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María Gabriela Mata: África en el nuevo desorden mundial

 

A propósito del Día de África, una reflexión sobre el continente en el nuevo tablero geopolítico global.

Cada 25 de mayo, el Día de África nos invita a recordar una promesa histórica: la de un continente dueño de su destino. La fecha conmemora la creación, en 1963, de la Organización para la Unidad Africana, nacida del impulso panafricanista que imaginó una África políticamente emancipada, soberana y capaz de hablar con voz propia en el sistema internacional.

Más de seis décadas después esa aspiración sigue tensionada entre viejas dependencias, desafíos internos y un entorno internacional cada vez más inestable. Además de enfrentar sus propios problemas estructurales —fragilidad institucional, desigualdad, conflictos internos, crisis climática y déficits de gobernanza—, el continente debe lidiar con los efectos directos e indirectos del actual (des)orden global.

Nada nuevo en esencia: desde la colonización hasta las guerras por influencia del siglo XX, las disputas entre potencias han marcado buena parte de la trayectoria africana. Lo que hoy exige atención no es tanto esa herencia, como los reacomodos en el juego de poder —que algunos interpretan como un “fracaso occidental”— y, sobre todo, la forma en que el continente responde desde adentro.

África está redefiniendo su lugar en el escenario global. El retroceso de las potencias occidentales y el ascenso de actores como Rusia o China no obedecen a una mera transición de dominio externo, sino a decisiones estratégicas de gobiernos y sociedades africanas que negocian alianzas en clave de soberanía.

Como han sostenido diversos africanistas, entre ellos voces feministas como Amina Mama, los conflictos en el continente solo se entienden desde sus dinámicas políticas locales, las redes de poder internas y la agencia de sus propios actores.

El Sahel es un ejemplo claro. Níger, Mali y Burkina Faso redefinieron sus alianzas estratégicas, acercándose a actores como Rusia y Turquía y diversificando sus interlocutores internacionales, capitalizando un sentimiento antifrancés ya visible en sectores de la sociedad civil. De particular interés es el caso del movimiento nigerino M62, claramente anticolonialista, pero al mismo tiempo propulsor de causas como la transparencia y la justicia social, que asocia a la verdadera soberanía del pueblo. Esto muestra cómo actores locales pueden convertir dinámicas geopolíticas globales en herramientas de legitimación interna.

En la República Democrática del Congo, la importancia estratégica de minerales clave para la transición tecnológica global ha reactivado debates internos sobre soberanía económica, gobernanza y control territorial. Las posiciones del presidente Félix Tshisekedi frente a concesiones mineras y las tensiones persistentes en el este del país muestran que la disputa por los recursos es un componente central de la política interna congoleña.

Sudán ofrece una lección similar. Aunque actores externos —desde Emiratos Árabes Unidos hasta Egipto o Rusia— tienen intereses económicos evidentes que contribuyen a ampliar el alcance y las consecuencias del conflicto, reducir la guerra actual a una disputa geopolítica importada sería profundamente engañoso. La confrontación entre Abdel Fattah al-Burhan, al frente de las Fuerzas Armadas Sudanesas, y Mohamed Hamdan Dagalo (“Hemedti”), líder de las Fuerzas de Apoyo Rápido, hunde sus raíces en trayectorias políticas internas, pactos de transición fallidos y viejas configuraciones del poder marcadas por la etnia, el territorio y la competencia por recursos estratégicos, factores que siguen condicionando cualquier intento de estabilización política.

Por eso, la acción de los sectores prodemocráticos y, en particular, la de los comités de resistencia —formados por médicos, estudiantes y mujeres que organizan redes de salud y educación bajo fuego cruzado— resulta tan importante para el futuro político del país y la preservación de su unidad nacional.

No todas las respuestas africanas al desorden global adoptan formas rupturistas o militarizadas. Sudáfrica, por ejemplo, ha intentado convertir la crisis internacional en oportunidad diplomática, preservando márgenes de autonomía frente a Occidente y reforzando su apuesta por un orden multipolar en sintonía con su pertenencia a los Brics. En esa misma línea, la Unión Africana ha insistido en la necesidad de soluciones negociadas antes que alineamientos automáticos con bloques externos. La lógica es clara: maximizar los márgenes de maniobra en un entorno incierto.

Esa misma lógica se refleja en la forma en que distintos gobiernos africanos gestionan las ofertas de cooperación e inversión de las potencias. Así, iniciativas impulsadas por Estados Unidos, como el Corredor Lobito —un proyecto ferroviario y logístico para transportar cobalto y otros minerales desde la República Democrática del Congo y Zambia hacia el puerto de Lobito, en Angola—, son valoradas no solo por su utilidad económica concreta, sino, sobre todo, por la legitimidad internacional que aporta el vínculo con Washington como contrapeso frente a otras alianzas.

Otro ejemplo de accionar consciente: las diversas reacciones a las tensiones en Medio Oriente y la vulnerabilidad de corredores estratégicos como el estrecho de Ormuz, que repercuten fuertemente en la economía regional. Para países altamente dependientes de importaciones energéticas como Kenia, el encarecimiento del petróleo tiene repercusiones sociales serias, lo que ha obligado al gobierno a relajar los estándares ambientalistas permitiendo el uso de combustibles con alto contenido de azufre. Pero para productores como Nigeria, Angola o Argelia, esta misma coyuntura abre una ventana de oportunidad que ya están aprovechando para reposicionarse en mercados energéticos y reforzar su influencia geopolítica en un contexto de incertidumbre global.

Conviene, pues, mantener el esfuerzo por comprender una realidad tan compleja como la africana, reconociendo el peso persistente de las herencias coloniales, sin caer en la tentación de reducir al continente a una condición permanente de víctima.

Las sociedades africanas continúan produciendo respuestas originales, incluso en medio de enormes adversidades, surgidas de dinámicas políticas locales, capacidades estratégicas reales y cálculos de poder concretos sobre su inserción en el mundo. En última instancia, serán sus hombres y mujeres quienes determinarán la forma que asumirá la “inevitable modernidad africana”.

 

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