Los candidatos protagonizaron un intercambio televisado donde hubo más ataques que propuestas. Roberto Sánchez y Keiko Fujimori en Lima, Perú el domingo 31-05-2026.
A seis días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez aparecía como una de las últimas oportunidades para convencer a los indecisos. Las encuestas acompañan a la heredera del fujimorismo, en su cuarto intento por llegar a Palacio, dándole una ventaja de tres puntos porcentuales sobre su rival. En el Centro de Convenciones de Lima, en el distrito de San Borja, ambos candidatos se enfrentaron con la urgencia de mover la aguja de una elección marcada por la desconfianza, la resignación y el temor.
Antes de que comenzaran los intercambios y las promesas, los candidatos ya habían enviado un mensaje silencioso. Los dos vistieron de blanco, como si hubieran seguido el mismo manual de comunicación política. Keiko Fujimori apareció con un vestido impoluto adornado por un cinturón de flores bordadas. Roberto Sánchez eligió una camisa blanca y el sombrero de ala ancha que simbolizó el ascenso al poder de Pedro Castillo, el expresidente encarcelado desde el 2022 por un fallido quiebre constitucional.
Si en el debate de 1990 Alberto Fujimori se refirió a Mario Vargas Llosa simplemente como Vargas para bajarlo de su pedestal intelectual, esta vez Keiko Fujimori optó por llamar a su adversario como congresista Sánchez. Su intención era clara: recordarle al electorado que su adversario forma parte del actual Parlamento, una de las instituciones con peores niveles de aprobación. La ironía es que la propia lideresa de Fuerza Popular carga con los cuestionamientos por la influencia que ha ejercido sobre el Congreso durante la última década, un poder que sus críticos asocian tanto a la caída de presidentes como a la aprobación de leyes contrarias al interés público.
Keiko Fujimori, alineada con la derecha populista, intentó instalar desde el inicio una idea fuerza: la del orden. Esta elección no se trata de mí, sino de cuál es el equipo más capacitado para ordenar el país. Tenemos todo para progresar, solo falta ordenarnos. Dejaremos un país con más trabajo y seguridad, dijo en una de sus primeras intervenciones, sin dejar de leer sus apuntes. Roberto Sánchez recogió la palabra y la devolvió convertida en ataque, bautizándola como la señora del caos con k. ¿De qué orden habla si el Perú sabe lo caótico que ha sido desde que tuvieron mayoría parlamentaria? Se han zurrado en la democracia, le señaló el izquierdista, quien se mostró más suelto y dependió menos de sus papeles.
El debate se dividió en cuatro ejes temáticos: seguridad ciudadana; fortalecimiento del Estado democrático y derechos humanos; educación y salud; economía, empleo y reducción de la pobreza. Hubo personajes que sobrevolaron los distintos bloques y acabaron ocupando más espacio que las propuestas. Sánchez le recordó a su rival el legado de su padre Alberto Fujimori —el autócrata que gobernó Perú en los noventa y fue condenado por corrupción y violaciones a los derechos humanos— y el respaldo que Fuerza Popular le brindó a Dina Boluarte, en cuya gestión se produjo la matanza de medio centenar de ciudadanos a manos de las fuerzas armadas, que protestaron en su contra.
Si Sánchez llevó al debate los fantasmas del fujimorismo, ella hizo lo propio. Una y otra vez lo vinculó con Antauro Humala, el líder etnocacerista que pasó casi 18 años en prisión por una asonada, donde fueron acribillados cuatro policías. Me sorprende que hable de la defensa de la vida cuando tiene a su lado a Antauro Humala, un asesino de policías. Sea usted un poco coherente, le lanzó. Sánchez optó por capear el golpe y no profundizar en la discusión. Pero la sombra de Humala siguió allí incluso después de apagadas las cámaras. Ya fuera del escenario, el candidato aseguró a los periodistas que el exmilitar no será ministro ni ocupará ningún cargo en caso de llegar a Palacio.
Uno de los pasajes de mayor tensión ocurrió cuando Roberto Sánchez, psicólogo de profesión, le lanzó un dardo personal a su oponente: yo sí sé qué es salir adelante con la familia, respetando a mi padre, a mi madre, a mi esposa y a mi hermano. Y de eso creo que usted no sabe mucho, dijo en alusión a los conflictos familiares que han acompañado la trayectoria política de Keiko Fujimori. Ella respondió visiblemente molesta, con el ceño fruncido: Qué pena, qué poco hombre es usted. Luego se dirigió a sus hijas: Nosotros sabemos cómo fueron los últimos días en los que acompañamos a mi papá y a mi mamá. No hagamos caso a esos ataques bajos.
Antes Sánchez había dicho que su familia le había inculcado el valor del trabajo y que él sí había trabajado durante toda su vida. No era una frase inocente. Tocaba una de las críticas que persiguen a Fujimori: no haberse desarrollado profesionalmente. Sus partidarios rechazan esa crítica y sostienen que la administradora de empresas ha hecho precisamente de la política su oficio. Recuerdan que fue primera dama en los últimos años del gobierno de su padre, congresista de la República y fundadora de una de las organizaciones políticas más influyentes de las últimas dos décadas.
Durante su discurso, Keiko Fujimori propuso un plan de pacificación nacional que contempla el despliegue conjunto de policías y militares en el transporte público, el bloqueo de los flujos financieros vinculados a la extorsión, la expulsión de migrantes en situación irregular y la implementación de programas de trabajo penitenciario para que los internos contribuyan a cubrir el costo de su manutención. En salud, planteó fortalecer el fondo destinado a enfermedades de alto costo y ampliar la cobertura para tipos de cáncer que actualmente no son atendidos por el sistema público. En educación, prometió la modernización de 5.000 colegios a nivel nacional. En economía impulsará a los emprendedores y la pequeña empresa con créditos más accesibles y capacitaciones.
Roberto Sánchez, por su parte, prometió depurar la Policía Nacional y aplicar la llamada muerte civil a los funcionarios condenados por corrupción. En educación y salud, se comprometió a incrementar progresivamente la inversión pública y sostuvo que trabajará para garantizar la presencia de al menos un psicólogo en cada institución educativa. Para despejar los temores que despierta su candidatura en algunos sectores, afirmó que no es comunista y ratificó que respetará la autonomía del Banco Central de Reserva. También insistió en la necesidad de impulsar la industrialización del país para dejar de exportar únicamente materias primas y avanzar hacia una economía con mayor valor agregado.
Uno de los momentos más comentados del debate fue la incorporación de Jean Ferrari al equipo de Keiko Fujimori. El director general de la Federación Peruana de Fútbol, protagonista habitual de controversias dentro y fuera de las canchas, es una de las figuras que más división genera en el fútbol peruano. La candidata que más polariza la política nacional sumó a un personaje que genera un fenómeno similar en el deporte más popular del país. Más allá de los golpes y las recriminaciones, el debate terminó con un apretón de manos. Fue un gesto protocolario después de dos horas de acusaciones, alusiones familiares y fantasmas del pasado. Ahora la decisión queda en manos de los electores. El 7 de junio, los peruanos elegirán a su noveno presidente de la República en apenas una década.
Renzo Gómez Vega – El País de España

