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David Trueba: Vejaciones en el mar

 

Puede que haya personas que mantengan una distancia clínica o cínica con los voluntarios que se suman a las flotillas de solidaridad con Gaza enviadas desde diversos puntos del mundo. A menudo, una de las autodefensas entre las personas que deciden no implicarse en nada suele consistir en ridiculizar a quienes lo hacen. Es casi un tratamiento médico. Algo sacarán a cambio, sus pintas no concuerdan con las mías, se dicen, y seleccionan al peor de todos para generalizar un desprecio global a la acción. Podríamos incluirnos en este perfil, porque el mundo está diseñado para que la distracción te permita eludir cualquier compromiso y cualquier responsabilidad. Es más, al asociar las causas con las personas particulares, todos aquellos defectos de la persona, y no hay quien no los tenga, acaban por desprestigiar la causa. Al fin y al cabo, también un cura pederasta perjudica al prestigio empresarial de Dios, según el dictado mercantilista de nuestra forma de vivir. Y todo terrorista islámico enturbia la estrategia expansionista de Mahoma. Pese a este distanciamiento, aquellos que miran por el rabillo de su sorna a la flotilla solidaria quedaron impresionados hace unas semanas por el recibimiento que les dispensó en aguas de Chipre la Armada israelí.

El relato de los detenidos es abrumador. Abusos, malos tratos, torturas, lesiones, humillaciones que hubieran quedado sin testimonio visual de no ser por el empeño de uno de los ministros ultras que sostienen a Netanyahu en el poder. Él mismo corrió a mostrar la escena en la que recorre uno de los varios centros de detención insultando a los rehenes, aplaudiendo a los guardianes que los tratan a empellones y soltando por la boca soflamas de tinte supremacista. La mera imagen de los detenidos engrilletados y obligados a posar en cuclillas remitía a los centros de detención implantados en El Salvador por Bukele para presumir de autoritarismo. Centros que acumulan desapariciones y detenciones ilegales sin el mínimo aspaviento internacional, pues bajo la descripción de integrante de las maras se tolera toda forma de maltrato. A los voluntarios de la flotilla se los ha llamado terroristas en el delirio propagandístico. Gracias al testimonio de periodistas y parlamentarios, hemos podido saber que los insultos y las agresiones fueron la tónica general en esas jornadas de tortura y humillación.

Los países europeos que han recuperado a sus ciudadanos tras este secuestro se mantienen en una línea de pulcritud institucional. Alguna declaración, tres órdenes de prohibición de visita para los jerifaltes más significados entre la autoridad israelí y la firme decisión de no votar por el cantante que ese país presentó al festival de Eurovisión. Se sabe que en las cárceles la ausencia de derechos es insultante, así que la mera devolución de los apresados parece una victoria. Este episodio se suma a la tregua que firmó el presidente Trump en otra de sus fantasías de gran pacificador, y que ya contabiliza más de mil muertos en Gaza. La invasión de Líbano prosigue como una batalla asociada al fallido intento de derribar el régimen de Irán, una chapuza antológica. Los libaneses no pueden bloquear el flujo de los barcos petroleros y, por ello, su capacidad de negociación queda mermada hasta la inexistencia. En Israel, el Gobierno de Netanyahu ha degradado el ideal democrático hasta convertirlo en un espantajo, mientras los ciudadanos celebran que la pena de muerte, la tortura y la detención ilegal no vaya con ellos, por ahora. Se puede mirar para otro lado, pero el derecho internacional está al borde de la desaparición.

 

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