Probablemente León XIV rechazó hace unos meses una petición de audiencia a Peter Thiel, fundador con Elon Musk de PayPal y socio de Alexander Karp en Palantir. Quizá el Papa recordó lo sucedido con su predecesor, que falleció tras recibir en el Vaticano al vicepresidente J. D. Vance. Si se produjo la solicitud de audiencia, o no, no lo sabemos, pero el pasado 17 de marzo el ideólogo de cabecera de Silicon Valley viajó a Roma para conferenciar sobre el Anticristo. En realidad, lo que hizo fue otra cosa: lanzar un ultimátum a la Iglesia. Algo que le hubiera gustado hacer con el estilo del Gran Inquisidor de Dostoievski en Los hermanos Karamazov: mirando a los ojos a su Pastor para condenarlo a la vera de la tumba de San Pedro.
El dueño de la corporación que asiste con sus servicios de inteligencia artificial (IA) a la seguridad nacional de Estados Unidos e Israel, y quien hizo a J. D. Vance segundo de Trump con su dinero e influencia, tuvo que conformarse con hablar sobre el Anticristo fuera del Vaticano. Lo hizo 11 días antes de que la maquinaria militar estadounidense lanzara sobre Irán la Operación Furia épica. Casualidad o no, en la conferencia advirtió a León XIV que no entorpeciera la política de Trump. Que es lo que hace el Papa cuando censura desde el humanismo cristiano el genocidio de Israel en Gaza y las políticas antimigratorias de Trump, o cuando recela del avance del poder de la IA. Como hizo hace un año al llegar al solio pontificio y hacer suya la nota Antiqua et Nova del papa Francisco como punto de partida de la encíclica Magnifica Humanitas.
Peter Thiel fue directo al respecto: o estaba con Silicon Valley, o contra suya. Una advertencia explícita sobre la IA que pone en evidencia el peso que jugarán las religiones en su siguiente etapa evolutiva. No solo a nivel cuantitativo, pues el catolicismo aglutina a 1.400 millones de fieles en el planeta y el islam a 1.300 millones, sino cualitativo también. No en balde, las creencias registran de forma plástica el inconsciente simbólico de la humanidad. Si la IA empieza a dar pasos hacia una consciencia imitativa del ser humano que no alucine cuando aborda cuestiones que tienen que ver con el futuro, entonces tendrá que intervenir extractivamente sobre los datos que identifican la esencia trascendente de la condición humana: aquello que nos hace sujetos que imaginamos y soñamos el futuro como una necesidad consciente para superar las ansiedades de lo cotidiano.
Consciente de ello, Thiel reprochó al Papa que contribuyera con su resistencia a que el caos promovido por China sea irresistible y acabe conduciéndonos a las fauces del Apocalipsis de su hegemonía mundial. Algo que ya hace Europa con su debilidad; lo mismo que el liberalismo en el puñado de democracias donde sobrevive y, sobre todo, la agónica ONU cuando trata de preservar dialógicamente una paz que basa en una modernidad kantiana tan decadente como inviable ante el caos global promovido por el Anticristo. Por eso la Iglesia no podía estar alineada con el caos, ya que, según San Pablo, es siempre el instrumento que fomenta la némesis de Cristo para avanzar en su intento de arrebatarle el gobierno moral del mundo mediante el nihilismo.
¿Quería el Papa ayudar a Estados Unidos a impedir que China se adueñe de la creación logrando la hegemonía con el control de las tierras raras, las materias primas críticas y los nuevos materiales que le hagan liderar la carrera de la IA? Para convencerlo, el discípulo filosófico de René Girard se vistió de profeta e hizo suya la teología política de Carl Schmitt contenida en su ensayo El nomos de la tierra en el Derecho de Gentes del ‘Ius publicum europaeum’ (1950), que citó repetidamente en su conferencia. Acudió al jurista católico que demolió la República de Weimar para edificar la dictadura nazi, y lo hizo como si fuera otro de los doctores de la nueva iglesia de Silicon Valley junto a Leo Strauss y Ayn Rand. Recordó que Schmitt había resignificado políticamente la Segunda Epístola a los Tesalonicenses al caracterizar a la URSS a partir del rol del Anticristo. Había entrevisto que la Guerra Fría era un Apocalipsis internacional debido al colapso de Europa tras las guerras mundiales y que Estados Unidos tenía la responsabilidad histórica de ejercer la hegemonía planetaria sin miramientos liberales ni humanistas. Solo así derrotaría a la Unión Soviética y erradicaría el comunismo allí donde apareciera, pues era la ideología que sembraba el caos mundial al servicio de los intereses de Stalin. Que es lo que sucedió finalmente a ojos de Thiel con la revolución conservadora, que fue la alianza de Reagan y Juan Pablo II que hizo que cayera el Muro de Berlín.
¿Por qué no hacerlo nuevamente frente al Anticristo renacido que es China? ¿Acaso no fomenta también el caos global, ahora favorecido por la decadencia norteamericana? Esta ha sido provocada por una izquierda liberal que ha debilitado la virilidad comunitarista de los padres fundadores. La dictadura cultural que impuso a la sociedad norteamericana le exigió que se comportara con tolerancia hacia los inmigrantes, contribuyera a la paz en el mundo, promoviera el feminismo y observara un wokismo que no ofendiera a nadie. Algo que Trump derrotó en las urnas con el programa de MAGA. ¿Por qué el Papa no se suma al proyecto de una Pax Americana que venza el caos del Anticristo y devuelva a Estados Unidos la hegemonía perdida por culpa de su debilidad liberal? ¿No sería mejor para el mundo que Estados Unidos se transforme en la república tecnológica que defiende Alexander Karp y que, gracias al arma total que liberará el katechón de la IA de Silicon Valley, instaure un imperio con Trump como el Augusto del orden global?
La respuesta de León XIV a un Thiel convertido en una especie de Antipapa trumpista está en Magnifica Humanitas. Un documento que no es una encíclica más. Es la voz valiente de un Papa que ha levantado una bandera de resistencia frente a los poderes más importantes del planeta: las grandes corporaciones aliadas con Trump. Donde han fallado los gobiernos democráticos y los partidos que se proclaman herederos de la tradición humanista occidental, León XIV no ha agachado la cabeza ante aquellos que monopolizan los diseños de IA que dominan las infraestructuras tecnológicas de todo Occidente.
Lo mejor de la encíclica es que, al igual que León XIII reclamó justicia en las condiciones del trabajo surgido de la revolución industrial a través de la famosa Rerum Novarum, León XIV ha exigido respeto a las condiciones que definen la dignidad humana cuando interactúa con sistemas de IA. Y es que, investido con su autoridad moral, el Papa no solo ha reclamado desarmar el poder de una IA que está al servicio de una minoría de superhombres que habitan Silicon Valley, sino que ha denunciado que se enmarca dentro de una estrategia de sustitución y cancelación de la condición humana guiada por el transhumanismo y que cuestiona que el ser humano como medida de todas las cosas.
¿Tendrá coste para León XIV mostrar tantas agallas? Sin duda, pero su ejemplo prenderá y pronto serán muchos los que darán un paso para acompañarlo y no dejarlo solo ante el peligro. El grito que ha dado al proclamar a los cuatro vientos que la humanidad es magnífica nos devuelve la convicción de que la esperanza lleva más lejos que el miedo. Y que la IA será ética o no será, pues solo es asumible moralmente si sirve al bienestar de la humanidad en su conjunto y no para sacrificarla en una cruz de silicio.

