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Donald Trump anda apurado buscando un acuerdo para acabar la guerra con Irán y con el tiempo en su contra

 

90 días después de los primeros bombardeos de Estados Unidos e Israel, Washington necesita más que nunca alcanzar un acuerdo que reabra Ormuz.

Las prisas cambian de bando en Irán: Trump busca una salida a la guerra con el tiempo en su contra.

En la guerra de Irán, la urgencia ha cambiado de bando. Si en febrero Estados Unidos e Israel consideraban tan apremiante iniciar el conflicto como para lanzar un bombardeo masivo y matar al líder supremo, Ali Jameneí, incluso en medio de un proceso negociador, tres meses después es Donald Trump quien se esfuerza por mantener en pie el diálogo que ponga fin definitivamente al conflicto, mientras Teherán se mantiene firme. El presidente estadounidense lo volvió a mostrar este lunes, al ordenar al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, que detuviese los bombardeos que había anunciado sobre Beirut. ¿Objetivo? Evitar el temido descarrilamiento de la negociación con los ayatolás.

Buena parte de esa urgencia tiene origen en Ormuz. Nadie, probablemente ni siquiera Irán, creía posible que la Guardia Revolucionaria fuese capaz de cerrar casi a cal y canto el estrecho. Y, sin embargo, lo ha sido: vaivenes al margen, va camino de los 90 días de cerrojazo. La clausura de la lengua de mar por la que típicamente circulaba la quinta parte del petróleo y el gas licuado que consume el mundo ―y una proporción aún mayor de algunos derivados clave, como el combustible para aviones― ha sido la carta fuerte jugada por la República Islámica para meter presión sobre Estados Unidos. También la que ha provocado que, tres meses después, las prisas hayan cambiado de lado.

Pese a que los mayores estragos energéticos se sufren en Asia y en Europa, Trump no puede permitirse llegar a las elecciones de noviembre ―en las que se renovará íntegramente la Cámara de Representantes y más de un tercio del Senado, y estará en juego el control de su agenda legislativa― con el precio de la gasolina por encima de los cuatro dólares por galón. Los precedentes están ahí, a la vista: ninguno de sus predecesores ha ganado unos comicios presidenciales o de mitad de mandato con el precio del carburante rey por encima de esa cota.

A lo puramente electoral, acaso el motivo principal de las prisas, se suman otros motivos. Trump lanzó esta guerra convencido de que estaría resuelta en cuestión de días, como había ocurrido en la operación que capturó a Nicolás Maduro en Venezuela o en la de Martillo de Medianoche contra las instalaciones nucleares iraníes, hace justo un año. Ahora el republicano ha mencionado en más de una ocasión la palabra aburrido en relación con esa guerra. Que las encuestas apunten a que más de dos tercios de los votantes estadounidenses están en contra del conflicto echa más leña a ese deseo de ponerle fin de una vez por todas.

Hay otra razón, de carácter militar: el rápido agotamiento de la munición utilizada en las hostilidades, sobre todo los carísimos interceptores de sistemas de defensa antiaérea como el THAAD o misiles dirigidos. Un estudio del centro de estudios CSIS calcula que reponer esos arsenales requerirá años, una oportunidad que otros adversarios pueden querer aprovechar.

Pesa, también, que las reservas estratégicas de crudo, gasolina, diésel y queroseno se están agotando mucho más rápido de lo previsto, y eso eleva la urgencia por reabrir Ormuz. Llegar al verano con estrecho clausurado sería letal. En sentido contrario, la capacidad de resistencia de Irán, que tiene el martirio en la base de su cultura, está siendo notablemente mayor de lo que anticipaban muchos analistas. Y de lo que preveía la propia Casa Blanca.

El enésimo giro de guion el pasado jueves, cuando Irán desmintió que el borrador de acuerdo estuviera únicamente a falta de la firma de Trump, es una muestra más de que las prisas han cambiado de bando en las últimas semanas. Como también lo son los exabruptos proferidos este lunes por el republicano en una llamada con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, según el medio digital Axios.

Si a principios de abril, cuando EE UU anunció un segundo cerco sobre Ormuz, Teherán parecía mucho más urgido a llegar a un entendimiento ―dado el estrangulamiento al que se vería sometida su economía―, ahora es Washington quien parece mucho más ansioso por llegar a un pacto que permita el desbloqueo del estrecho. Aunque Irán ha visto reducidas sus exportaciones desde entonces, la mayoría de analistas coincide en el error que supone minusvalorar la capacidad de resistencia de un país que lleva décadas conviviendo con sanciones.

Para Israel, la ofensiva en Líbano es una suerte de dos por uno: si no afectaba al diálogo entre Irán y EE UU, bien, porque significaría libertad de acción (en la jerga militar israelí) y que Hezbolá ha sido abandonada a su suerte por Teherán, su gran apoyo armamentístico y económico. Si, por el contrario, impactaba sobre las negociaciones, mejor aún, ya que Netanyahu desea la reanudación de la guerra contra Irán e ir por el régimen y las instalaciones civiles hasta su caída.

Por todo ello, en el episodio del lunes, Irán ha logrado una importante victoria: reconectar el destino de las dos treguas (la libanesa y la global) y que Trump actuase en el mismo sentido, exhibiendo ante el mundo una urgencia desaforada por devolver a la República Islámica a la mesa de diálogo.

Israel había hecho todo lo posible por desconectar ambas treguas. En abril lanzó una brutal ofensiva en Líbano para dejar claro, a través de más de 300 muertos, que el acuerdo entre Irán y EE UU quedaba fuera de su ámbito de aplicación. Una estrategia bastante exitosa: Trump también lo trató así entonces.

Teherán insistió, para no dejar completamente a los pies del caballo a su aliado Hezbolá, y Trump acabó forzando un alto el fuego en Líbano. Pero Netanyahu pactó con Washington una fórmula para vaciarlo de contenido, igual que en Gaza: continuó bombardeando en el sur y en el valle de la Becá y demoliendo aldeas enteras (incluso con contratistas privados a los que paga por casa demolida). Hezbolá, mientras, ha seguido lanzando proyectiles diariamente, sobre todo drones contra los soldados que ocupan Líbano, matando a una decena. EE UU solo le pedía dejar Beirut al margen, salvo para asesinatos selectivos de líderes de Hezbolá.

Netanyahu ordenó entonces la semana pasada a las tropas avanzar hacia el norte, escalando el conflicto con la aquiescencia de Washington. Pero el anuncio de bombardear Beirut fue la gota que colmó el vaso para Irán, llevándole a abandonar la postura que venía adoptando (defender a Hezbolá no vale el precio de poner en peligro la tregua con EE UU) y revincular la suerte de ambos: anunció que abandonaba las negociaciones con EE UU a causa de la ofensiva en Líbano.

Trump telefoneó entonces a Netanyahu. Una conversación, según el portal de noticias Axios, plagada de insultos: ¿Qué coño estás haciendo?, le inquirió. Estás jodidamente loco. De no ser por mí, estarías en prisión. Te estoy salvando el culo. Todo el mundo te odia, también en Israel.

Tras esa conversación, el republicano se lanzaba a las redes sociales para proclamar que las conversaciones con Irán avanzan a toda máquina. Trump, pese a que presume de no tener ninguna prisa por llegar a un acuerdo con Teherán, quiere poder proclamar en cuanto sea posible un acuerdo en torno al memorando de entendimiento que manejan los dos adversarios, darse los sesenta días que prevé ese documento para tratar los asuntos más espinosos —como el programa nuclear iraní— y dar la crisis finalmente por cerrada. Aunque nunca se llegue a un acuerdo definitivo y esos asuntos puedan volver a desencadenar un nuevo conflicto en el futuro.

Sesenta días es un plazo extremadamente ambicioso para acercar posturas en algunos de esos temas, consideraba el analista del think-tank International Crisis Group Ali Vaez en una reciente videoconferencia. Este puede convertirse en uno de esos acuerdos provisionales que nunca se transforman en uno definitivo, como en Gaza. Pero si lo comparamos con la alternativa, que es volver a un conflicto que podría escalar y quedar fuera de control con facilidad, o dejar las cosas como están —que podría costar más vidas en el mundo—, es un buen paso adelante.

La otra lección que deja esta guerra es que la capacidad de resistencia de la economía mundial frente a un cierre de Ormuz, del que no hay ningún precedente, es bastante mayor de lo que se presuponía. La escasez de carburantes está haciendo mella, sobre todo en Asia ―con varios países habiéndose visto obligados al racionamiento físico de los mismos―, pero los peores augurios están lejos de cumplirse. Las reservas bajan con fuerza, sí, pero la capacidad de adaptación del mundo está siendo mayor de lo pronosticado.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) advirtió a mediados de abril de que Europa solo tenía queroseno para seis semanas, pero ya han pasado siete, los aviones siguen volando y su coste incluso ha bajado. En gran medida, porque las refinerías a ambas orillas del Atlántico han sido capaces de redirigir sus esfuerzos a ese carburante en específico, reduciendo la producción de otros menos acuciantes (como la gasolina e incluso el gasóleo). Las reservas se consumen a tiempo récord, pero el Apocalipsis vuelve a decepcionar a sus profetas. Siempre y cuando Ormuz no llegue al verano cerrado. Ese sigue siendo el límite.

Antonio Pita – Macarena – Vidal Liy – Ignacio Fariza – El País de España

 

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