En 2026, estamos padeciendo los remanentes de un discurso que durante 27 años ha propagado la violencia, el avasallamiento, el resentimiento, el odio, el irrespeto y la indignidad. Un lenguaje que nació limitado a unos dogmas anacrónicos, conjeturas confusas, eslóganes y ficciones sin esperanzas de realización. Un lenguaje reduccionista que impuso los estrechos límites de la visión unilateral de Chávez y sus cómplices al resto de la sociedad. Un lenguaje destructivo y pervertido, debido a la ilegitimidad, indignidad, la mentira, la corrupción y la deshumanización del régimen, pues para lograrlo debieron recurrir a la fuerza bruta contra la voluntad de los otros, despreciando su dignidad, persiguiendo, torturando y asesinando a los disidentes, conduciendo al colectivo a espacios prepolíticos, presociales, primitivos. Pedir que superen y olviden lo que el mal radical les ha ocasionado es otro tipo de violencia contra las víctimas.
Perdónanos, supéralo y vente
Eso lo expresó Jorge Rodríguez en una de sus intervenciones públicas el pasado mes de mayo. Sus palabras proferidas con su característico estilo de “perdonavidas” surgen de esa retórica de la humillación que impusieron Chávez y Maduro y que reflejan la psicopatía política de este sujeto, cómplice de un Estado criminal, hoy agonizante. El “perdónanos” en plural significa que en esa palabra están cobijados los que destruyeron a Venezuela, los que se robaron y dilapidaron 600.000 millones de dólares y destruyeron al país, los torturadores y asesinos que ahuyentaron a ocho millones de venezolanos para convertirlos en migrantes descorazonados y ciudadanos de segunda en otras tierras. El “supéralo” no toma en cuenta el sufrimiento de los que perdimos todo con la “revolución bonita”, la incertidumbre de cada mañana lejos de nuestra patria ni el dolor de las desapariciones, torturas y asesinatos de hijos y prójimos a manos de los que representan el mal radical y que ahora, con insoportable cinismo, claman por el perdón.
Argumentar sobre el perdón cristiano no es simplemente “olvidar”, ni negar el mal, ni absolver automáticamente al culpable. Una mala interpretación del perdón cristiano consiste en decir: “si perdonas, debes superarlo y olvidar”. Pero eso no es necesariamente cristiano. La memoria del daño permanece. El perdón cristiano tampoco exime a la justicia. Puede haber perdón y, al mismo tiempo, exigencia de verdad y castigo para el victimario, quien debe responder por sus actos ante la justicia. Asimismo, reparación del daño ocasionado a la víctima y exigir que el crimen no se repita. El perdón no obliga a restaurar una relación abusiva. No pide a la víctima que vuelva al lugar donde fue violentada, donde continúa la persecución y la violencia, donde no existe un sistema de justicia y la falsa amnistía mantiene a cientos de rehenes a quienes dejan morir en las tenebrosas prisiones en manos de estos psicópatas. Pero, además, si se exige a la víctima que perdone antes de haber podido reconocer y reparar su dolor, ese “perdón” puede convertirse en una nueva violencia, ya que el crimen no puede ser borrado.
¿Quién tiene derecho a pedir que sea perdonado y a quién se lo pide? ¿a los muertos? ¿a los desaparecidos? ¿a los torturados? ¿a los ocho millones de seres desterrados? ¿a un país saqueado y arruinado? ¿quién o a nombre de quién perdona? ¿qué verdad y qué responsabilidad queda por asumir? El perdón cristiano consiste en impedir que el mal destruya también el alma de la víctima, pero para no volverse injusto, debe cumplir tres condiciones: sin verdad, el perdón es mentira. Sin memoria, es complicidad. Sin justicia, es impunidad. Sin esas tres condiciones, el perdón corre el riesgo de convertirse en resignación, sometimiento o negación del mal perpetrado. Cualquier perdón que borre la verdad se convierte en una segunda violencia contra la víctima. En el cristianismo, el perdón significa que la misericordia divina supera al mal. Pero esa misericordia exige conversión, reconocimiento de la culpa, arrepentimiento y justicia terrenal, ya que el criminal puede ser perdonado espiritualmente, pero sigue siendo responsable jurídicamente.
El “perdónanos, supéralo y vente” crea una falsa narrativa de reconciliación
La filósofa Myisha Cherry sostiene que “el perdón es una cuestión ambivalente y que no siempre debemos perdonar” (Myisha Cherry, Failures of Forgiveness, Princeton University Press, 2023). La autora identifica que en la sociedad muchas veces se cae en un pensamiento mágico sobre el perdón: la creencia de que perdonar es una fórmula mágica que cura automáticamente las heridas, elimina la ira e induce a la reconciliación. Cherry rechaza la idea de una forgiveness culture o cultura del perdón, donde se perdona por presión social, sin razones morales ni clara responsabilidad del perpetrador. Para la autora existen varios tipos de perdón, pero el que aquí nos interesa es el “Perdón performativo”, que se exige por presión social o política, que aparenta bondad sin un proceso genuino. Es un hurry and bury ritual o una ceremonia de entierro rápido, es decir, presión para que las víctimas perdonen rápidamente (a veces antes de que haya un arrepentimiento real, juicio y condena al victimario), con el fin de “enterrar” el crimen cometido, la iniquidad o la felonía y así crear una narrativa cómoda del “todo está bien”, estamos “estabilizando el país” para lograr la reconciliación y perdonar a los criminales. El “perdón performativo” desvía la atención de las causas o raíz del daño y coloca toda la carga de la reparación en la víctima, por eso es tan aborrecible y cínico el “Perdónanos, supéralo y vente” que pide Jorge Rodríguez, un personaje narcisista, manipulador y mentiroso que emplea un estilo arrogante en sus intervenciones rayano por momentos con la histeria. Rodríguez coordinó los fraudes electorales del chavismo-madurismo (Smarmatic). Siendo cómplice de una tiranía criminal presidió las mesas de negociación para hacerle ganar tiempo al régimen, entre otras perversidades compartidas con los verdugos chavistas. No olvidemos que en una oportunidad declaró públicamente “nosotros (los hermanos Rodríguez) estamos aquí para vengarnos”. ¿Quién, en su sano juicio, le puede creer? Puede haber buenas razones para no perdonar, ya que, perdonar sin abordar las raíces del mal cometido y sin enjuiciar a sus autores no soluciona nada. Entre las alternativas al perdón, que ayuda a la víctima a no consumirse en el odio y la retaliación, Myisha Cherry propone “perdonar y no reconciliarse”, ya sea por razones de dignidad o por seguridad, al reconocer y admitir que no hay reparación posible y que las causas que ocasionaron el daño continúan amenazando a la víctima. Por eso, no siempre es ineludible moralmente perdonar. Hay casos en que perdonar puede ser dañino para la víctima.
Prohibido olvidar
Niemals vergessen, significa literalmente en alemán: “nunca olvidar” o “jamás olvidar” y tiene su origen en la cultura memorial posterior a la Segunda Guerra Mundial vinculada a la Shoah, al campo de exterminio de Auschwitz y a los atroces crímenes cometidos por el nazismo que condujeron a los juicios de Núremberg (1945), procesos que intentaron que ese tipo de crímenes de lesa humanidad no se repitieran. La expresiónNiemals vergessen funciona como una consigna ética, no solo es recordar lo sucedido, sino impedir que el crimen sea borrado por el olvido y se repita. “Prohibido olvidar”, en español, no es una traducción literal del alemán, sino una versión más beligerante y significa que olvidar no es moralmente permitido y que, al lograr resucitar la democracia y las instituciones en Venezuela y, a través de un juicio ejemplar, la justicia castigue a los culpables, autores intelectuales y materiales e impida la repetición de esos crímenes, para que no lo intenten de nuevo como Chávez y sus cómplices manipulados por Cuba, que después de ser indultados (“perdón performativo”), destruyeron la democracia, convirtiendo a Venezuela en un narcoEstado y una plataforma de organizaciones criminales transnacionales. Sus perversos cómplices como lo son Jorge y Delcy Rodríguez continúan en el control de las instituciones, del sistema represivo y en especial del sistema de justicia, pero como la democracia está resurgiendo y el momento de rendir cuentas está cada vez más cerca, tratan de blanquearse y con un insolente cinismo piden perdón. En el cristianismo, las heridas de Cristo resucitado no desaparecen, siguen visibles, la resurrección no borra las llagas. Prohibido olvidar.
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