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Gustavo Roosen: Carlos Rangel y la vigencia de su pensamiento

 

Hay libros que exigen más de una lectura y que ofrecen más de un nuevo descubrimiento. Es el caso de la obra de Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, editada hace medio siglo. Más de un centro de pensamiento, en Venezuela y en otros países, se han encargado de recordárnosla en estos meses. El Papel Literario de El Nacional le ha dedicado recientemente una edición especial.

Carlos Rangel Y Sofía Imber

Ocuparse del libro más difundido de Rangel no es solo constatar que los temas tratados allí mantienen plenamente su vigencia, sino que convocan a pensar nuestra realidad en tiempo presente. Así lo intenta, por ejemplo, Francisco Santos con una entrevista imaginaria en la que interpreta a un Carlos Rangel alertándonos contra la tendencia a la evasión de responsabilidades o a la atribución a otros de la culpa de nuestros males; o cuando, ubicándole en el presente, le hace decir que la figura del buen revolucionario estaría expresada hoy por la del buen populista. Álvaro Vargas Llosa, por su parte, ve en los escritos de Rangel un adelanto a consideraciones sobre el peso para nuestras sociedades tanto del mito como de la utopía, de los espejismos y de la visión anclada en el pasado, tan presentes en nuestro tiempo bajo las figuras de populismos, nacionalismos o autoritarismos.

Marcel Granier recuerda la advertencia, implícita en el libro de Rangel y tantas veces desoída, sobre la necesidad de buscar y defender la verdad, de valorar la responsabilidad, tanto la personal como la institucional, de renunciar al victimismo, de abandonar las explicaciones cómodas y de asumir la complejidad de una sociedad libre. “No nos pidió fe, nos pidió madurez” dice para poner el acento en los valores del realismo, la racionalidad, el buen juicio, factores que Miguel Ángel Martínez Meuci recoge en esta frase de Rangel: “La libertad y sus mejores frutos no son posibles si no se atiende a los hechos ni se asumen responsabilidades

La lectura de la obra de Rangel conduce inevitablemente a los temas de libertad y dependencia. La visión del presente mostraría, repetidos y potenciados, los tradicionales y nuevos riesgos para la libertad y la afirmación de nuevos modelos de dependencia. El sistema de control de las grandes potencias explicaría el alineamiento de los países con los centros de poder, la abdicación de la propia responsabilidad bajo la forma de sumisión, el control del Estado sobre el ciudadano a partir de su estado de la necesidad. Los nuevos e insospechados alcances de la tecnología reforzarían, en otro ámbito, los cuadros de control sobre la vida, el pensamiento, la institucionalidad, la libertad misma.

Un acercamiento a la vigencia del pensamiento de Rangel no puede sino reforzar la necesidad de superar las visiones románticas o nostálgicas, presentes o del pasado, y reemplazarlas por una perspectiva realista y creadora. Vive en sus líneas el llamado a recuperar la condición de ciudadano como actor, con derechos y responsabilidades, capaz de decisiones, defensor de las libertades, de la participación ciudadana, de los derechos de expresión y de organización.

Uno de los méritos observados por Jean François Revel en el prólogo para la obra de Rangel es su esfuerzo por disipar descripciones falsificadoras de la verdad, excusas complacientes y mitos ideológicos utilizados para tratar de explicar el atraso y el subdesarrollo. Muchos gobiernos y élites utilizan la explotación política e ideológica de las desigualdades de manera provechosa, en lugar de corregirlas, explica Ravel.

La obra de Rangel sigue siendo clave para entender por qué unas naciones prosperan mientras otras quedan atrapadas en ciclos de mesianismo y crisis económica. Sigue siendo válido su llamamiento a superar mitos como el victimismo y la búsqueda de liderazgos mesiánicos que continúan alimentando los populismos de nuestros días. En contraste, son un llamado a la responsabilidad colectiva, a la actitud creadora que se afirma en el talento y el trabajo, que alimenta la conciencia de país, que asume como un compromiso la defensa de las libertades, del diálogo y de la convivencia.

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