Es evidente, para quien lo quiera ver y reconocer, que los principales actores de la política venezolana desarrollan sus estrategias pendientes, con el ojo puesto en la “mirada del Otro”, es decir, de Trump. En otras palabras, todos, desde lo que queda de chavismo, la dictadura tutelada, la Machado y hasta Enrique Márquez, pretenden, al menos, no despertar su mal humor, sus denuestos e insultos, fácilmente convertibles en bombas, misiles o, al menos, ataques cibernéticos. Esta es la consecuencia directa del 3 de enero, como hemos repasado una y otra vez desde entonces. Las consecuencias históricas, por supuesto, van más allá. Se hallan en la nueva doctrina de seguridad hemisférica, según la cual todo el continente debe someterse a Washington y algunos países ya están en las fronteras interiores de la “gran Norteamérica”. Los resultados electorales en Perú y Colombia también apuntan a eso.
Alguien dijo alguna vez “no somos suizos” para oponerse a cualquier reforma democratizante del Estado venezolano, basándose en la tradicional centralización, arbitrariedad, personalismo y patrimonialismo (forma bonita de decir “corrupción”) de los venezolanos. Lo que Briceño Guerrero presentó como la “voz salvaje” de nuestra fragmentada identidad. Hoy cabe decir, a la luz del contraste de las respuestas a la agresión norteamericana, que no somos iraníes, definitivamente no somos shiítas. Y, aunque puede sonar extraño en la letra de un ateo como yo, es una cuestión de religión. O, por lo menos, de filosofía moral y política. Para el propio Rousseau de “El contrato social”, debía existir una “religión civil”, una fe en la Nación, en la República que, para él, no era otra cosa que la “voluntad general” del Pueblo. Pero lo fundamental es que, por esa fe, por esa indestructible convicción, los sujetos estén dispuestos a morir para lograr su dignidad, como lo explica Hegel, otro filósofo, en su dialéctica del Amo y el Esclavo, para señalar la verdad de que el Opresor solo reconocerá la dignidad del oprimido cuando este muestre que está dispuesto a morir por su libertad.
Esto lo han demostrado los iraníes que hoy tienen en jaque al abusivo “boss” norteamericano. En una reciente y tensa comparecencia ante el Congreso, Marco Rubio, el lavadito y planchadito Secretario de Estado, tartamudeó ante la pregunta incisiva de la representante Sara Jacobs de quién había ganado la guerra en Irán si, efectivamente como había dicho el funcionario de Trump, la guerra había terminado. Rubio intentó demostrar que EEUU había triunfado por los grandes daños a la dirigencia iraní, a su infraestructura industrial, su poderío militar y hasta la población en general. La cuestión es, ripostó la parlamentaria, que la teocracia iraní seguía intacta, el estrecho de Ormuz seguía bloqueado, se mantenían los disparos hacia los aliados norteamericanos en la zona y seguía habiendo el impacto en el precio del petróleo y, por tanto, el de la gasolina que consumen los norteamericanos.
Salvando las diferencias, es la misma situación de guerra no terminada y por tanto perdida, que tienen los rusos en Ucrania, y casi que por las mismas causas: la voluntad de morir, incluso, por la Patria. Se dirá que los shiítas iraníes tienen el aliciente de que, al morir, los espera el peculiar Paraíso islámico, con sus bellas huríes. Pero esa oferta para después de la muerte es análoga a la dignidad alcanzada y la gloria de quedar en la memoria de los pueblos como ejemplo de lo excelso.
Pero no somos shiítas, ni nada parecido. Harold Bloom, en un libro muy recomendable sobre “La religión americana”, caracterizaba la espiritualidad norteamericana como una especie de gnosticismo, porque cada estadounidense cree que tiene una brizna de divinidad dentro de sí. Por eso la proliferación de iglesias y sectas (más de 45 mil). En cambio, el venezolano, si le creemos a Ibsen Martínez, el guionista de la inolvidable telenovela “Por estas calles”, somos profunda y espiritualmente pragmáticos, improvisados y cortoplacistas, tal y como lo resume el famoso aforismo “como vaya viniendo, vamos viendo”. Por eso los venezolanos le han prendido velas a Jesucristo, a José Gregorio, al anima de Taguapire, a la Reina María Lionza, a Yemayá o Shangó, a la Corte de los Malandros, al mismo tiempo, y pendiente de con quién hay resultados. Por eso, el revoltijo ideológico del chavismo, hoy sintetizado en el pragmatismo chavista, ese mismo que Ameliach desarrolla y Grossfoguel adorna con su “astucia estratégica”, echando mano de ejemplos históricos que harían retorcerse a los gusanos que ya se comieron los restos de Mao, Lenin y hasta Bolívar. Bueno, hoy ese “pragmatismo chavista” (nada que ver con los respetables filósofos pragmatistas norteamericanos; mucho menos con el pragmatismo chino de largo plazo de Deng Xiao Ping) ocasiona muchos retorcimientos en los sesos de lo que queda de militancia pesuvista, patética como Mario Silva, quien es ahora que se está enterando cómo está el sistema de salud que venimos sufriendo desde hace ya décadas, escandalosa y aguajera como Freddy Bernal e Iris Varela, que dicen cuatro cosas, pero no llegan a la consecuencia lógica: hay traición, no solo por la presunta entrega de Maduro y Flores, sino por la entrega actual a todos los designios de Trump, desde el petróleo, las minas, el comercio, la deuda externa, llegando, seguramente, a la base militar que pronto sabremos si será en la Carlota o en Falcón.
Por supuesto que cuesta tragar que la mejor manera de defender la soberanía nacional sobre el petróleo y el oro es, precisamente, entregárselos al capital transnacional bajo un manto de discreción absoluta. Los militantes que todavía se toman en serio (y mira que cuesta) saben que, como dice el lugar común, la geopolítica de Washington no tiene amigos, sino intereses. Saben que la CIA y el Departamento de Estado se toman su tiempo, pero no olvidan. Saben que Diosdado, los Rodríguez y demás, se someten a la dominación norteamericana para sobrevivir el lunes, sabiendo que el martes el mismo imperio buscará una “limpieza de elementos indeseables” para proceder a un desmantelamiento controlado de la estructura actual. Después de años de retórica inflamada, su mayor acto de resistencia ha sido perfeccionar el arte de la capitulación y la adulación para no perder las llaves de las oficinas públicas. Es la impotencia disfrazada de astucia caribeña. Saben que los cambios son solo en parte cosméticos, como el del Ministerio de la Defensa. Allí hay algo más. Cuando llegué (que llegará) el cambio del Ministerio de Interior, veremos.
Pero aún así, los venezolanos no solo somos una turba de Presentación Campos, aquel personaje de Uslar Pietri en “Las lanzas coloradas”, que inventó la clasificación entre los “vivos” (los “pragmáticos”) y los “pendejos” (los sacrificados dignos). Además de la “Salvaje”, hay otras voces en nuestro ser. Una, la mantuana. La otra, la moderna, la del pensamiento crítico, la ciencia, los ideales republicanos, democráticos, soberanos. Esta hay que levantar. El camino siempre vigente hacia la soberanía, no pasa por la adaptación rastrera (decirle cinismo o pragmatismo es darle una dignidad filosófica que no tiene) ni por los gritos de ocasión de Silva, Bernal y la Varela. Para el movimiento democrático venezolano, la recuperación de la dignidad nacional no es un asunto de transacciones oscuras bajo la mesa, sino de reconstrucción institucional.
La democratización real del país no va a ser una concesión al imperialismo; es, por el contrario, la única defensa sólida que podríamos tener frente a él. Esto pasa por un plan estratégico que puede que coincida en parte con la “Hoja de Ruta” declarada hace poco los representantes de la oposición, pero que va más allá. De manera ineludible, pasa por derogar toda la legislación represiva: Ley del Odio, de la traición a la Patria, el decreto de conmoción nacional. Pasa por retornar al hilo constitucional, recuperar la Carta Magna de 1999, tantas veces violada por quienes hoy negocian su supervivencia, y avanzar en la reinstitucionalización, construir un Estado con separación de poderes, donde la soberanía sobre el petróleo y los minerales no dependa del capricho de un burócrata asustado, sino de la ley, el escrutinio público y la tradición nacionalista que tenemos. Un gran paso serían las elecciones nacionales, todas, las presidenciales, las de la Asamblea, gobernaciones, alcaldías y concejos Municipales. Con un nuevo CNE con gente confiable, independiente, honesta; elecciones con la participación de todos los venezolanos en todas partes del mundo, un TSJ que cambie en su integración, un registro electoral completo.
Solo una Venezuela democrática, con instituciones legítimas y transparentes, podrá plantarse ante el mundo —y ante los Estados Unidos— no como un protectorado petrolero que implora indulgencia a cambio de concesiones, sino como una república soberana capaz de sostener una relación respetuosa, digna e inteligente en el plano internacional.

