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Jesús Puerta: Un paso atrás, un paso adelante

 

Dicen que la iniciación de los Templarios consistía en besar el término posterior de la columna vertebral, el pecho y los labios del superior, escupir y maldecir la cruz que públicamente defenderían, y luego confesarse y pedir perdón A NTEun sacerdote de la misma orden. Aquel acto, situado entre la completa humillación y el sacrilegio, servía para fundar una lealtad inamovible basada en la complicidad del secreto compartido. Siglos después, en Venezuela, los restos de la dirigencia del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) parecen haber hecho un rito parecido: le besan el culo a los norteamericanos, escupen sobre la bandera tricolor, echan a la basura el Plan de la Patria, la Constitución, los discursos identificadores de un proyecto político, para lograr una complicidad envuelta en la bella palabra “lealtad”, basada en la negación y la mentira, el impedimento de dudar y pensar, y la manipulación para ocultar lo inocultable: una capitulación y una subordinación total ante Estados Unidos. Y de ñapa, pedir perdón sin haber confesado ni uno solo de sus numerosos pecados, para llamar a superar los resentimientos y tomarnos las manos como en la canción aquella de José Luís.

Lo que hoy mantiene unidos a los jerarcas del oficialismo no es (¡por favor!) la utopía socialista ni la defensa de la soberanía, sino la misma complicidad criminal que definió a los templarios en su decadencia. La claudicación ha despertado la creatividad de estos tramposos del discurso: la nueva doctrina del “pragmatismo chavista” de Ameliach, y hace unos días, las analogías traídas por los pelos de Héctor Rodríguez, con el tratado de Brest-Litovsk firmado por Lenin, la alianza táctica de Mao con el Kuomintang frente a los japoneses e, incluso, la rendición militar de Hugo Chávez y su ya lejano “por ahora”. Todo ello hablando de la conveniencia de “dar un paso atrás”, en alusión ritual a Lenin, demostración fehaciente de que no lo han leído y creen que “Un paso adelante, dos pasos tras” es un manual de bailar merengue.

Por supuesto, la comparación es insostenible. El tratado de Brest finalmente fue firmado por Lenin, después de superar difíciles contradicciones en el seno de la dirección bolchevique, no solo por el avance indetenible del poderío alemán, sino también porque una de las principales ofertas políticas de la revolución bolchevique fue precisamente la paz en un país completamente devastado y desangrado por la guerra. Mao se alió al enemigo político para enfrentar efectivamente a una invasión extranjera. La maniobra actual solo busca la autopreservación de una casta que ha echado a la basura todo el proyecto político que aprovecharon. Chávez ha quedado reducido a la marca de un licor adulterado. Razón tiene el amigo Yuri cuando comenta que Héctor Rodríguez o Padrino le habrían recomendado a Páez terminar de retirarse y no dar aquel recordado “vuelvan carajos” de las Queseras del Medio.

La complicidad de los capituladores ha facilitado la muerte de más una decena de presos políticos, entre ellos Víctor Hugo Quero, cuya trágica muerte terminó por arrastrar también el alma de su madre. La degradación motivó al Canciller Iván Gil a anunciar, casi en tono de gran satisfacción, la realización de ejercicios militares norteamericanas en Caracas, solo para retirar apresuradamente el aviso, quizás porque algunos de los diputados del mismo partido de gobierno advirtieron que era ya demasiada la adulación. El secretario juvenil del PCV alacrán llamaba a no dejarse confundir, a no dudar, a impedir que “nos dividan” y “dudemos de la sabia conducción de la alta dirección revolucionaria”. Así, desprovisto de proyecto, de símbolos y de la dignidad que alguna vez pretendió encarnar, el PSUV asiste a su propio crepúsculo, aferrado a una unidad ficticia donde los besos negros y los escupitajos de la complicidad ya no pueden ocultarse.

La ruda “lucha ideológica”, tan llevada y traída por el Presidente Mao, ha terminado en una fastidiosa feria de insultos entre los “influencers” chavistas. Pura basura. Es comprensible esta maloliente crepúsculo: en realidad el chavismo, como fenómeno aluvional, caudillista y demagógico, ha venido descomponiéndose desde hace años, en un proceso gradual de fragmentación, en varias etapas. La presente, ya la fase terminal del detritus. Hubo apartamientos tempranos, como aquella de Miquilena y su gente; luego, la de los trotskistas, después algunos intelectuales, pequeños grupos que no aceptaron la imposición de un partido único y basado en el Fuher Prinzip (principio de obediencia ciega al caudillo), gestos de autonomía de algunos partidos, exministros que denunciaron en su momento errores y desfalcos gigantescos, proyectos criminales contra el medio ambiente, la transformación de los militares en ambiciosos empresarios y chupadores de la renta,  rechazos a las constantes violaciones de la Constitución y a una reforma que centralizaba absolutamente en el Caudillo todos los poderes a nombre de un supuesto “Estado Comunal”.  El hedor se ha hecho insoportable con las revelaciones de una corrupción que desbordó nuestras fronteras, llegando a España, a Colombia y quién sabe dónde más.

Frente a la humillación que perpetraron los norteamericanos a nuestra muy golpeada dignidad nacional, las respuestas fueron poco nutridas, tibias y fragmentadas, de pequeños grupos con dificultades de identidad: uno, de una autodenominada izquierda, ya claramente distanciada del PSUV; los otros, vinculados a dos o tres diputados oficialistas que al menos intentaron salvar su cara ante una base militante chocada y molesta. La protesta, completamente válida, tuvo mucho de ritual, de testimonio de reafirmación de una identidad que se desvanece. Una identidad de la izquierda cuya crisis tiene antecedentes ya remotos, entre la socialdemocracia y el leninismo, entre Stalin y Trotsky, entre Stalin y Tito, entre Jruschov y Mao, entre Mao y Deng, y así, desde aquellos debates entre Marx, Bakunin, los lasallistas, Proudhom y muchos otros, que ya hoy hace confuso qué se quiere decir con “izquierda”. El antiimperialismo ya no puede tener esa connotación simple guerrera, de gesto heroico, del siglo pasado, a menos que se piense en algo serio como el fundamentalismo islámico de los iraníes, que se tome en serio la dialéctica del Amo y el Esclavo, donde el segundo solo puede lograr su reconocimiento con la muerte. La realidad del poderío tecnológico y la pugna entre las grandes superpotencias, coloca en el horizonte el logro de relaciones de respeto nacional, de “equilibrios de estabilidad estratégica”, reedición del equilibrio del terror de la anterior guerra fría, ahora con la IA como nueva arma, ojalá morigerada por un multilateralismo que Trump actualmente niega.

Mientras el chavismo gobernante endulza el amargo trago del “paso atrás” de su capitulación, rendición y entrega con racionalizaciones intragables, los dirigentes de la oposición se reunieron en Panamá con MCM. Las mismas caras, con algunas honrosas excepciones, que nos deja deseando que hubiese algo mejor. Algo menos de sectarismo. De apertura a la defensa de los derechos sociales. Digamos que en Panamá hablaron de prepararse ante la eventualidad, indicada por figuras políticas norteamericanas, como la representante republicana María Elvira Salazar y el propio Marco Rubio, de unas elecciones para el año que viene, pasando, por cierto, la página de la victoria electoral de 2024, arrebatada por la dictadura de facto.

Allí, entre otras cosas, los opositores reafirmaron una “hoja de ruta” que no está mal, porque, antes de los comicios, habría que liberar los cientos de presos políticos aún en cautiverio salvaje, tener  un nuevo y confiable Consejo Nacional Electoral, alcanzar un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, menos sujeto al PSUV, y un aparato electoral renovado, además de la derogación de instrumentos de represión como la Ley del Odio, la de la traición de la Patria, el decreto de conmoción nacional, entre otros. Al parecer, entre los temas discutidos estuvo el orden de los comicios: primero, las presidenciales y de gobernadores, luego, la de los demás cargos. O, primero, las presidenciales, y después las otras.

Un avance histórico serían esas elecciones y el inicio de una transición de la dictadura tutelada a una democracia basada en la Constitución que, con el rescate de la soberanía popular, afirme el principio de la autodeterminación de los pueblos, y el rescate de la soberanía nacional, retomando la Constitución, las propuestas del nacionalismo de nuestra riquezas, volver a andar el camino de las décadas pasadas, hasta llegar a la nacionalización, un proyecto de nueva industrialización, de Estado de bienestar, Economía mixta, una administración pública descentralizada y de respeto al ciudadano. Si todos estos esfuerzos de convertir el plan Rubio en un Plan del Pueblo se dan, acompañaremos desde aquí, desde la difícil vida del venezolano de a pie, el nuevo período histórico que ojalá se abra para las generaciones futuras.

 

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