Kaja Kallas, la alta representante de la Unión Europea para la Política Exterior, descartó este jueves que Bruselas pueda ser mediadora entre Moscú y Kiev para facilitar el final de la guerra. Lo hizo tras la reunión informal que celebraron en Chipre los ministros de Exteriores de los Veintisiete, con lo que desechó la idea de enviar a un representante destinado a tratar con el Kremlin algún tipo de salida al conflicto. Deberíamos ayudar a Ucrania “en estas negociaciones”, explicó Kallas después del encuentro, “pero no podemos ser mediadores”.
La tarea de este representante no hubiera resultado fácil. Ya de por sí tiene que ser complicado conversar con el malote de Putin, pero no debería olvidarse, además, que este cuenta con el apoyo de un 65,5% de los ciudadanos rusos, según las encuestas de una agencia oficial. No hay que fiarse de ellas, pero apuntan a que al malote de Putin lo sigue apoyando un montón de gente que no debe considerarlo demasiado malote.
Algunas pistas del inmenso barullo que existe en Rusia las dio Emmanuel Carrère en un libro de 2011, Limónov (Anagrama). Trata de un personaje excesivo que tiene un enorme talento literario. Siguiendo los pasos de de Limónov, que nace en 1943 y muere en 2020, Carrère reconstruye lo que ha sucedido en buena parte del mundo durante los últimos 80 años, y, sobre todo, ilumina el complicado tránsito entre el fin de la Unión Soviética y la Rusia de hoy. Limónov empieza como maleante en Ucrania, se convierte después en Moscú en un ídolo de la escena underground; viaja a Nueva York, donde termina como mendigo y se reinventa luego como ayuda de cámara de un multimillonario de Manhattan; vive en los ochenta en París como un escritor famoso y, más adelante, se alista con los serbios en la guerra de los Balcanes; funda en Rusia un partido bolchevique cuando el comunismo se va a pique, y lo meten en la cárcel tras acusarlo de dar un golpe de Estado; tiene también un experiencia mística, y etcétera.
Limónov procuró cumplir el sueño que cuenta en uno de los libros que escribe en Nueva York: ser el líder de una enorme y aguerrida tribu de desesperados que toman las armas para destruir un sistema podrido. Limónov no se alegró con la caída del comunismo. Miró con una tremenda lucidez lo que les estaba ocurriendo a sus compatriotas cuando el capitalismo aterrizó con sus promesas de riqueza y libertad. Y vio cómo los rusos “habían presenciado la derrota y la humillación de sus padres, personas modestas pero orgullosas de ser lo que eran, que se habían hundido en la miseria y sobre todo habían perdido el orgullo”. Y subraya Carrère: “Yo creo que esto, ante todo, era lo que no soportaban”.
La guerra en Ucrania sigue enquistada. Durante la madrugada del domingo, más de 600 drones y 90 misiles golpearon Kiev y sus alrededores. Putin mantiene su ofensiva y, analizando con distancia lo que ha ocurrido, igual representa para muchos la respuesta a ese orgullo perdido. Hay otra observación interesante de Carrère. “Cuando personas poco recomendables como Limónov o sus semejantes dicen que la ideología de los derechos humanos y la democracia es exactamente hoy día el equivalente del colonialismo católico —las mismas buenas intenciones, la misma buena fe, la misma certeza absoluta de que aportan a los salvajes la verdad, la belleza, el bien—, este argumento relativista no me entusiasma, pero no tengo nada sólido que oponerle”, escribe. Ese es el problema de Europa, encontrar algo sólido que consiga frenar el crecimiento de más Limónovs.

