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Jesús Alberto Castillo: El teatro mágico de la política

 

Con sentido metafórico retomamos “el teatro mágico” de la fascinante obra “El Lobo Estepario” de Herman Hesse para desentrañar las múltiples dimensiones que están presentes en el dinámico mundo la política, muchas de las cuales pasan desapercibidas por el grueso número de almas esperanzadas. Pues, de manera descarnada, la praxis política es un escenario de actores que se mueven con sus diversos mundos interiores y lo reflejan mediante discursos y acciones frente a un grueso número de almas que cumplen el papel de espectadores.

La obra de Hesse trata  sobre la vida de Harry Haller, un intelectual de mediana edad que experimenta una profunda crisis existencial y se cree así mismo como un “lobo Estepario”, es decir, un ser solitario, incomprendido y ahogado en dos mundos en permanente lucha: su naturaleza humana, culta y refinada y su parte salvaje, asocial e instintiva. Desprecia la sociedad burguesa, la gran culpable de sus males, y está propenso al suicidio. Su vida cambia drásticamente cuando conoce a Herminia, una enigmática mujer que le enseña los placeres terrenales que tanto rechazó como el baile, el jazz y el amor.

Eso le permite a Harry formarse un espacio surrealista en su mente que representa el teatro mágico. Allí aprende a visualizar que su alma no está atrapada en dos partes, sino en miles de facetas y que el último recurso de salvarse es integrar todas esas identidades y aprenderse a reírse de sí mismo. Ese teatro le permite proyectar ante los demás su mundo interno. Todas esas facetas coexistencia y él las pone en práctica según la función que se le presente en la vida cotidiana. Comprende que hay momentos difíciles que obligan a desplegarse hacia senderos desconocidos de la psique para descubrir talentos o traumas que estaban ocultos.

Descubre que la vida se vuelve trágica cuando se toma demasiado en serio un solo rol. Por tanto, el teatro mágico es lo que permite distanciar el sufrimiento, ver completo el panorama y usar la risa cósmica para sanar las heridas. Pues, la vida, como un teatro surrealista con diversos espejos, no debe concebirse dentro de la lógica mecanicista, sino experimentarla con todas sus facetas y contradicciones.

De esa manera mágica opera la política y sus actores principales deben mirar la realidad frente a sus múltiples dimensiones para no fragmentarse mentalmente. Comprenden que en ese espinoso espacio hay una lucha interna entre los valores puros e ideales qu le motivaron a incursionar en ella y las concesiones o pactos necesarios para garantizar el poder. También debe prepararse para verse reflejado en ese espejo como ser humano y persona pública. Dentro de ese teatro, los políticos juegan sus piezas, se colocan sus máscaras y representan sus respectivas facetas, frente a sus aliados y adversarios, para mover las piezas del tablero de ajedrez.

El teatro mágico se hace presente con sus múltiples espejos en la cruda arena del poder. El actor político, en esa sala de vitrales diversos, asume plena convicción de que la política es un juego dinámico donde las posiciones fluyen y no son eternas. Allí las identidades cambian según las circunstancias y obligan a que dosifique y controle sus instintos más viscerales del poder (ira, soberbia y deseos de aplastar al adversario). Además, aprende que para gobernar exitosamente, debe domesticar a su “lobo interior”.

Simultáneamente, en el “teatro mágico” de la politica debe admitir que el poder es transitorio. Por consiguiente, tiene que despegarse a él y visualizar el ocaso de su tiempo como actor en esa “liturgia de máscaras”. Pues, aferrarse desesperadamente a las lisonjas del líder conduce irremediablemente a la tragedia. Finalmente, no le queda más remedio al actor que desarrollar la “risa cósmica” para aceptar la derrota con hidalguía. Es la comedia humana de la política donde el telón se cierra para anunciar el final de la función y los actores deben abandonar el escenario.

 

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