas culturales capaces de involucrar de forma más directa a ciudades, municipios y regiones enteras. La cultura, cuando se convierte en herramienta de desarrollo, tiene la capacidad de movilizar economías locales, fortalecer identidades y abrir oportunidades para miles de personas.

Pero mientras estos debates ocurren, el venezolano común enfrenta preocupaciones mucho más inmediatas.

El costo de la vida continúa aumentando. El dólar sigue marcando el ritmo de una economía donde los salarios corren detrás de los precios sin lograr alcanzarlos. Cada incremento impacta directamente en el acceso a los alimentos, a los medicamentos, a los servicios y al transporte. Para muchas familias, trasladarse diariamente representa un gasto cada vez más difícil de sostener.

Hay quienes comienzan a caminar más para ahorrar. Hay quienes eliminan gastos esenciales. Hay quienes simplemente dejan de comprar aquello que hace apenas unos meses parecía indispensable.

Y mientras tanto, el país sigue esperando definiciones políticas.

Se habla de transición. Se habla de acuerdos. Se habla de procesos electorales que para muchos venezolanos lucen cada vez más lejanos. Se anuncian escenarios futuros, se firman compromisos de largo plazo y se construyen narrativas sobre el mañana, mientras gran parte de la población continúa sin respuestas claras sobre el presente. Diversos analistas han señalado que Venezuela atraviesa un período de reacomodo político en el que persisten interrogantes sobre el rumbo institucional y democrático del país.

Quizás donde esta incertidumbre resulta más dolorosa es en nuestros jóvenes.

Miles de bachilleres están culminando una etapa fundamental de sus vidas. Debería ser tiempo de sueños, de proyectos y de oportunidades. Sin embargo, para muchos de ellos la gran pregunta no es qué carrera estudiar, sino si podrán quedarse en Venezuela o si tendrán que buscar futuro en otro lugar.

Una vez más, una generación entera se encuentra frente al dilema que ha marcado a tantos venezolanos durante los últimos años: quedarse para resistir o partir para intentar construir un futuro distinto.

Y como si todo esto no fuera suficiente, las noticias relacionadas con la presencia e influencia de actores extranjeros, los movimientos militares, los acuerdos internacionales y las disputas geopolíticas generan nuevas inquietudes en una población que ya carga demasiadas incertidumbres sobre sus hombros. En medio de versiones, desmentidos y especulaciones, la ciudadanía sigue esperando información clara y transparente sobre asuntos que afectan directamente la soberanía y el futuro nacional.

Lo más preocupante no es únicamente la crisis económica. Tampoco la política. Lo verdaderamente alarmante es el desgaste emocional que produce vivir permanentemente en la incertidumbre.

Un país no puede construir esperanza cuando sus ciudadanos sienten que cada día deben sobrevivir a una nueva dificultad. No puede pedir confianza cuando las respuestas llegan tarde o nunca llegan. No puede aspirar a un futuro sólido cuando millones de personas han dejado de hacer planes porque el presente consume todas sus energías.

Por eso la pregunta sigue allí.

¿Hacia dónde vamos?

 

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