Aquí y Ahora, Venezuela.
Entre promesas incumplidas, una economía que asfixia y una incertidumbre que parece permanente, el venezolano enfrenta una carga invisible que rara vez aparece en las estadísticas.
Hay un cansancio del que poco se habla en Venezuela. No aparece en los indicadores económicos ni en los discursos políticos. No se mide en encuestas ni ocupa titulares. Sin embargo, está presente en millones de hogares. Es el costo emocional de sobrevivir.
Los venezolanos llevamos años esperando. Esperando mejoras económicas, esperando estabilidad, esperando cambios políticos, esperando soluciones que prometen llegar pero que parecen quedarse siempre a mitad de camino. Vivimos en una especie de pausa permanente donde la esperanza y la frustración conviven todos los días.
Cada comienzo de año suele venir acompañado de expectativas. Se anuncian medidas, se prometen correcciones, se habla de crecimiento, de recuperación y de nuevas oportunidades. Pero para la mayoría de los ciudadanos la realidad continúa siendo la misma: el dinero pierde valor antes de terminar el mes, los precios aumentan sin aviso y hacer mercado se ha convertido en un ejercicio de cálculo y resignación.
La incertidumbre desgasta. No saber cuánto costará mañana lo que hoy parece accesible. No tener certeza sobre el futuro de los hijos. No poder planificar más allá de unas pocas semanas. Esa sensación de caminar constantemente sobre terreno inestable termina dejando huellas profundas en la vida cotidiana.
A ello se suma la eterna expectativa política. Se habla de elecciones, de acuerdos, de negociaciones y de posibles escenarios. Las conversaciones llenan titulares y redes sociales, pero para muchos venezolanos esas discusiones parecen desarrollarse en una realidad paralela. Mientras los anuncios van y vienen, la vida sigue exigiendo respuestas inmediatas: pagar servicios, comprar alimentos, costear medicinas, garantizar la educación de los hijos.
Y es precisamente en esos espacios cotidianos donde la decepción suele hacerse más evidente.
Durante años se ha prometido combatir prácticas que afectan directamente al ciudadano. Se ha hablado de acabar con el matraqueo, de corregir abusos y de construir instituciones más cercanas a la gente. Sin embargo, muchas de esas situaciones siguen formando parte del día a día de los venezolanos.
Incluso en ámbitos que deberían estar protegidos de estas distorsiones, como la educación, persisten conductas que generan malestar en las familias. Cada temporada de promociones escolares revive las preocupaciones de padres y representantes que hacen esfuerzos extraordinarios para cumplir con exigencias económicas que muchas veces exceden sus posibilidades. Lo que debería ser una celebración termina convirtiéndose en una fuente adicional de estrés para quienes ya enfrentan una realidad compleja.
Quizás la consecuencia más preocupante de todo esto no sea únicamente el impacto económico. Es el riesgo de que la desesperanza termine normalizándose. Que la gente deje de creer. Que deje de esperar. Que asuma que las cosas simplemente son así y que nada podrá cambiarlas.
Sin embargo, a pesar de todo, el venezolano sigue adelante. Sigue levantándose temprano, sigue trabajando, sigue emprendiendo y sigue apostando por su familia. No porque las circunstancias sean fáciles, sino porque ha aprendido a resistir incluso cuando las razones para hacerlo parecen escasas.
Pero resistir también tiene un precio.
Y tal vez haya llegado el momento de reconocer que una nación no solo se mide por sus indicadores económicos o por sus debates políticos. También se mide por el estado emocional de su gente. Por la capacidad de sus ciudadanos para mirar hacia adelante sin sentir que el futuro es una promesa que siempre se aleja.
Porque sobrevivir puede ser una demostración de fortaleza. Pero ningún país debería acostumbrar a sus ciudadanos a vivir únicamente sobreviviendo.
@JannethTex

