Si algo debemos tener presente los venezolanos es que el régimen que ha sembrado de miseria al país por casi tres décadas es una especie de Leviatán transmutado. A la luz de la realidad política actual, el aparato de control de un Estado autoritario y poderoso no ha sucumbido con la extracción de su antigua cabeza visible el pasado 3 de enero del 2026. Solo ha cambiado de rostro. Es un monstruo que se adapta a las circunstancias para sobrevivir políticamente.
Hablamos del Leviatán para referirnos a la célebre obra de Thomas Hobbes, publicada en 1651, donde el Estado adquiere forma de un grandioso y temible monstruo marino, mediante un pacto social, que centraliza el poder y castiga toda disidencia para preservar el orden interno ante los desafueros del género humano. Salvando las distancias históricas con el pensador inglés, el régimen vigente en Venezuela se convirtió en una maquinaria hegemónica que absorbe todas las competencias, controla los poderes públicos (Asamblea Nacional, Tribunal Supremo de Justicia, CNE, Fiscalía General, entre otros), invade los espacios de la vida ciudadana y usa la fuerza para disolver la disidencia.
La nueva cara del Leviatán en Venezuela es pragmática. Todo el mundo sabe quién es. Se adapta a las nuevas circunstancias impuestas por el tutelaje de Trump. Sabe que debe hacerlo y cacarear una narrativa que ni ella misma cree para no sucumbir políticamente. Pero ha dejado intactos diversos indicadores de un régimen autoritario, tales como poder gubernamental ilimitado, ausencia de justicia imparcial, restricción de libertades públicas, hegemonía comunicacional, persecución de activistas de Derechos Humanos, intervención excesiva de la economía, incapacidad para proveer servicios públicos y galopante corrupción administrativa.
Hoy este Leviatán reconfigurado, capaz de adaptarse y mutarse a conveniencia, genera un escenario de alta incertidumbre en la angustiada población que cada día se empobrece en sus condiciones de vida. El Leviatán mutado negocia con el Tío Sam aperturas petroleras, flexibilidad de sanciones y concesiones internacionales, pero mantiene intacto el poder desde la arquitectura y usando la represión como herramienta coercitiva. Para reforzar su estrategia ofrece prebendas a diversos actores para dispersar a la oposición.
Mientras un amplio sector de las fuerzas democráticas con la sociedad civil empujan por una ruta a elecciones verdaderamente libres y competentes, factores internos del régimen, como los llamados “colectivos” y otras facciones armadas, tratan de medir fuerzas para obstaculizar cualquier avance transicional. Por otro lado, hay una fuerte presión de la ciudadanía y los gremios exigiendo mejoras salariales. La aguda crisis económica ha aumentado el malestar popular que amenaza con crear una implosión social después de muchos años de régimen autoritario.
La estrategia del régimen está bien preconcebida: readaptarse y aguantar al máximo. Necesita ganar tiempo y jugar con la política interna de los Estados Unidos. Esto hace que el panorama político se vuelva incierto. Las fuerzas opositoras tienen el desafío de cohesionarse internamente, hablar entre sí y enfocarse en una estrategia consensuada que presione a los protagonistas del tutelaje gringo y evitar que la transición sea ejercida exclusivamente por la Casa Blanca. Eso va a depender de un liderazgo con fuerte arraigo popular, visionario e incluyente. Pues, para derrotar al Leviatán reconfigurado en Venezuela es indispensable el esfuerzo y la unidad de todos.

