Siempre se ha dicho que los tiempos de la justicia no son los del periodismo, ya no digamos los de la Iglesia. La maquinaria de la justicia –que reclama lentitud, sosiego y un cierto distanciamiento de las urgencias mediáticas— dispara ahora titulares a ritmo de ametralladora, y no hay diligencia de los policías de la UDEF o de los guardias civiles de la UCO que no sea retransmitida en directo para disfrute del personal. Ayer mismo, los periódicos titulaban así una información sobre la investigación abierta al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero: “La Policía solicitará a un joyero una valoración inicial de las joyas encontradas en la caja fuerte”. El análisis de un cargamento de hachís recién incautado o el peritaje de una obra de arte intervenida no se anuncian ni se filtran a los medios porque son trámites rutinarios de una investigación, pero en este caso sí se le da categoría de noticia, y además se acompaña con una extensa galería fotográfica de las joyas y los relojes. ¿Por qué?
Tal vez porque, como dijo el también expresidente José María Aznar, el que pueda hacer que haga, y la maquinaria de demolición del personaje y de todo lo que representa debe de ser tan machacona y contundente para que, cuando finalmente Rodríguez Zapatero llegue a juicio, ya casi dé igual si es inocente o culpable.
Lo que ya sabemos de ZP pinta mal tirando a muy mal, para qué vamos a engañarnos, y bien estará que –si ha hecho lo que parece que ha hecho—reciba el castigo que marca la ley, y que incluso si no es exactamente delito o este haya prescrito, merezca el reproche lógico de quienes lo tenían por un santo varón, quintaesencia del socialismo y del talante, cuando en realidad solo era un pícaro con aires de grandeza, un pijo aspiracional. Pero de ahí a que todos –incluso los que íbamos de gente seria— participemos en la lapidación de Rodríguez Zapatero y su familia hay un trecho. Hubo un tiempo –no necesariamente mejor que el actual— en que las fronteras entre lo que era noticia y cotilleo parecían más nítidas, pero ahora solo hace falta decirle a la inteligencia artificial que monte una imagen con una foto de Zapatero ataviado con las joyas incautadas en su despacho para que unos segundos después los usuarios de las redes sociales celebren la ocurrencia con miles o millones de retuits, esas bombas caseras de fragmentación contra el honor de las personas.
El juez Calama aplaza a los días 17 y 18 de junio la declaración de José Luis Rodríguez Zapatero en la investigación donde le sitúa como presunto “vértice” de una trama de tráfico de influencias en beneficio de Plus Ultra.— EFE Noticias (@EFEnoticias)
Hablando de IA, llama la atención que el papa León XIV haya cogido el testigo de Francisco a la hora de sacar al Vaticano de una modorra de siglos. Si el argentino Jorge Mario Bergoglio dedicó su primera encíclica a la ecología, el estadounidense Robert Francis Prevost ha advertido contra el uso abusivo de la inteligencia artificial. El mal uso de la tierra y de la tecnología redunda directamente en la calidad de vida de los más desfavorecidos. Si, acosado por los casos de corrupción, el presidente Pedro Sánchez pierde finalmente sus apoyos parlamentarios y Alberto Núñez Feijóo toma el poder, será el segundo presidente del Gobierno consecutivo que no habrá salido de las urnas, sino de una moción de censura propiciada por la corrupción.
El paisaje de la democracia española no puede ser más triste, incluso para los que –borrachos de venganza— se alegran de la desgracia de un adversario convertido en enemigo. Mientras Felipe González se chotea de José Luis Rodríguez Zapatero diciendo —en un foro de empresarios—que no lo considera “con capacidad para montar una ingeniería financiera” y desprecia abiertamente a Pedro Sánchez, uno se acuerda de tantos socialistas que lucharon, desde las casas del pueblo o desde las fábricas, por la honradez de un partido que se consideraba, ay, socialista y obrero. ¿En qué estarán pensando ahora? Rodríguez Zapatero era para muchos su última ilusión. Ya es, pase lo que pase, su último desengaño.

